He concluido la máquina. ¡Ya esta lista!. Tantos años de trabajo; empeñoso e indiferente a las burlas de los pocos que conocían su propósito. Se reían del método y del objetivo. Ahora, el método es una realidad, y el objetivo se consolida en una posibilidad cada vez más acuciante.
Desde mi adolescencia, ferozmente parcial, a la presente casi-senectud de reposado racionalismo, no ha palidecido en mí el deseo de realizar todos mis fines. Que en realidad es sólo uno, y estoy por cumplirlo. Porque hoy he concluido con resultados satisfactorios, el último prototipo seguro y comprobado de una cronaos, legítimo y eficiente vehículo de desplazamiento temporal. Cuando pienso en aquel torrente de lecturas que me sugirieron el modo de realizar mis fines, si que no fueron en vano. Esas prodigiosas novelas, aquellos fantásticos relatos de ciencia ficción: todos esos héroes moviéndose aquí y acullá, en los enrevesados laberintos de paradojas. Vienen a mi memoria todos los estudios, las largas horas de cálculo y construcción que precedieron esta victoria. Los intentos fallidos, esos monstruosos despojos de animales de prueba que utilicé, los cuales casi me hacen abandonar el intento. Pero todo estúpído asco demostró ser fútil. Hela allí, bruñida, impecable, triunfante, Mi Máquina. Ahora, ante mí, la facultad de cumplir cabalmente mi propósito. Así es: saber es poder, poder es acción. Ya estoy listo para la acción.
Una vez que he comprobado todas las precauciones necesarias, y repasado mis conocimientos de la época, geografía y lingüística, estoy presto para la partida. Tomo una fotografía de mi mismo, montado en la cronaos, y sonrío al figurarme en esa imagen: un pobre viejo con estrambóticas vestiduras, sobre tan hermosa y elegante cabalgadura.
Después del viaje me he sentido un poco mareado, quizá se deba a la brillante luz de este lugar. Luego de unas pocas horas de descanso, estoy recuperado. No corre prisa, y mi brazo no debe estar cansado. El momento es crucial y podría ser único, en lo que a mí respecta. En la posada para extranjeros que he escogido, reina la tranquilidad de una noche sin luz eléctrica. De seguro la agitación del día, compensa la constante actividad de los tiempos a los que pertenezco.
Me he levantado tarde, y la comida que el posadero con cara de perro me ha servido, estaba fría. ¡Maldita sea!. Ni un buen café para pasar el trago. Mas no importa, he subido a mi habitación y tomado las cápsulas de cafeína; fumando tranquilamente el cigarrillo que traje, espero el momento. Mis cálculos históricos no pueden estar muy equivocados, luego de todas esas horas de comprobaciones en viejas bibliotecas y húmedos archivos, de treinta lugares distintos por todo el orbe.
Un bullicio interrumpe mis cavilaciones, desciendo por las escaleras y atisbo desde el vano de la puerta, a la calle que desemboca en la plaza del mercado, al lado del templo. Una turba acosa implacable a una joven mujer, que corriendo temerosa enfila hacia una pared del templo, aprovechada por los mercaderes para colgar los objetos de culto, que venden con pingües beneficios. Como siempre, el comercio de la iglesia, todas esas iglesias del comercio. ¡Este es el momento, debe ser, y quiero que sea el que esperaba! En el rudo dialecto de la poblada puedo discernir:
-¡Adúltera, perra engañadora!-grita uno.
-¡Justicia. En el nombre del Señor, hagamos justicia!- exclama otro.
-¡Lapidadla, lapidadla!-sugiere un tercero.
De entre un montón de escombros recojo un pedrusco de buenas proporciones. Es maravillosa, deleitable, la forma en que se ajusta a mi mano. Los demás, la plebe, me siguen y toman cada uno su piedra correspondiente, con amplias sonrisas ante la perspectiva del día. La pobre mujer gimotea al observar la fiera masa que se apresta, bestial, a liquidarla. ¡Estúpida muchedumbre que no sabe!. ¿Pero qué pasa?. Estoy impaciente, no pude haberme equivocado, todo encaja, pero el asunto se retarda angustiosamente. Esto me preocupa.
De pronto, un hombre, un extravagante, hace escudo entre la mujer y la multitud. Pero un escudo ridículo, famélico, una coraza desnutrida. Huesuda la cara, sucia la barba de polvo y restos de comida. Ojos hundidos que refulgen tras sus órbitas con la mirada del maniático. Lanzo mi piedra, arco casi perfecto ajustado al rápido cálculo de su trayectoria, un tiro que ha hecho la práctica incesante. Impasible, ajena al momento, a la exaltación del populacho, a mi eufórico entusiasmo, se desplaza. Mientras no quito los ojos de la patética pareja, lenta, fatal, surca el espacio de la plaza. Acomete duramente en la cara del fanático, rompiendo los escasos dientes que aún tenía; cortando bruscamente las palabras que pronunciaba el necio:
-¡Aquél que esté libre de pecado, que arroje la prim...!
Sangre, roja sangre, ahoga la garganta del predicador. Piedra tras piedra abandonan las estúpidas manos, que no sabían lo que hacían. A mi servicio, bajo mi guía, los proyectiles destrozan y sepultan a la pareja. ¡Pobre mujer, que mueres por la historia!. Una sangre que pronto se espesa, corre entre el nuevo montón de peñascos y miembros que cubre la esquina de la plaza. Un perro indiferente orina en la palma abierta del predicador, que creyó hacer historia y ahora es sólo una pulpa asquerosa.
La plebe, agotada por el acto y los vítores, se marcha tranquila, fanática, a sus casas. Sin nada por hacer, enfilo hacia el pequeño olivar en las afueras de Jerusalén, donde he ocultado la máquina. Ahora puedo volver.
1985
