En muchas ocasiones, nos sorprendemos a nosotros mismos al originar ideas o experimentar sensaciones que nunca imaginamos ser capaces de producir y que de improvisto se abalanzan sobre nosotros sin darnos tiempo a responder, dejándonos un sabor a incredulidad en la boca, producto tal vez de la fatal creencia de ser inmunes a todo lo que personalmente consideramos errores en el tratamiento de determinados temas, en este caso, en particular, el de la literatura.
Así, en nuestro auto-obligado papel de productores y editores de una revista debemos leer continuamente (cuando nos llegan) textos con miras a su posible publicación, de esta manera cada vez que leemos un cuento, relato o novela corta originales, estamos tan pendientes de los detalles técnicos, argumentales o gramaticales, que favorezcan o impidan su publicación que perdemos un poco la perspectiva y se desdibuja para nosotros (miserables y auto gestionados censores) cualquier otra función del cuento.
Caemos entonces en la vieja trampa de confundir los medios con los fines, buscando relatos sólo como un instrumento de publicación y no como un elemento de disfrute, placer, aprendizaje e interacción humana que es como realmente deben ser leídos, ya que si bien una obra puede ser escrita exclusivamente para dar placer a su autor, (amén de las que se fabrican en serie para la venta), cuando atraviesa el umbral de su persona y llega a los lectores, se convierte automáticamente en un medio para trasmitir y compartir una pequeña parte de esa realidad personal que a cada uno de nosotros nos toca experimentar en este conflictivo y complejo microuniverso en el que existimos o al menos creemos existir.
Esto es a fin de cuentas nuestra revista, un intento por compartir ideas y vivencias, disminuyendo un poco la soledad y el aislamiento que como entes individuales siempre llevamos tras las fronteras de nuestros muros.
1988
