-Era una silla vieja, bien vieja. Todavía recuerdo muy bien el día que la trajeron, allá por 1953. La madera relucía bajo la capa de barniz uniforme. Era buena madera, es buena madera; aunque ahora esté un poco dañada. Tiene algunos cuantos raspones en el asiento, unas rectas rayas paralelas; fue Toby. Toby era un buen perro que no merecía tan mal nombre. Un bonito pastor belga, de pelo largo y suave, color negro brillante. El día en que trajeron la silla yo estaba fuera de casa, no me acuerdo donde, hace mucho tiempo de eso. ¿Me da un cigarrillo?
Carrera sonrió y sacó un cigarrillo de la cajetilla, se lo extendió a Medina y le dió un encendedor dorado.
-¿Sabe, Carrera? -dijo Medina observando el encendedor en su mano.- El color me recuerda los ojos de Ingo. Eran así, dorado brillante, de una hermosura profunda e inquietante. Igualitos, ni más ni menos. Con la salvedad de que aquellos rebosaban vida, energía. Era un dorado cálido, no frío.
Carrera asentía en silencio, procurando imaginarse aquellos ojos. La
habitación estaba oscureciéndose al unísono con el atardecer de la ciudad.
Carrera creía ya poder ver en algún rincón oscuro el brillo dorado de los
ojos de Ingo. Su imaginación era muy vivaz.
Medina aspiró el humo del cigarrillo con placidez, las briznas de papel
quemado ascendían elípticamente en medio de la grisácea nubecilla de humo.
Afuera las avenidas estaban repletas de vehículos, era la hora crítica.
-Continúe -le llamó la atención pacientemente Carrera.
-¿En dónde iba?
-Me hablaba de la silla- le recordó amablemente Carrera.
-¡Ah, sí! Aún no se por qué mi padre la compró, nunca acostumbraba hacerlo. Es decir, comprar una sola silla. Es de lo más ridículo, un sillón tal vez, pero una silla. Bueno, al fin y al cabo la compró y allí estaba, rígida y brillante contra la pared de la sala. Debo conceder que era una silla distinguida, no era una silla vulgar y simplona; no, era una silla aristocrática, de refinadas líneas. Casi pudiera decirle que era una silla digna de un rey, pero sería exagerar.
Medina se inclinó sobre el escritorio y arrojó las cenizas en el destartalado cenicero de latón. La ardiente basurita cubrió parte de la maltratada propaganda que yacía en el fondo del cenicero.
-¿Cuántos años tenía usted por esa época?
-¿Yo? Catorce. 1939. 1953. Sí, catorce años.
-Catorce años- repitió Carrera, como intentando recordarlo para siempre.
El cuarto estaba ahora bañado por una cortante oscuridad que ocultaba las cosas y ampliaba subjetivamente la estancia a dimensiones inconmensurables. Regularmente se encendía un lejano anunció de neón que iluminaba los rostros de los dos hombres, creando un claroscuro de fuerte contraste. El rostro provecto de Medina evidenciaba a cada destello los surcos de la historia. En la oscuridad, Medina pensaba.
-Sí, nací en 1939, Justo cuando los alemanes invadían Polonia. aunque eso no tiene nada que ver ahora, ni tuvo nada que ver en aquel momento, fue algo muy, pero muy lejano.
-¿Primero de septiembre?
-Sí, primero de septiembre- Medina intentaba conciliar la idea de una criatura, desnuda e indefensa, naciendo, con millones de personas matándose a sólo diez mil kilómetros, al mismo tiempo, era absurdo.
-Es absurda- dijo tras reflexionar.
-¿Qué?
-La guerra. La guerra es absurda.
-¿Quién lo dice? ¿Usted?- la habitación comenzaba a ser invadida por el fulgor lechoso de la luna. El tráfico comenzaba a disminuir afuera, Carrera se relajó instintivamente.
