Son tantas las cosas que viajan por los mares grises de nuestro cerebro, que a veces no estamos en la certeza de si son sueños, recuerdos o invenciones del pensamiento que vuela en nuestras cabezas como un trapecista. Por esto, a veces nos adherimos como una ventosa a las realidades más insignificantes para no enloquecer. En mi caso, la cicatriz que me cruza el brazo derecho es la tabla de salvación a que me he aferrado para no caer en la demencia. No sé cómo la adquirí y nadie nunca me lo dijo. Aunque su forma centípeda me inquieta un poco, su presencia me llena de tranquilidad asegurándome que los vacíos mentales que en ocasiones me ausentan del mundo, y los que aún no he logrado descifrar ni comprender, tienen una razón lógica.
Estos vacíos o lapsos que borran a veces todos mis pensamientos, son momentos sin palabras, un solo de imágenes, de sensaciones sin pronunciación ni ortografía, distintos por completo a los pensamientos cotidianos que enunciamos mentalmente, cómo lo habremos de hacer mañana, cómo recordarnos del pantalón que tenemos que llevar a la tintorería; éstos los escribimos en la mente con detalles, puntos, comas, signos de admiración o interrogación y en perfecto orden lingüistico.
Siempre tratando de descifrar los indescifrable me remonto hasta el recuerdo de mis cinco años, el primero que poseo, cinco luces que palpitan, azúcar azul con olor a huevos, dos pulmoncitos que se hinchan listos para soplar, para iniciar el rito de las golosinas. Un estallido de neumático en la calle. No soplo. Me desmayo. Es la primera vez que me sucede, pero ha establecido un reflejo que en lo sucesivo me hará reaccionar en igual forma, la detonación de un arma de fuego, un lapso; un rayo en un día lluvioso, otro demayo; un petardo en unas fiestas populares, otro vacío; y hasta un fuerte portazo producido por una brisa enfurecida me anuncia, con un mareo malestaroso, el trance que está presto a producirse.
Me desmayo y mi cuerpo se encoge volviendo a su posición prenatal de caracol embrionario. Un mar oscuro me envuelve y floto suspendido en un espacio infinito. Nada me rodea. Todas las palabras se me han perdido. Sólo hay materia viva sin yo. Hay humedad tibia que invade por dentro y por fuera, que me impregna de una quietud sin agobios, en total desconocimiento de sensaciones y sentidos. Soledad. Bolsa gris donde existe una llama única que vive aislada. Llama que capta pensamientos y ondas sensoriales que llegan del exterior. ¿De cuál exterior? ¿De dónde? Llama que aunque diminuta quema y graba, y deja huellas que regresan, y deja huellas que se esfuman; pero que están. A la llama diminuta llegan ruidos, voces. Allí donde pudiera estar mi mente se forman siluetas fantasmas y se queman como insectos nocturnos, dejando el residuo de un mensaje. Mensaje de soledad que fabrica la semilla de un dolor primario.
He tratado mucho. Pero en vano, y sé que existe, de hallar la conexión que hay entre mi cicatriz centípeda y los trances vacíos. Siempre sobran hilos que no se alcanzan para hacer el nudo y mi intento queda al garete. ¡Dolor! Sí, es ésta la palabra que más me acerca al misterio. ¡Dolor! Desencadena asociaciones que me arrastran por los cabellos golpeándome de piedra en piedra. Un dolor. Dos dolores. Muchos más. Un vientre. Un vientre que se encoge. Que me exprime. Una catarata que me arrastra hacia la luz, dos pulmones, aire frío que bombea vida, un primer llanto, tijeras. Tijeras. Tijeras. ¡Madre! He aquí el muro que siempre me detiene. Todo se derrumba nuevamente, se derrite como un muñeco de hielo, y nada más queda en mi boca que el gusto de una rara sensación. La sensación de que he nacido de mí mismo, de mi brazo, de que soy mi madre. Y la cicatriz es sólo la huella de una cesárea.
1986
