El Concierto

por Wilfredo Puignau

¡Vamos al concierto! ¡Vamos al concierto! ¡Porque Yevah es nuestro! ¡Porque Yevah es grande! ¡Vamos a hacerlo! ¡Vamos a hacerlo ya!

Una multitud formada por grupos de cincuenta a cien rockeros desfila por la avenida Mc Key de la ciudad de Londres. Los ánimos de estos jóvenes están exaltados, dentro de poco el sueño que han acariciado por semanas, el único motivo por el que vale la pena vivir para muchos de ellos, va a ser realidad. La muchedumbre desfila como en un mitín de los viejos años sesenta del siglo pasado. Los puños en alto, la mirada rabiosa, las gargantas forzadas al máximo. Todos los comerciantes han cerrado sus puertas ante el paso de los rockeros. Todos los servicios de lujo están clausurados en la ciudad. Las horas qiue preceden la concierto son siempre de gran tensión y los saqueos son algo usual en esos momentos. La policía vigila mientras la turba excitada circula por todas las avenidas de Londres. La muchedumbre tiene un único destino: el Salón de Conciertos, que curioso nombre, Salón de Conciertos, ¡Ah!, se rememoran viejas épocas, épocas que ya se fueron para no volver. La construcción es una gigantesca estructura colocada en el mismo centro de la ciudad. Una semiesfera de 120 metros de altura, con cabida para más de 200.000 ovejas, portadoras de blue jeans, ropa rara y adornos varios. La monstruosa estructura, aborto arquitectónico, símbolo de nuestros tiempos, destruye completamente el precario equilibrio estético de la zona, por cierto, los rockeros la llaman la esfera de la felicidad.

La vociferente masa humana converge hacia la mole. Viendo la escena es muy difícil evitar la asociación con lo que debía haber sido el arca de Noé, cuando los animales de toda la tierra entraron por sus puertas.

Sin embargo, no nos quejamos. Hoy hubo suerte, apenas se rompieron algunas decenas de vidrieras, sólo se asaltaron veinte o treinta comercios y únicamente doscientos carros fueron dañados. Hoy, ciertamente, fue un día tranquilo.

Pero veamos a dos de estos simpáticos muchachos que van al concierto. Sus nombres son Janet y Rudolph, hacen bonita pareja. Ella, 19, va vestida de verde. Una malla traslúcida de un verde clorofila le cubre el cuerpo por completo, de pies a cabeza, cabello incluido. Sólo las chapitas con el rostro de Yevah y el collar de perro, con púas, desentonan con el conjunto. Por supuesto, Janet usa lentes de contacto verde fosforescente para dar fuerza a su imagen. Afortunadamente ella es bonita y su cuerpo ayuda a que el conjunto no le quede mal del todo. El, 22, va vestido como en las vieja época, es un clásico. Blue jeans, botas de cuero sintético con cazadora del mismo material, insignias de Yevah en el pecho, cadena de moto colgando del cuello, cicartrices varias, pelo con petrolato, de un negro brillante y lentes de sol que le cubren media cara. Ambos mascan un producto indefinible, mezcla de alucinógenos suaves y caucho sintético. Esta sustancia se parecería a la antigua goma de mascar, de no ser por su perfume a aromáticos cíclicos desconocidos en el siglo XX y a la presencia de pequeñas dosis de DPP, un perfeccionamiento del antiguo LSD. Para que el producto no sea tan insípido, Rudolph le añade colas industriales maceradas con la receta que le dió un amigo.

Janet y Rudolph se conocieron en el KEISIO'S PLACE, un lúgubre antro al cual van los que son como ellos. Esta joven pareja se lleva muy bien, no hablan mucho, por supuesto. Su máxima alegría se la proporciona las sesiones en las que se "subliman" juntos. ¡Ah! ¡La "sublimación"! La sublimación es el invento de los rockeros del siglo XXI. Es algo casi genial. Una mezcla de transfusión sanguínea con inyección de drogas duras. El acto sexual es una trivialidad al lado de una "sublimación". Claro, es indispensable tener un grupo sanguíneo compatible, pero eso es un problema secundario en este siglo de maravillosos avances. Gracias a las sublimaciones, Janet y Rudoplh nunca tienen ni tendrán peleas. Sus mentes hace tiempo que se atrofiaron y ya sólo pueden comunicarse a través de las emociones más básicas. Esta pareja debe haber alcanzado, más o menos, el nivel del Neanderthal, con seguridad Rudolph ha descendido un poco más. Rudolph es muy tranquilo normalmente, y sólo cuando recuerda, muy de tarde en tarde, el lugar en el que vive, el trabajo que realiza y lo que es su vida, entra en un estado muy similar al de los animales enjaulados cuando se les molesta con un palito. En esos momentos Rudolph es peligroso, y si alguien está cerca suyo saldrá con algo roto.