-No, yo no. Lo decía mi hermano. Era mayor que yo, sólo seis años, pero a mí me parecía un millón de siglos más viejo. Parecía más viejo que mi padre, lo juraría. Era un tipo callado y reservado, era un extraño hasta para mí.
-Usted habla de él en pasado, ¿acaso murió?
-No se, y usted lo sabe tan bien como yo. Usted sabe mucho más que yo y se empeña en ocultarlo. ¿Por qué?- Medina hacía un esfuerzo por distinguir el rostro de Carrera, pero temía conseguirlo pues quizás vería una cara imperturbable.
-Vamos, Medina. Sabe que debe contestarme, yo no lo cité. Usted vino por su cuenta. Admito que estoy enterado de ciertos pormenores que usted desconoce, pero esto no quiere decir que sepa todos los detalles de su historia. No conozco su caso, por favor, continúe.
-Antes deme otro cigarrillo, por favor.
Carrera vió el destello del encendedor, y luego el puntito rojo en la oscuridad, intuyó los labios de Medina apretando el cilindro de papel. Después observó el humo ascender en espiral hasta el techo. La habitación estaba ahora delineada en fríos colores pastel. Carrera oyó unos pasos junto a la puerta para luego perderse a lo lejos, al final del pasillo.
-Perdone, Carrera- Medina jugueteaba con el cigarrillo entre sus dedos. -Es que todo fue tan extraño.
-Lo comprendo.
-Nunca supimos que fue de él.
-¿Supimos?
-Mi familia, mi hermana y yo.
-¿Cómo se llamaba?
-¿Quién?
-Su hermano.
-Adalberto. Se llamaba Adalberto.
-¿Cuándo empezó todo?- Carrera se levantó y se acercó a la ventana, las luces titilaban por todas partes a lo largo de la ciudad. Todavía se observaban largas serpientes de color en algunas avenidas.
-A mediados del año 1967. Mi hermano vivía solo en casa.
-¿Y sus padres?
-Papá había muerto a finales de 1958, y mamá en marzo, ¿o abril?, de 1962.
-¿Muerte natural?
-Mi padre murió en un accidente de tránsito.
-¿Cómo fue eso?- Carrera observaba ahora el brillante anuncio, rojo carmesí, de Coca Cola, que se encendía y apagaba intermitentemente. Pesadamente sacó un cigarrillo y lo encendió. Arrojó el fósforo. Medina estaba hablando, a lo lejos la montaña estaba envuelta en nubes.
-Fue por la silla. La misma silla señorial y egoísta, la silla brillante de barniz uniforme y tallado impecable. Estaba floja, es decir, se aflojaba de las junturas hasta desarmarse. Es una mala costumbre de muchas sillas, se aflojan y cuando uno menos se lo imagina, lo dejan plantado en el suelo. Mi madre le había dicho infinidad de veces a papá que la silla estaba mala, pero papá no hacía caso y dejaba pasar el tiempo. Creo que él presentía su muerte, no se. Lo cierto es que el...- Medina se detuvo un momento a pensar, y al instante prosiguió: -20 de noviembre la silla se rompió y lo dejó sentado de culo en el piso.- Carrera sonrió y expiró una buena cantidad de humo, arrojó el maltrecho cigarrillo y continuó escuchando. -Nunca había visto a papá tan arrecho como ese día, le dió varias patadas a la silla, dijo unas cuantas groserías, se puso el sombrero y llamó a Adalberto.
-¿Quién?- interrumpió Carrera.
-Adalberto era mi hermano, ya se lo he dicho- Carrera sintió como la mirada de Medina taladraba la semioscuridad oscilante y se clavaba en sus espaldas.
-Disculpe, lo había olvidado- Carrera se volvió, dándole la espalda a la ciudad, sus luces y su letrero de Coca Cola.
-Por favor, no me interrumpa más- la voz de Medina se tornó menos severa al agregar: -estoy viejo, y recordar se me hace muy difícil. Comprenda.
