Era el cumpleaños de Cascabel. Cumplía siete años. Por eso iba a llevarlo a la playa como le había prometido. Salimos después del mediodía y aunque parecía que iba a llover ya que el sol se escondía a menudo, no llovió durante el trayecto. En la playa, Cascabel se entretenía buscando moluscos en la orilla y vaciando las medusas que arrastraban las olas hasta la arena. Viéndolo tan interesado en lo que hacía, me acosté en la arena para asolearme un poco antes de zambullirme en el mar. Cascabel se acercó, y con la pala y el cubo de jugar, comenzó a cubrirme los pies poco a poco y con las tibias caricias de la arena me quedé dormido.
Cascabel era mi único hijo. No hablaba una sola palabra. No porque fuera mudo de nacimiento, pues oía perfectamente y en sus primeros años comenzó a hablar igual que otros niños. Cuando Cascabel contaba dos años murió mi esposa. Esa fue la causa por la que los labios de Cascabel se sellaron; tal fue el golpe emocional que recibió. Enfermó. Su estado era crítico y en varias ocasiones casi se nos va con su madre, pero logramos retenerlo con nosotros.
Al recuperar su salud, Cascabel había olvidado por completo las palabras que había aprendido. Luego que empezó a caminar nuevamente, anudamos un cascabel alrededor de su cuello para que pudiera responder cuando se le llamase, haciéndolo sonar. De ahí surgió su nombre. Los otros niños lo llamaban con este mote que a él parecía agradar. A los cuatro años no necesito más el cascabel, pero no porque aprendiera a hablar, sino porque su risa copiaba perfectamente el metálico tin-tin del cascabel de plata.
Cascabel tenía el don de cautivar a los más raros animales. Tenía una colección de amigos inseparables que consistía de cucarachas, ratas, lagartijas, alacranes y hasta una víbora. Todos estos parecían conocerlo y amarlo con la misma intensidad que él se entregaba a ellos. De noche se colgaban de los palos de la cama o se acurrucaban en el calor de sus zapatos. Yo era tolerante con Cascabel y por nada le hubiera demostrado la menor contrariedad por sus gustos.
Cuando desperté, una gran montaña de arena húmeda me cubría hasta el mentón. Traté de sacudirme para ponerme en pie e ir en busca de Cascabel pero el peso de la arena me aplastaba de tal forma que me impedía todo movimiento. Ya casi había anochecido y las pocas personas que estaban en la playa se habían marchado. Llamé a Cascabel, quien pensé se encontraba del otro lado de la montaña de arena. Pero no recibí en contestación sonido alguno. Una preocupación mayor que la montaña de arena se apoderó de mí. ¿Le habría ocurrido algo a Cascabel? Llamé nuevamente e hice un enorme esfuerzo por desenterrarme y sólo logré mover la cabeza de un lado a otro. Comencé a dar grandes voces a ver si lograba hacerme oír en la lejanía. No había grandes esperanzas. Estábamos muy retirados de cualquier parte habitada y la fuerza aisladora de la montaña se tragaba la mitad de mis gritos. Pobre Cascabel. ¿Se habría metido en el agua? Jamás debí haberme dejado vencer por el sueño. La noche entraba plenamente y no aparecía Cascabel ni por mi lado derecho ni por mi lado izquierdo. Se sentía aire fresco que anunciaba lluvia y el cielo se me venía encima. Negro con lluvia dormida. Comenzaba a sentirse el ruido seco y rasgante de los cangrejos que ya salían a peinar la arena esperando la lluvia. El ruido se fue multiplicando. Crujiendo. Me olvidé de Cascabel. Un miedo se enroscó en mis huesos al recordar que los cangrejos no tienen preferencias alimenticias. Se oían truenos en la lejanía. Un nubarrón se avecinaba acompañado de relámpagos. Tal vez la lluvia cercana lavaría la arena y podría librarme de su abrazo.
Se escuchaba como si algunos cangrejos estuvieran luchando entre sí. La nube se acercaba. El primer relámpago me iluminó la cara y pude ver centenares de cangrejos que rodeaban la montaña de arena como un gran ejército esperando la orden de ataque. Extinguido el relámpago, algunas gotas de lluvia fresca me salpicaron los ojos.
¡Esta era la señal! Un ruido ensordecedor que se multiplicaba con el miedo comenzó a desgarrar la arena avecinándose a mí. Otro relámpago. Atacaban por el lado opuesto de la montaña. Escarbaban locos, tratando de llegar hasta la carne. Desesperado por mi impotencia, gritaba, lloraba y reía fuera de mis cabales. Con cada relámpago aparecían más cangrejos.
Sentía como la arena se escurría lentamente haciéndome cosquillas en los dedos. Al fin llegaron a mis pies. Mordieron. Exprimiéndome con poderosas tenazas. Mi carne desaparecía en sus carapachos. La montaña estaba llena de túneles. Llegaban a mis piernas. A mis muslos. Las feroces bocas mordían devorando, desprendiendo todo aquello hasta quedar hueso limpio. Los testículos. Las entrañas. Llegaron al cuello. ¡Se detuvieron! Mi cabeza no la querían.
La lluvia era espesa. Poco a poco fueron retrocediendo, satisfechos, vaciando los túneles. Sentí el sonido de plata de un cascabel. Un enorme relámpago me alumbró un niño que corría alegre rodeado de cangrejos, y con ellos desapareció en la arena hacia el centro de la tierra.
1987