Naturalmente, como casi todos los jóvenes de su época, Janet y Rudolph viven en uno de los gigantescos superbloques subterráneos del Londrés periférico, a unos veinte kilómetros del lugar del concierto. Janet disfruta de la comodidad de un cubículo de ocho metros cuadrados, tiene servicios de baño y comedor comunales, por supuesto. Rudolph no es tan afortunado y debe compartir su cuarto de siete metros cuadrados con una mujer de más de ochenta años, que más parece una momia que un ser vivo. Hablando de la vieja, una de las pocas cosas que hace que Rudolph piense es ella, Rudolph desarrolla un plan para eliminarla; pero su mente es lenta y tardará mucho tiempo en concluir la idea.

Janet y Rudolph trabajan en una fábrica estatal como chequeadores de la eficiencia de los procesos industriales, interesante nombre. Pasan el día delante de lucecitas de colores. Cuando una lucecita no se enciende en el momento apropiado, aprietan un botón. El trabajo dura ocho horas al día, cuatro días a la semana, cincuenta semanas al año. Cuando Janet y Rudolph sean retirados, cosa que ocurrirá dentro de unos diez años, se convertirán en dos más de los millones de jubilados prematuros y permanentes que el gobierno británico se ve obligado a mantener. Janet planea en ese momento hacer un "viaje" que supere a todos los otros, algo definitivo. Usará para ello hexahidratos de mercurio, metilatos de fósforo, ATN y un montón de placebos similares. La hora de partida tendrá lugar una hora después de firmado el papel de jubilación. Rudolph, por su parte, no ha pensado todavía lo que hará cuando le llegue la hora del retiro.

Una masa compacta de seres penetra en el domo. Los que van llegando empujan a los que están adelante de ellos y el proceso de compactación continuará hasta que comience el concierto. Las reses se amontonan aguijoneadas por los pastoreos. Deben haber 200.000 ejemplares en el redil a la hora indicada, y ya falta poco para comenzar.

Como Janet y Rudolph no quieren separarse durante la función, han tenido, con gran esfuerzo de sus cabezas, una idea. Se esposarán las muñecas durante la función. La izquierda de Rudolph con la derecha de Janet, son unos románticos empedernidos. Estos muchachos estarán juntos pase lo que pase.

Por si no lo sabían esta no es la primera vez que ellos asisten a un concierto. Rudolph tiene un héroe, John Makakos. Con ese nombre tal vez sea griego, piensa Rudolph. El sonido de la banda de Makakos es realmente duro y aunque Rudolph ha logrado bajar la percepción de sus oídos a la frontera de los 10 kilohertz a golpe de decibelio, todavía el sonido profundo y desgarrador de Makakos lo conmueve. A pesar de que Yevah es un poco suave en algunos pasajes, no es tan malo después de todo y por eso va a verlo. Además, los conciertos no tienen lugar todos los días. Janet prefiere a Vantasius, lo escucha a menudo durante las transfusiones que se monta con Rudolph. Más, la audición de una grabación, de cualquier grabación, no se puede comparar con un concierto en vivo. No hay nada como los conciertos. Sí, en verdad las grabaciones pierden mucho.

En el centro del domo se alza una pirámide, en su cúspide truncada se instalará la banda de Yevah. Todo está casi a punto y la marea humana se agita a los pies de la estructura como el mar antes de la tormenta.

Todas las paredes de la semiesfera son un laberinto de conexiones eléctricas, tubos de variados colores, sistemas de ventilación, oxigenación, refrigeración y mucho más. Porque todo debe funcionar perfectamente durante la presentación y hay un montón de cosas que no deben fallar. Pero ¿quién gobierna semejante estructura? ¿Quién controla todo esto? ¿Quién está al mando de este pequeño universo en forma de gigantesca media naranja? Es un hombre. Su nombre es Leonardo Van Wicke. Se encuentra justamente en la parte más alta de la cúpula, en el medio del techo, a 120 metros de altura sobre el suelo. Allí radica su pequeño imperio, una cabina de ocho metros cuadrados que semeja el interior de una nave espacial. Leonardo se siente como si fuera un dios en ese lugar. De él depende no sólo el concierto, sino la vida de los 200.000 que se mueven allá abajo. El principal trabajo que desarrolla Leonardo, el que requiere su más intensa atención, es el control de todo el sistema químico de las instalaciones. El trabajo es exigente y apasionante. Muchas computadoras le ayudan en esta labor, pero, en último término, es él quien decide. Porque Leonardo no sólo controla, Leonardo crea. Van Wicke hace que las cosan sucedan cuando deben suceder y como deben suceder.