Carrera trató de imaginar a aquel hombre en 1967, rebosante de vida. Ahora era sólo un viejo decrépito que apenas podía caminar y pensar con orden y concierto. Tenía ganas de encender la luz y observar a Medina en su justa dimensión, en su estado actual. La voz del viejo le llegaba a él cansada y sin fuerzas, lenta e interrumpida por jadeos o divagaciones. Se apoyó en la ventana y escudriñó prolijamente el sitio de donde venía la anciana voz, se concentró en el timbre, las pausas, la fatigosa respiración que acentuaba las eses y ahogaba las vocales. Lo intentó con todas sus fuerzas, trató de eliminar todos los detalles, uno a uno, que envejecían a Medina. Ir borrando poco a poco los años de ese hombre para verlo tal y como era en 1967, pero no lo consiguió. Era como si Medina siempre hubiera sido así: viejo y cansado. Se acordó de la descripción que Medina hiciera de su hermano, sopesó el hecho, pero luego lo rechazó por infundado. No existía ninguna relación.
-Juntos partieron en el auto, un Cadillac negro, viejo, de 1950, llevaban la silla a reparar. Si mi padre no se hubiera caído, esa silla hubiera permanecido años sin ir a la carpintería, podría haberse caído toda la familia, pero esa silla no se habría movido de su sitio. Papá no hubiera considerado la necesidad urgente de repararla, fue esa mezcla de orgullo y rabia lo que lo obligó a cogerla y salir con Adalberto rumbo a la carpintería. Si no se hubiese caído quizás estuviera vivo.
-¿Ahora?- Carrera se divertía con la posibilidad de ver al padre de Medina, sentado al lado del escritorio. Sería casi una momia.
-No, ahora no, ¡por Dios!, en 1967, en 1967. Así alguien habría acompañado a Adalberto.
-Eso es entrar en el campo de las especulaciones- interrumpió Carrera -si tal cosa no pasa quizás no haya tal consecuencia. Causa y efecto, causa y efecto. Es una falacia.
-Si Hitler no hubiera nacido, quizás el primero de septiembre yo hubiera nacido al mismo tiempo que se derogaba el tratado de Versalles.
-¡Paparruchas! Si no hubiera sucedido la primera guerra mundial, no habría necesidad de derogar el tratado de Versalles el primero de septiembre. Si no hubiera existido la guerra franco-prusiana, Francia no habría querido ninguna revancha, no hubiera estallado la primera guerra mundial y por ende el tratado de Versalles no existiría, y quizás usted no hubiera nacido. La causalidad es algo más complejo que esto.
-Está bien, está bien.
Carrera se desplazó por la habitación y llegó hasta el interruptor, sus dedos juguetearon un rato con la idea de no encender la luz, pero al fin se decidieron y pulsaron el botón. La luz invadió el salón. Medina contrajo dolorosamente los párpados, encandilado. Carrera sonrió.
-Y bien, Medina. ¿Qué pasó?
Medina vió de reojo a Carrera, éste notó cierta malicia en la expresión, pero no hizo caso.
-Ineludiblemente partieron hacia la carpintería. Ineludiblemente mi padre iba manejando e ineludiblemente mi hermano iba sentado a su lado. en la maleta, ineludiblemente, estaba la silla estropeada. Ineludiblemente chocaron, en la autopista, ineludiblemente, e ineludiblemente mi padre murió.
-¡Muy bien, Medina! ¡Usted gana!- dijo divertido Carrera, luego agregó con seriedad:
-Continúe, por favor.
-Eso es todo. Papá murió. Adalberto sufrió unas cuantas contusiones y fractura del fémur, y la silla...
-¿Y la silla? -Nada, la silla quedó intacta. Sólo una ligera astilladura en una de las patas.
-¿Desea comer o beber algo?
-No, gracias. ¿Otro cigarrillo?, por favor.
