Los tres disparos resonaron agriamente cortando el velo frío de la noche.
-Maldito desgraciado -musitó el mendigo desviando con brusquedad su mirada del pobre gendarme, para quedarse un largo rato viendo el montón amorfo que, ahora, inmóvil, parecía más natural. Pronto, los murmullos, lo percataron de la multitud de curiosos que los rodeaba, recogió su sombrero (arrugado y desaliñado como era de esperar en el sombrero de un vagabundo) y dirigiendo una útima triste sonrisa al extraño ser muerto dijo:
-Adiós, viejo.
Poco después llegó el reportero, se allegó hasta el sitio donde se aglomeraban los curiosos y vió con asco la masa deforme que comenzaba a descomponerse en medio de suaves efluvios. "¿Qué pasó?" preguntaba con ansiedad y sólo recibía por respuesta una que otra disparidad.
La policía le señaló a un gendarme que se hallaba recostado contra el muro de piedra húmeda y mohosa.
–¿Qué pasó?
El gendarme sacudió la cabeza y vió al periodista con sorna; una sonrisa despectiva, mezcla de incredulidad y miedo recién apaciguado, surcó su rostro.
-Lo maté, ¿acaso no lo ve? -el gendarme le dió la espalda y se dirigió con paso cansado a continuar con fingida tranquilidad el patrullaje de las oscuras calles débilmente iluminadas por las lámparas de querosén.
-¿Qué pasó?
El mendigo arrugó con más fuerza el desnutrido sombrero y vió a los ojos al periodista. Era un hombre basto, con la cara sucia y sin afeitar, con un tufo de cuerpo sin agua, con una mirada de sabio de alcantarilla.
-No sé cómo explicarlo.
-Inténtelo -el lugar era idóneo para un interrogatorio tan inverosimil como ese, una taberna llena de humo y opaca de buenas intenciones. En el ambiente recargado flotaba como un hálito la ronca voz del mendigo:
-Esa noche estaba durmiendo bajo el portal de ese negocio; bueno usted sabe, estuve todo el día en eso -gesticuló- mi trabajo, claro está -el periodista no hizo ninguna observación acerca del supuesto trabajo, ni acerca de la supuesta seña.
-Se me hizo de noche allí, en la avenida Cepeda y, ¡caramba!, tenia que dormir, ¡no!, entonces me pareció un buen sitio y ya usted vio.
–Entonces, pasó -insinuó el periodista.
-Creo que no; es que me dormí, ¿comprende? Cuando abrí los ojos estaba muy cerca de mí, casi encima pienso yo. No sabía qué era, quizás un manchón de mi vista borrosa, de mis ojos llenos de sueño, Fué cuando me tocó y el miedo que comenzaba a sentir terminó, sólo sentí calor, calor y seguridad y...
-¿Y?
-Llegó el estúpido policía y lo mató.
-¿No supo qué era?, ¿qué quería?
-No, sólo sé que era amigo. ¿Qué más quiere saber?
Planeta frío. Misión. Extraño. Suelo duro. Montañas duras. Líneas-punto brillante. Seres extraños, Se van. Misión Contacto. Amistad. Unión. Se alejan rápido. Velocidad alta. Metabolismo alto. Hediondos. Lenguaje nulo. Otro ser. No se mueve. Me acerco. Se agita. Viene otro. Toco al inmóvil. Dolor lacerante. Muerte. Amigo. Muerte. Muerte.
-Oficial, ¡Dios mío! Un monstruo.
"Un monstruo", estará borracho. Vaya noche, Primero aquella puta, y ahora esto.
-Cálmese. ¿Qué le pasa?
-Un monstruo.
Su terror parece verdadero. No está ebrio, ¿un monstruo?
-¿Un monstruo?
-Allá, al doblar la esquina. Es muy grande y huele a flores.
Saqué la pistola, por si acaso.
-Venga -le dije. El hombre estaba petrificado, verdaderamente aterrorizado
-No, siga usted. No me atrevo.
-Está bien -dije con resignación y partí con paso fingidamente seguro.
Si todo el terror que un hombre acumula durante toda su vida, aquellas sombras, aquellos seres, aquel aliento, aquel rumor, aquel pensamiento, aquella lectura, se condensaran en una sola aparición, esa sería de la misma forma y esencia de lo que tenía ahora frente a mis ojos. Era horrible e indescriptible, como la bíblica bestia blasfema. Y estaba a punto de matar a un hombre, un pobre mendigo. Abrí fuego...
1985