Pero Leonardo hoy se siente mal. Las dosis habituales de Daposinax no han sido suficientes para sacarlo de la depresión. La empresa le ha comunicado que su contrato no será renovado y no le han dado explicaciones, porque las superempresas de espectáculos nunca dan explicaciones, sólo ordenan. Leonardo se tiene que ir al terminar la temporada. Aunque él sabe que las causas del despido pueden ser infinitas, no por ello se siente mejor. Es por eso que Leonardo ha traído hoy a su pequeño Olimpo a su mejor amigo, William, violando así una de las principales reglas de la empresa.

Míralos William, mira cómo se mueven. Se parecen a una criatura viva que exige alimento.

-Oye Wicki, esto está prohibido. Quiero decir que yo no debería estar aquí, ¿verdad?

-No te preocupes, William, no pasará nada. Hoy no quiero estar aquí solo.

-Por el interfono se te veía preocupado ¿es algo grave?

-No. Me patearán del trabajo el mes que viene.

-¡Oh!

-No importa, buscaré empleo en otro lado. Pero ahora prepárate a ver algo nunca visto, William.

El domo está lleno a rebosar. Los sistemas de refrigeración y oxigenación trabajan al máximo. El concierto va a comenzar y el aire adquiere la consistencia exacta, el grado de pesadez justo, para recrear el ambiente apropiado para la función. Si Leonardo quisiera, los rockeros de ahí abajo estarían tan frescos como en una pradera de Gales durante un día de invierno... pero eso no sería apropiado a la ocasión.

Repentinamente el ambiente musical cesa. Las luces se desvanecen. 200.000 rockeros ululantes se apagan. El silencio es total, la tensión se puede palpar en el ambiente.

Un fogonazo de luz y miles de vatios inundan el ambiente. Es Yevah que ha aparecido de la nada. Está arrodillado en el centro de la pirámide truncada. Toca un solo de su dactilógrafo sónico. El sonido traspasa a los presentes y después de medio minuto de acordes ininterrumpidos, cesa. Los corderos vitorean a Yevah, el rito ha comenzado.

-Míralos, William, han despertado. tu nunca habías asistido a un concierto, ¿verdad?

-No.

-Pues no te pierdas éste, será inolvidable.

La música es ensordecedora. El sonido brota de la pirámide, que es una gigantesca batería de altavoces. Las gargantas del público emiten sonidos inhumanos. Yevah y su grupo están realmente atareados. Percusores, sintetizadores, dactilógrafos sónicos, música pregrabada y procesada por computadora, todo un universo de sonidos electrónicos. Y por sobre todos se alza la voz de Yevah. Una voz desgarrada, ronca por años y años de gritos continuos. Una voz que acaricia o golpea a voluntad, que provoca llanto o ira a su antojo.

-¿Sabes por qué Yevah vende tantas grabaciones?

-Es muy bueno.

-No, no es eso exactamente...

Rápidamente los dedos de Leonardo tocan una serie de controles. Van Wicke piensa en voz alta.

-Empezaremos a calentarlos con un poco de Diposinasa, esto les quitará la ansiedad y los relajará. ¡Así! Con tres partes por mil tienen suficiente, por ahora. Vamos a ver la respuesta, O.K. Los gráficos dicen que todo va bien.

-¡Los... los estás drogando!

-Por supuesto. ¿Qué te crees que hace tan diferente a los conciertos en vivo?

-Pero esto es increíble. ¿Sabes lo que estás haciendo?

-Toda las esfera está repleta de receptores químicos. El cuerpo humano, y el del rockero también, emiten señales químicas específicas en respuesta a drogas específicas. La respuesta del cuerpo es débil, pero aquí los instrumentos son muy sensibles, y además, hay 200.000 alucinados allá abajo.

Janet y Rudolph están abrazados, la canción de amor de Yevah les estremece el corazón, recuerdan su primer viaje juntos, lloran de emoción. Yevah entona su melodía:

-Y SOLO POR TI... Y SOLO POR TI...

-Bueno, ahora que los hemos bajado vamos a subirlos otra vez. veinte partes por mil de Dripadon y un poquito de Trasalat 3.

-MATALOS. SI TE PISAN, MATALOS. NO PERDONES, MATALOS.