-Tome- Carrera escudriñó cuidadosamente el apático rostro del viejo. Los ojos tristones, húmedos, como cuajados de lágrimas. La pequeña y arrugada boca que apretaba con fruición el cigarrillo. La rala cabeza, con unas cuantas hebras de canos cabellos. La frente brillante y sucada de piel aspérrima. Todos esos detalles conjugados con el contenido de la conversación daban a Medina el aspecto de un extraño duendecillo, de esos milenarios duendes irlandeses. La prominente y rosada nariz de Medina confirmaba tácitamente sus ideas.
Carrera se sentó detrás del escritorio, colocó sus manos, con los dedos entrelazados, sobre la carpeta que estaba sobre el escritorio. A su derecha los lápices brillaban ante la luz artificial. Medina, el duende. Carrera se divertía haciendo ese tipo de analogías. Fin del bochinche, hora de la seriedad. Carrera era un hombre disciplinado, tenía que serlo, era su obligación. Fue por disciplina, más que por interés, que preguntó:
-Usted mencionó que su hermano estaba solo, ¿por qué?- Carrera jugaba ahora a que no podía destrenzar los dedos. Halaba de un lado a otro sus manos sin resultado, sus dedos se mantenían rebeldemente unidos. Pronto se cansó de ese juego y agarró un lápiz azul. Medina hablaba con la vista fija en la ventana, o más allá, en la oscuridad estrellada del exterior.
-Sí, vivía solo. Usted ya sabe: mis padres habían muerto, mi hermana se había casado, y yo me hallaba en el interior.
-¿Qué hacía usted?
-Trabajaba para una compañía de seguros.
-¿Qué aseguraban?
-Tonterías; automoviles, casas, vidas.
-Lo de siempre.
-Sí, lo de siempre- Medina se volvió a mirar a Carrera, su vista se detuvo en el lápiz que oscilaba en aquellas manos. Carrera se dió cuenta, el lápiz dejó de oscilar y quedó quieto en su mano.
-¿Qué le pasa, Medina?
-Ingo. El color del lápiz es igual al color de Ingo.
-¿Se refiere al mismo Ingo que yo estoy pensando?
-Sí, el mismo.
-¿El de los ojos dorados?
-Sí.
-¡Era... azul?- Carrera estaba sorprendido, ahora dudaba hasta de si mismo. Una cosa es tener los ojos dorados, otra muy diferente es ser todo azul. Azul cielo, azul agua, azul azul. Pero Carrera era un hombre práctico, y ser un hombre práctico no es, como muchos piensan, regirse por la lógica, por unos parámetros rígidos e inflexibles. Ser práctico es aceptar todo como cierto, adaptarse a una situación hasta tener suficientes pruebas para rechazarla totalmente, o, por el contrario, aceptarla con todas sus implicaciones. Por eso Carrera recobró su compostura y agregó:
-Volvamos a los hechos: su hermano vivía solo... ¿y?
-Solo solo, no. Lo acompañaba Toby.
-¿Toby era...?
-El perro, el pastor belga, aunque creo que Toby ni siquiera conocía Bélgica- Medina sonrió tímidamente.
-¿Toby es importante en su historia?
-Tan importante como la silla.
-¿E Ingo?
-Ingo es la historia.
-¿Y su hermano?
-No sé.
-Vamos, cuénteme- Carrera se levantó y se sirvió café. -¿Quiere café?- le preguntó a Medina, mientras sorbía el humeante líquido negro.
-No, gracias- Medina respiró hondo, caviló un instante y comenzó a relatar la historia:
-Lo cierto es que Adalberto vivió solo desde 1962 hasta 1967, cinco años.
-¿No recibía visitas?
-Bueno, sí. Mi hermana lo visitaba a veces, unas dos horas cada vez. Y yo estaba varios días en la casa, cuando llegaba del interior.
