Se encontraba aguardando en una relativa calma, calma que podía durar desde unos pocos picosegundos hasta unos largos e interminables nanosegundos. A su alrededor, miles de seres idénticos a él bullían en una inagotable actividad, iban y venían, pero al regresar ya no eran los mismos. ¿Idénticos?, no, idénticos no, habían dos clases de individuos en aquella activa y fría sociedad: aquellos que eran como él, que existían, tenían presencia, eran tangibles; y los otros, que son la antítesis de los primeros, aquellos cuya existencia era la no presencia, cuyo tamaño era limitado por los vecinos "tangibles" o por el preciso "tic" del omnipotente y eterno reloj.
¿Cual era su origen?, ¿de donde venía?, no estaba seguro, sólo sabía que tras un vertiginoso viaje se había encontrado en una transitoria sala de espera a la que llegaban arrítmicamente (asíncronamente diría el reloj si pudiera decir algo más que "tic"), otros seres quienes ordenadamente de disponían en una cola.
Luego de breves instantes, un mensajero del Supremo notificaba su llegada, y junto con siete más que aguardaban junto al él se les permitió la entrada a la interminable red de celdas donde se encontraba ahora, esperando, inmóvil, a merced del Supremo. Asi era la vida de estos minúsculos seres; tenían una existencia efímera, incapaces de decidir el camino a tomar, expuestos todo el tiempo a que otro ocupe su lugar, borrandolos del mar de silicio, oro y plata que forman esta geométrica ciudad.
Otro había estado en la celda donde ahora se encontraba; al llegar lo había visto, pero podría haber sido otro o su copia, puesto que cuando estos seres se mueven de un lugar a o tro dejan tras si una estela que conserva todas sus características y que es imposible distinguir del original.
Aguardaba bajo los sonidos acompasados del reloj del que dependía hasta el poderoso Supremo, cuando un "tic" le pareció diferente de los demás y se sintió absorbido por un camino ancho, interminable. La zozobra del destino desconocido se apoderó de él, haciéndole temblar (todo dentro del margen de ruido contemplado en las leyes). Sabía que todo podía terminar en cualquier momento, o por el contrario quedar en otro estado de inquieto reposo, sin embargo, esto último no sucedería...
A través de las paredes del túnel por donde viajaba pudo ver una fila de siete individuos más que corrían paralelos al él con el mismo destino y con los que se debería enfrentar en pocos instantes.
Por fin, llegó al centro mismo de la ciudad, a las puertas del Supremo, donde todo se decidía y llevaba a cabo. Al entrar, pudo ver a un lado al contador, que como un fiel asistente indicaba cual era la siguiente acción que el Supremo debía ejecutar. Más adelante vió el recinto donde pacientemente aguardaban por su futuro unos 48 individuos que tenían el aspecto de presos esperando que la corte dicte sentencia. Y, por fin, al doblar en una esquina, lo vió, el corazón del Supremo, alzándose imponente como la cima desde la que puede divisarse toda la llanura; con su forma de V abarcándolo todo; su tenue resplandor metálico hacía aumentar el aspecto majestuoso y amedrentador de este templo. Dentro de su aparente pasividad se llevaba a cabo el juego de operaciones que hacían cambiar a los que entraban, modificándolos o simplemente eliminándolos.
Sabía que su suerte estaba echada, y que todo dependía del camino escogido. Si la compuerta donde se realizaría una de las tantas operaciones que debían llevarse a cabo tuviera frente curvo, estaría salvado, sobreviviría, pero llevaría parte de su oponente. Si por el contrario, el frente fuera recto, su adversario lo sustituiría y sólo quedaría la vieja copia que quedó en su antigua morada, esperando una nueva oportunidad.
Todo sucedió con una rapidez sorprendente; perdió la cuenta de cuantas salas atravesó, pero, a medida que aumentaba la velocidad, en su paso por las compuertas, destellos de estática hacían brillar momentáneamente el oscuro interior del complicado recinto. Paralelamente a él, los otros viajeros, se disputaban entre sí el derecho a participar en la próxima operación, convirtiendo el escenario en un verdadero caos de luces, movimiento y agitación, al final, un último destello, y nuevamente la luz. Había logrado vencer a todos sus compañeros de viaje y salía airoso de su encuentro con el Supremo. No era el mismo, pero ya no le importaba...
Habiendo ganado la batalla que interminablemente se libraba en el interior del Supremo, el premio era ser velozmente conducido al puerto que lo llevaría fuera de este micromundo a otro, tal vez igual, tal vez no, eso no podía saberlo, porque estaba sujeto a unas leyes inflexibles, que en muchos casos podían producir destinos fatales para él y los de su especie.
Mientras tanto, allá, en la celda, su vieja estancia, se encontraba su copia, aguardando en una relativa calma...
1989