Janet y Rudolph saltan rabiosos. Pareciera que quisieran aplastar el pavimento. Junto a ellos, 199.998 rockeros patean el piso furiosamente.

-¡Oye, Wicki, esto es increíble!

-Y ahora es que está empezando. Ya verás lo que pasa cuando lleguemos a la primera hora.

Ya han transcurrido cincuenta minutos de concierto. Yevah canta su himno de guerra, el tema que más grabaciones ha vendido el último mes; su título: En la Fábrica.

Las notas surgen con dificultad de la hinchada garganta. Las venas del cuello están muy dilatadas, todo el cuerpo se tambalea, embriagado de emoción.

CUANDO LA VEAS Y ENTRAS EN ELLA.

CUANDO TE AHOGAS DENTRO DE ELLA.

NO LO DUDAS.

CUANDO LAS LUCES NO TE DEJAN PENSAR.

NO LO DUDAS.

¿QUE HARAS?

La marea rockera responde a coro: ¡LOS APLASTARE! ¡LOS APLASTARE!

Cuarenta por mil de Pentatrex reforzado, cinco por millón de Bolotex 4.

Leonardo tiene la camisa empapada. Está tan concentrado que se ha olvidado de la presencia de su amigo.

Rudolph se está deshidratando. Las pupilas están completamente dilatadas, los juegos de luces inundan el ambiente, lo deslumbran. Tiene la piel sumamente irritada, el tacto de la ropa debe semejársele al del papel de lija. Su entrepierna está sumamente húmeda, y no precisamente por el sudor. Rudolph hace ya dos minutos que está eyaculando sin parar. El semen le mancha sus preciosos blue jeans y la erección se le sale de los pantalones. Pero Rudolph no se da cuenta de nada de esto, él ya está en otro mundo, se ha ido de viaje.

-Treinta y cinco por diez mil de Piramidasa reforzada. Diez por cien de Hatraxon 15.

Janet se ha orinado en la malla verde, que ahora es transparente, pobre Janet, como suda. Y es obvio para cualquiera que no esté drogado, que los síntomas de excitación sexual son máximos en ella. Los pezones le abultan notablemente. Pero hay algo que rompe el bello conjunto, Janet, ¿por qué lo habrá hecho?, hace ya como cinco minutos que se está masticando su labio inferior. Toda su barbilla es de roja sangre. Simultáneamente las esposas que la unen a Rudolph le arrancan la piel, y se clavan profundamente en la carne. Todo el cuerpo lo tiene lleno de magulladuras, porque sus poco gentiles compañeros de metro cuadrado agitan sus puños en todas direcciones y cuando chocan, golpean implacables. Rudolph por su parte, se ha transformado en un gorila enfurecido, y únicamente las obvias limitaciones de espacio impiden que corra aullando, no obstante aúlla.

-Diez por cien de Clorato de Cresita.

-¡Eh, Wicki! Esa droga no es legal.

-¡No importa! Voy a darles a los de ahí abajo algo que nunca olvidarán. ¡Respiradlo, malditos! Veinte por cien de Hatraxon 30 y subo el Clorato de Cresita al quince por cien.

-¡El grupo de Yevah ha dejado de tocar! ¡Se van!

-¡Claro!- responde Leonardo. -Ese ambiente es irrespirable. Si se quedaran hasta el final de la función no durarían ni cinco años en el negocio.

-Pero, si no hay música, ¡no puede haber concierto!

-Te equivocas, William. Ahora yo soy el concierto. Todos ellos son míos. Los controlo.

La multitud eleva un grito a las alturas. Las mentes han sido disparadas en una carrera frenética. Todos los sentidos han sido afectados por el cocktel de drogas y cada rockero ha quedado colgando en una galaxia personal.

El tiempo pasa. Hace dos horas que el concierto comenzó. Los rockeros emiten un murmullo monótono. Leonardo ha estado explicando a William durante una hora las sutilezas del control por drogas.

-¿Ves? Con el Tetraortato de Iridio logro que los cerebros se estabilicen en el nivel 23 durante cinco segundos, tiempo más que suficiente para colocar tres partes por cien de Pentahidrato de Talantasa, en proceso de centrifugado rápido, claro. Hay que tener mucha práctica para leer las gráficas de respuesta al Tetraortato, pero yo llevo años en esto y... bueno, soy de los mejores.

-¿Y ninguno de tus "pacientes" se te puede escapar?

-No, los tengo a todos bajo control. Las fluctuaciones estadísticas son mínimas con estas drogas.

-¿Y ahora qué harás?