-¿O sea que no vivió absolutamente solo?
-En ese sentido, no. Pero en la práctica pasaba largos períodos sin visita alguna, sin hablar con nadie.
-¿Usted vive solo?
-En ese entonces vivía con Laura- el viejo alzó la vista y se quedó un momento viendo la lámpara, ensoñado en sus recuerdos.
-No en 1967. Le pregunto ahora.
-¿Ahora? Sí, ahora vivo solo.
Carrera tomó mentalmente notas de dicha situación. Medina vive solo, habría que vigilarlo. Carrera apuró las últimas gotas de café, colocó la tacita marrón sobre la cafetera y se sentó de nuevo ante el escritorio. Enseguida clavó la mirada en el cuadro de enfrente, una carrera de caballos en campo través, y siguió escuchando la monótona voz de Medina.
-Sucedió a mediados de 1967. Me habían despedido de la compañía de seguros.
-¿Por qué?
-Cometí un error. ¿Quiere que se lo cuente?- el tono de Medina se elevó un tanto, una ligera belicosidad impregnó la habitación.
-No, desde luego. Continúe.
-Hallándome sin trabajo y solo...
-¿Solo?
-¡Sí, solo!- Medina miró a Carrera con un súbito brillo de rabia en sus ojos. Carrera sintió el peso de todos esos recuerdos sobre su rostro, sintió el pesado hedor de medio siglo de recuerdos. Abrumado, Carrera volvió a mirar el cuadro, uno de los jinetes caía, eternamente, de su cabalgadura. Carrera sólo atinó a decir:
-Continúe.
Medina se arrellanó en el sillón. Carrera entendió y le extendió un cigarrillo. Encendió, Medina, el cigarrillo y le arrojó el encendedor a Carrera.
-Tome, no debo fumar más. Me hace daño.
Medina soltó una tocesita y aspiró profundamente, la punta quemada del cigarrillo se tornó rojo vivo. Medina continuó hablando:
-Como no tenía nada que hacer, me fuí a vivir con Adalberto en la casa.
-¿Notó algo raro cuando lo vió?
-No, realmente no. Era el mismo Adalberto de siempre, quizás más hosco y callado. Creo que lo comprendo.
-¿Lo comprende?
-No sé cómo explicárselo, pero creo entender por qué era así. No sé, es algo extraño. A veces me dan ganas de cerrar todas las ventanas y puertas, sentarme en el centro de la casa, en el piso, y oir la soledad. ¿Me entiende?
-Continúe- Carrera veía con tranquilidad las últimas luces de la ciudad, las perennes, que acompañarían a la noche hasta el amanecer.
-Todo se desenvolvió normalmente durante una semana, al menos eso creo yo. Adalberto salía por las mañanas a dar un paseo, volvía a tiempo para desayunar, y luego se pasaba el resto del día en su habitación.
-¿Y usted?
-Bueno, salía de tarde, buscaba trabajo, iba al cine; usted sabe.
-Entonces no está seguro de que su hermano permaneciera todo el día en casa.
-¡Oh!, de eso estoy muy seguro.
-¿Por qué?
-Yo regresaba a cualquier hora, y a veces ni siquiera salía. El siempre se encontraba en su habitación, sólo salía para comer.
-¿Sabe usted qué hacía su hermano allí?
-Lo ignoro, realmente nunca lo supe.
-Medina, usted dijo que todo transcurrió normalmente por una semana. ¿Acaso pasó algo después que alteró la rutina?
-Primero quiero aclararle- Medina se puso serio al decirlo y se acarició pensativo el bigote. carrera se sorprendió de no haber notado antes el bigotito, era un pequeño mechón de pelos blancos que sobresalían de su labio superior -que para Adalberto no existía la rutina.
-¿Cómo lo sabe, él se lo dijo?
