El busca, encuentra, captura, deglute. Salta aquí y allá. Vuela y huye. Y al llegar yo, sus alas son aletas y traga burbujas de aire. Sufre, se ahoga. Lo levanto por encima de las nubes y corre. Y sus escamas se caen en la carrera y engendran árboles, y flores y grama. Y una masa de tierra comienza a formarse desde las nubes, y baja. Y él para su carrera, y succiona de la savia de un árbol alto, y luego escupe el aire. Y la neblina baña este monte, y las nubes se vuelven agua. Llueve. Y él está azul de frío y toma las hojas de una lechuga y se viste. Ahora, con nuevas alas, levanta vuelo. Más yo, observadora inconforme, ordeno nevar lava, obligándolo a bajar sobre el mar. Se detiene, camina. La lava no le deja en paz. Entonces cava, abre un hoyo enorme y sale en la cima de su montaña. Le pido una pluma, me la niega; lo baño en barro y él con sus cuernos me embiste, negro de rabia. Y me abre, y mi sangre mana cubriendo todo el monte. Y grito, llena de furia y dolor. Y el monte tiembla de miedo y se funde en nada. Pero él me ha robado mi sangre, y ha emitido un chillido infernal su garganta, y asustada ha huido la luz. No veo nada. Trato de palpar, más nada me rodea. Me lleno de miedo. El río de mi sangre posesa mi mente y la rabia me absorbe y hiervo. Mi cuerpo pasa a ser fluido denso, y ya soy sólo llamas. De repente estornudo y explotan mil detonantes, y en remolino violento una estrella roja se forma. "¡Exijo luz, aire, agua y tierra!", grito potente. Y todo a mis ojos aparece. El, oculto tras la Luna, trata de esconder su mole enorme. Más, yo inundo la Luna en mis ojos, y ésta se vierte en un valle formando una laguna de plata. Voy hasta ella. Parada en su orilla, lo veo retarme lanzándome baba. Y caminando me pongo a su alcance.
El, sorpresivo, me atrapa en su trompa gigante. Me tira lejos. Quedo quieta. Y él se levanta sobre sus patas y me cubre con sus plumas. Y suelta una carcajada. Yo pido en silencio a la tierra que me permita abstraerme y permanecer en ella. Al instante, él traga mi cuerpo. Yo, hecha tristeza, lloro. Y la tierra toda se cubre de lágrimas. Y él teme. Y su cuerpo liso y sinuoso se arrastra, no halla donde meterse. Y miles lo rodean y lo llenan de angustia, lo ciegan. No puede más, abre sus fauces y se le cae su lengua bifurca. Las órbitas de sus ojos le brotan. Me duele. Le acaricio el cuerpo yerto, y ordeno: "¡Mi cuerpo, mi sangre, ahora!" Y todo vuelve a la calma, y todo es claridad, y mi cuerpo se yergue y mi sangre fluye de todas partes, metiéndosele por cada poro. Y vuelvo a él, y otra vez soy toda yo: cuerpo y ser. El se levanta, temblando, saltando, me mira. Conjura contra mí. Me siento cegada, sorda, con frío, calor, mi cuerpo no me obedece, me duele. Casi no soy yo, no sé de mí. Tengo miedo, rabia. Me siento impotente. Quiero llegar a algo, pero en este momento no parto de nada. Y mi ser evoluciona y se transfunde en algo como una nota baja, suave, grave y única. Se hace inaudible. Y de repente algo como un abismo, otra vez el vacío, y yo dentro de él. Luego algo como un trueno enorme, horrible. Y un rayo como un cuchillo corta al cielo en dos. Y mis ojos se llenan de luz, y veo al universo desnudo a través de la abertura. Y me palpo, me siento. Y soy yo de nuevo. Y él ya no es. Pero no, aún no soy toda yo. No estoy en ninguna parte, lo sé, pero trato de huir. Y me sé corriendo, jadeando, y me canso, y siento que ya no puedo. Voy a fallecer, cuando, de pronto, me estrello contra un gran espejo. Este cae en pedazos a mi alrededor. Y abro los ojos. Y compruebo que la realidad simple es tan absurda como la fantasía pura. Cierro los ojos y ordeno: "¡Regresa!"
1988