En el rostro de Leonardo aparece una sonrisa cruel.

-No entiendo, Wicki.

-Siempre desee hacerlo, y ya que me van a despedir no importará mucho...

-Explícate.

-Escúchalos, William. Te he mostrado lo que puedes hacer. Los manejo como a muñecos. Saco de sus gargantas el sonido que mas me gusta. Cuando trabajo aquí arriba estoy solo. Me siento poderoso, algo sublime me llena, soy feliz. Yo creo que lo mismo sentían los antiguos monjes cuando tocaban el órgano en las frías y vacías catedrales. Cuando los observo, comprendo como un dios mira a sus criaturas. Y no resisto la tentación de ver lo que puedo hacer con estas hormiguitas. Quiero ver como gritan, como se retuercen en agonía en el instante que precede a la aniquilación.

¡Oye, Wicki, eso que piensas es ilegal!

-¡Ellos no son humanos, William! Se que no lo son. Yo los veo todos los días por la calle, con sus miradas de espectro. Y se lo que son sus vidas. Su único mundo está aquí en los conciertos. No creas que ahora están sufriendo. Se encuentran más allá del dolor. Y yo, su dios, los voy a llevar más allá aún, y los voy a llevar ahora.

La mirada de Leonardo es muy rara. Tal parece que la noticia del despido lo ha afectado mucho, y el agotador trabajo que lleva a cabo no debe aclararle mucho la mente. William medita en un rincón.

Lo mejor será salir de aquí cuanto antes. Yo no me voy a involucrar en una masacre.

-Wicki, yo no quiero tener nada que ver con esto, yo me voy.

Leonardo parece reflexionar.

-Está bien, William. ¡Maldito seas! ¡Vete!

William sale de la cabina. El centro de control en el que se encontraba está unido a la salida por un pasillo de plástico transparente. Al final del mismo hay una esclusa que lo llevará a la calle. Pero cuando William va a abrir la esclusa, advierte con horror que no sabe la combinación. Tendrá que permanecer en el pasillo hasta el final del concierto. Al concluir el espectáculo las puertas se abrirán automáticamente. Después de todo y contra su voluntad, William será testigo del sacrificio. El pasillo transparente le permite ver y oir, protegiéndolo simultáneamente de las emanaciones que flotan en el enrarecido aire de la cúpula.

-Cinco por cien de Trapadón 4. Tres por millón de Octadrin fosfatado. Veintiocho por cien de Cloradina S.

Ellos son una sola bestia, herida y acorralada. Emiten un grito que simultáneamente implora piedad y exige más placer. El espectáculo es algo nunca visto.

Rudolph y Janet se mueven como marionetas epilépticas. Los espasmos recorren sus cuerpos, es como si estuvieran bajo un shock eléctrico. Sus ojos están rojos de sangre, sus rostros amoratados, de un violeta profundo. Tienen los cabellos de punta.

Arriba, en la nave espacial, Van Wicke ríe como un loco, contagiado de la fuerza que emana de sus creaciones.

-Y ahora el apocalipsis, cincuenta por mil de Hiporidon y treinta y seis por diez millones de Trapertita diluída en Clorato de Cordano.

Rudolph y Janet van a reventar. Sus corazones rebasan los doscientos ochenta latidos por minuto. Su tren se dirige en loca carrera hacia el infinito. No saben lo que les pasa, la experiencia que viven sobrepasa ampliamente la capacidad humana de percepción. Pero su organismo no ha sido diseñado para esto. Los riñones se hacen pedazos, el hígado se disuelve y caen fulminados. Bueno, en realidad no caen, no pueden caer porque sus compañeros de metro cuadrado están pegados a ellos y no hay espacio físico para derrumbarse. simplemente se quedan rígidos y fríos, como maniquíes, con los ojos abiertos, mirando al cielo.

William está de rodillas en el suelo del pasillo. No lo puede creer. Su asombro es tan grande que se le ha olvidado cerrar la boca y la saliva le cae por la comisura de los labios.

-¡Lo está haciendo! ¡Los está aniquilando! ¡Los destruye...!

...y ahora, mis estimados amigos, las noticias locales. Cerca de cincuenta mil jóvenes perecieron hoy en lo que puede considerarse la mayor catástrofe de todos los tiempos. El nefasto acontecimiento tuvo lugar en el salón de conciertos de esta capital. Las causas del hecho son oscuras, pero las autoridades han tomado parte inmediatamente en el asunto. Las investigaciones serán exhaustivas, dijo el alcalde. Desde el lugar de los hechos nuestro compañero Alex. Adelante, Alex...

1985

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