-No, nunca me lo confió. Pero sólo había que verlo, su tranquilidad, su parsimonia, sus ademanes. Toda su actitud era claramente imprevisible. Nada más fuera de la rutina que su vida dentro de esa habitación. Era un mundo desconocido para mí, a pesar de que tuve la oportunidad de entreverlo una vez. No, Adalberto no era rutinario; apático sí, rutinario no.
-¿Su mundo?
-¿Cómo?
-Usted dijo que Adalberto tenía su propio mundo, ¿Acaso era un juego? ¿Un sueño?
-No, usted no comprende, no entiende. El mundo de Adalberto no era un juego, ni mucho menos un sueño. El mundo de Adalberto fue real, tan real como mi mundo, o su mundo.
-¿Fue?
-Fue o es, no lo sé. Quién sabe si su mundo era el real, si su mundo es el entorno que nos rodea, pero libre de nuestros subjetivismos. No creo que mi hermano pasara tantas horas en un mundo irreal, las fantasías tienden a la contradicción, y la contradicción a la locura.
-¿Y su hermano estaba... loco?
-Puede ser, pero quién no está loco. ¿Quién?
Carrera observó aquellos ojos brillantes que lo miraban fijamente, sintió un ligero malestar y trató de sacudirlo diciendo:
-No sé. Quizás su hermano no estaba loco, quizás todos tengamos mundos distintos, realidades distintas que traslapan en unos cuantos puntos con las realidades de los demás. A lo mejor su hermano no tenía ningún elemento, en su mundo, en común con el resto de las realidades. ¿Quién sabe? Yo no.
-Fue un día lunes. A ver, déjeme pensar; sí, un día lunes. Llegué temprano, a eso de las tres de la tarde. La casa estaba sola y Adalberto se encontraba en su habitación. Creo que fuí a la cocina a servirme café, no me acuerdo, hace tanto tiempo.
-¿Estaba seguro de que Adalberto se hallaba en su cuarto?
-Sí, además lo ví después.
-¿Pero sabía cuando llegó que su hermano se encontraba en su cuarto?
-Sí, es difícil de explicar. Cuando Adalberto estaba en casa, el aire estaba cargado de sus pasos, de sus pensamientos, de su vida.
-¿Qué pasó después?
-Estaba yo sentado en una poltrona en la sala, cuando llegó Toby corriendo y montó las patas sobre la silla...
-La silla...- interrumpió Carrera.
-Sí. Montó las patas sobre esa silla- continuó apresuradamente Medina, como temiendo perder la energía e intensidad que necesitaban las palabras para expresar lo sucedido -con tal fuerza que sus uñas hincaron en la madera provocándole tres raspones profundos y paralelos.
-¿Qué importancia tiene eso en el caso?
-Tenía que conocer a Toby.
-¿Al perro?
-Sí. Lo trajo mi hermano en 1960, o comienzos de 1961, era una bolita felpuda de color negro; apenas tenía dos meses. Mi hermano lo crió, lo introdujo en su mundo, lo entrenó, lo alimentó. Era su perro. Siempre fue un perro tranquilo, obediente y nada travieso. Nunca se separaba de Adalberto. Por eso me sorprendí cuando entró en la sala como una tromba, y me sorprendí aún más cuando raspó la silla. Pero lo que realmente no podía creer y me preocupó de veras fue que mi hermano no hubiera venido con él. Le grité: "¡Toby, baja de la silla, Toby!" No me hizo caso, sólo me miraba con sus ojos negros, ¡sólo me miraba! Creo que ni siquiera respiraba, no me atreví a gritarle de nuevo. Esperé un rato más, Toby no se movía y Adalberto no aparecía por ninguna parte. Me levanté del sillón, aún recuerdo como me temblaban las piernas, me temblaban como hoy en día, sólo que entonces fue de miedo y ahora es por la edad. me acerqué a Toby y le acaricié la cabeza, detrás de las orejas; poco a poco se fue tranquilizando. Meneó el rabo, y su lengua, roja como una fresa, salió debajo de sus negros belfos, relajada. No lo regañé, lo dejé en la sala pues no se quiso mover de allí. Creo que intuyó que yo iba al cuarto de Adalberto.
