Diablojo

por Jorge De Abreu

El frío estremece mis espaldas; las alas perladas de rocío se agitan nerviosas. Mi herida ya cicatriza, parece lejano el furor de la batalla, el amargor de la derrota. Hurgo con mis garras la tierra hipotética que debiera yacer bajo la peña, el picacho inamovible sobre el cual recuerdo mi pasado, y medito. Hurgo buscando algo frágil, algo menos inalterable que la piedra. Entonces hallo una oquedad, un agujero perfilado por mis dedos entumecidos, palpo en su interior y desgarro la húmeda blandura de la tierra; estallo en un frenesí catártico arañando la piedra y la tierra hasta brotar sangre de mis dedos exánimes. La niebla en su perenne ronda azota mi rostro crispado de desesperación; lentamente, sin querer pensar sorbo la sangre de mis dedos destrozados. El salobre calor inunda lentamente mi lengua y abstraigo mi cuerpo desnudo de la fría ventisca. De pronto una súbita ráfaga de viento helado golpea mi cuerpo haciéndome perder momentáneamente el equilibrio, retiro mi mano sangrante de la boca y apenas logro asirme de un reborde de la peña, reprimo el lacerante dolor que a partir de mis dedos se irradia hasta el centro de mi cabeza, abro las alas y las agito hasta recobrar mi primitiva postura.

En mi pecho la herida palpita su cruel recuerdo, la lanza anónima que me golpeó cuando la quinta cohorte remontaba hacia el poniente. Ninguno de nosotros pensaba nunca en la derrota, nuestro rey, soberano inmemorial de la raza no había conocido rival, todo era avasallado y depuesto a sus pies. Defendíamos nuestra herencia, aquella que dolor nos había costado. Nuestros ejércitos infinitos e invencibles poblaban los cielos y las llanuras. Ellos, el enemigo, sólo eran un puñado de vasallos irreverentes, seres despreciables que se habían aliado con potencias inmortales y nos emboscaron en el fondo de nuestra conciencia. La lucha fue lenta y progresiva, moralmente devastadora. Surgieron del estiércol y emponzoñaron nuestros pensamientos. Poco a poco nuestro orgulloso pueblo moría de apatía y vergüenza; ellos desconocían nuestro poder y lo burlaban en obscenos ritos orgiásticos de pan y vino. La ignominia de la inexistencia, el credo irremisible de nuestra ausencia. Destruyeron nuestra sociedad y socavaron su poder hasta la extinción. Nuestra autoridad era un mito irreal de miedo infantil. Burlados, escarnecidos en pantomimas grotescas de nuestra pretérita gloria, fuimos paulatinamente hundiéndonos en el cieno del olvido. Desesperado, nuestro poderoso y adorado monarca intentó en un inútil postrer esfuerzo destruir el cáncer que corroía nuestras almas. Alistó el ejército, un ejército vacío de voluntad, fantasma de los gloriosos ejércitos del pasado. Marchamos con las órbitas vacías, con nuestras almas anegadas de asfixiante derrotismo, con las manos débiles y el pulso errático. Hasta nuestros oídos llegaban las blasfemias del enemigo, oíamos el cántico de su pacto con las potencias inmortales, oíamos la filosa palabra que cercenaba nuestras carnes con la dogmática duda del no ser. Todavía recuerdo sus rostros abominables, sus injurias y su ataque en medio de toques de clarín; el cielo se abrió sobre nosotros y dejó caer toda su violencia.

La herida aún palpita y recuerda, el viento frío apenas roza mi cuerpo. Me acurruco en la cima de la peña y cierro los ojos. Existo, y trato de olvidar el pasado. El ser humano ha triunfado...

1990

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