Destino

por Adriana González

Participante en el V Concurso Literario

Estaba allí, sentado frente a mí, con las piernas recogidas a un lado y sin cabeza. Llevaba un suéter azul, y una venda cubría el muñón que formaba su cuello. Me hablaba sin pensar (porque no tenía cerebro) aunque aún no lo había notado. A su lado había un hoyo negro por el que -según me dijo-, se lanzaría una vez que hubiese acabado todo.

Decidí dejarlo solo, pero tampoco se dió cuenta de eso. Afuera hacía un frío sofocante. Había tal quietud y silencio, que pude haberme asustado con mis propios pasos.

El paisaje estaba formado únicamente por los esqueléticos troncos de árboles que nunca llegaron a ser, porque fué cuando llegaron los días interminables del exterminio.

Comenc‚ a vagar. A cada pisada, mis botas se hundían un poco más en el putrefacto suelo, cubierto de cenizas humanas.

Luego sentí que me llamaba. Volví al refugio; continuaba allí, hablando sin cesar, desesperándome, igual que el día que decidí arrancarle la cabeza.

Comenzó un nuevo discurso acerca de la gente que nunca se decidía a respetar a las personas de quienes vivían, y que sólo se dedicaban a comérselos sádicamente poco a poco.

Sacó de su hoyo un par de riñones, y me los obsequió para la cena; comprendí entonces que, muy en el fondo, él me quería. ¡Sensación tan desagradable! Además de todas las cosas, tendría que llevar la carga de esa nueva responsabilidad. Puse los riñones al fuego, y lo dejé solo. Iba pensativo. "Algún día también tendré yo que entregarme a los humanos".

-¡Carajo! ¡Si al menos yo hubiese muerto junto con los otros!

1989

[Cygnus 5] [Página Principal]

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