-El perro, ¿cuándo murió?- Carrera le echó un vistazo al reloj: eran las doce y media.
-¿Toby? Toby vivió después conmigo, murió en 1971, en plena guerra del Vietnam. Hace ya tanto tiempo.
-Causa y efecto, ¿no?
Medina sonrió, causa y efecto. A todo hecho le sucede una consecuencia, elemental mi querido Carrera, elemental.
-Me decía que usted fue al cuarto de su hermano, ¿por qué?
-Ya se lo expliqué, fue el comportamiento anómalo de Toby. Pensé que algo le había pasado a Adalberto.
-¿Un accidente, quizás?
-No, algo.
Carrera se sobrecogió al entender el sentido subyacente que le otorgaba Medina a la palabra "algo". Fue un acuerdo tácito entre los dos. Medina continuó:
-Confieso que cuando llegué a la puerta de su cuarto quise devolverme, no tenía ganas de abrir la puerta.
-¿Ni aún sabiendo que algo le podía haber sucedido a su hermano?
-Creo que habíamos quedado claros. Yo sabía que Adalberto no había sufrido ningún accidente.
-Sí, quedamos bien claros. Yo no me referí a un accidente cuando le hice la pregunta, y usted lo sabe.
-Tiene razón, disculpe. Yo no temía por mi hermano, temía por mí. Lo que le estaba pasando a mi hermano era lo que él quería, lo que él deseaba.
-¿Está seguro?
-Sí. Pero lo que Adalberto quería me asustaba de veras. Yo temía pasar por lo que iba a pasar Adalberto, por eso dudé en abrir la puerta.
-¿La abrió?
-Sí.
-¿Por qué? -Porque supe que mi propia actitud, mis recelos, mi temor, eran un salvoconducto de mi integridad. Ahora lo lamento.
-¿Por qué?- Carrera miraba abstraído la oscuridad del pie de la montaña, rodeado de un cordón de luces, la autopista.
-He vivido mucho tiempo. Nací en una guerra y moriré en otra. Hitler y Obermaier son iguales, son iguales Julio César y Napoleón, la segunda guerra y esta guerra europea, la industria norteamericana y la japonesa. He vivido más de ochenta años, el hombre es el mismo. Podrá estar en la Luna, o en otras galaxias, pero siempre será un Hitler, un Obermaier, o un Darwin. Siempre será un científico, un filósofo, un no se qué, que no sabe en donde arraigarse. Se bifurcan en mil direcciones hasta que la raíz no puede sustentar la estructura, después el diluvio.
-¿Como Luis XV?
-Como cualquiera. Estoy harto. Desaproveché mi oportunidad aquel día, ante la puerta de mi hermano, han pasado más de cincuenta años, no he tenido una segunda oportunidad.
-¿No confía en el hombre?
-Honestamente, no.
Carrera sonrió, definitivamente habría que vigilarlo.
-Prosiga, Medina.
-Cuando me dí cuenta de que no tenía nada que temer, abrí la puerta.
-¿Qué vió?
-Mi hermano estaba acostado y miraba la cómoda. El se dió cuenta de mi presencia y se volvió, yo por mi parte dirigí la mirada a la cómoda y fué cuando lo vi.
-¿A quién?
-A Ingo. Fue sólo un instante. Un momento estaba ahí, en una gaveta entreabierta, y en el otro ya no estaba.
-¿Cómo era?
-Ya se lo dije, era azul, de ojos dorados. Creo que sus cabellos eran azules también. Era pequeño, muy pequeño. No se nada más, a veces creo que lo soñé.
-¿Y su hermano?
-Se me quedo viendo, con los ojos muy abiertos, creo que parodiaba mi expresión. Sonrió de pronto, tan bruscamente que me estremecí, y me dijo: "Es sólo mi imaginación". Luego cerró los ojos y se olvidó de mí.
-¿Sabe usted por qué dijo eso?
-Sí, él sabía que eso era lo único que yo quería escuchar para salvaguardar mi cordura. Simplemente por eso lo dijo. Hubiera dicho: "Me voy a levantar", si eso era lo que yo esperaba, mas no se hubiera levantado.
-¿Qué hizo usted después?
-Que más sino salir, no tenía nada que hacer allí.
-¿Ni siquiera revisó la gaveta?
-¿Para qué? ¿Para constatar que estaba vacía? No tenía ganas de quedarme más tiempo ahí.
-¿Volvió después al cuarto?
-No, es decir, sí, volví dos días después. Estaba preocupado, Adalberto no salía de su habitación. Ese día entré, él estaba acostado igual que dos días antes. Sólo abrió los ojos, no me vió, y me dijo: "Cada vez somos más, y no venimos del cielo". Luego, como volviendo de un viaje infinito, se volvió hacia mí y agregó: "vete". Era una orden, me había dicho vete, era nuestra despedida. Salí sin decir nada, no volví a entrar hasta que supe que se hubo marchado. ¿Sabe una cosa? Cuando él me vió, creí ver en sus ojos aquel mismo brillo dorado metálico que relucía en los ojos del tal Ingo.
-¿Está seguro?
-Realmente no.
-¿Cómo fue que supo que Adalberto se había ido?
-Eso lo ignoro, sólo sentí que ya no estaba. Fuí a su cuarto y constaté el hecho.
-¿Así de simple?
-Así de simple.
-¿Es eso todo?
-Sí, realmente no creo tener nada más que agregar. Sí, eso es todo.
-¿Desea tomar café, señor Medina?
-No, pero le agradecería mucho otro cigarrillo- Medina sonrió pícaramente.
-¡Señor Medina! -se rió Carrera- ¡Tome una cajetilla! Gracias por todo.
-Gracias a usted, Carrera.
-Espere le llamaré a un agente. Lo guiará hasta la salida, estos pasillos son un verdadero laberinto. A veces ni yo mismo se por dónde coger.
-¿A dónde cree que parará el lío europeo?
-Adonde más, a la derrota de obermaier. Olvídelo, esa guerra es el último estertor de una europa desunida.
-¡Obermaier! ¿Quién vendrá después?
Carrera sonrió, le hacía gracia ver al viejito tan preocupado. Era ridícula la situación, ellos dos discutiendo un asunto que otros resolvían. Así es la vida.
La puerta se abrió y entró un hombre joven, con el saco desaliñado.
-¡Gómez! Acompañe al señor a la salida.
Volviéndose luego hacia Medina, Carrera sonrió nuevamente y dijo:
-Adiós, Medina. Muchas gracias por su colaboración.
Medina aplastó el cigarrillo en el cenicero y sonrió tristemente.
-Adiós. Gracias por los cigarrillos.
Carrera se sentó de nuevo ante el escritorio. Los pasos se alejaban por el laberinto. Era la una y media. Apagó el grabador, toda la grabación estaba registrada. Cerró la carpeta con los datos de Medina y la metió en el archivador junto con la cinta. Pronto un transcriptor transformaría esas palabras en una monótona secuencia de ceros y unos que se albergarían en una memoria electrónica con otros veinte casos más. Los suficientes para alarmarse.
Carrera encendió un cigarrillo. Ojos dorados. Cuál sería la verdadera lucha, la de Obermaier, o acaso la de Estados Unidos y Rusia en la Luna. Había tantas luchas, y tantos hombres enfrascados en ellas. Su lucha no era menos cierta que las de otros, algo más extraña e increíble, pero no menos peligrosa. Carrera sonrió, vigilaría a Medina, él no perdería esa lucha, su lucha.
1986
