Aquella noche, K logró la meta de su vida: construir la máquina del tiempo. Obsesionado por la historia, ahora sería testigo ocular de los hechos que los años y la imaginación de los historiadores habían deformado; vería primigenios paisajes, opacados por la bruma que se produce en la génesis de los mundos; se infiltraría subrepticiamente en las, tal vez, improbables sociedades futuras y torcería sutilmente, a su antojo, el hilo de las causas y de los efectos; sería el primero en experimentar la sensación de ajenidad que proviene del saberse en un intervalo ubicuo de tiempo.
Con ansiedad materializada en el sudor frío del rostro y en la tensión de los músculos, comenzó los preparativos para el vuelo crónico, a poco de haber conectado el último circuito del artilugio de su invención. Se colocó el capuchón que le protegería de la radiación taquiónica, y con temor y satisfacción a la vez, dio vuelta al conmutador definitivo. Esperó: durante segundos que parecieron horas, nada ocurrió. De pronto, se sintió halado por todos lados, como si estuvieran desmembrándolo, para después percibir la fragmentación de su cuerpo en sus componentes elementales. Cayó en la inconsciencia al verse sin cuerpo bajo una luminiscencia fugaz.
Cuando pudo de nuevo articular pensamiento, tuvo plena conciencia de sí, pero se encontró confundido, aplastado por la situación: estaba flotando entre el polvo estelar; instantáneamente, supo que estaba en la corona de un sol azul: no sentía el infinito calor de la estrella ni su radiante luz, tal como lo padecen los humanos, pero comprendía que él era como aquel calor y como aquella luz. Simultáneamente, convivían, confluían en él, seres de aspecto inimaginable, la explosión de una nova, el acto de reproducción de una amiba, la implosión increíble de un hueco negro, apogeos y decadencias de millones de civilizaciones esparcidas en el espectro de la inteligencia, planetoides que se estrellaban unos contra otros, la vida efímera de una mariposa gigante de Aldebarán, la larga y horrible muerte de los entes etéreos de Procyon II...
Un profundo cansancio embargó al ser incorpóreo de K, aquella mente sin masa, entelequia pura y simple. Había recordado. Nunca creyó en la descabellada interpretación física que el Doctor R le daba a su teoría, aunque la belleza intrínseca de las ecuaciones siempre le había fascinado. Tal constructo de ideas y fórmulas predecían que, además de las leyes clásicas de conservación de la masa-energía, de la carga y la paridad, habría otra según la cual el tiempo se "conservaba", era maleable, ilimitado pero con las características de un fluido perfecto y que se podía convertir energía en tiempo y viceversa. R llamó a esta transferencia reversible, Enantía.
K se difuminó desde el cero hasta el infinito. Su cósmica conciencia no diferenciaba si lo que le pasaba, era condena eterna o un don otorgado por Dios caprichoso; pero el vería el nacimiento y muerte de todo lo conocido. Su mente diluída en el tiempo y en el espacio, supo que el ingenio creado por él no era un mero vehículo de desplazamiento temporal: era un transformador enántico.
Ahora y para siempre, él sería enantía: a ratos, tiempo indefinido cognisciente, en otros, energía cavilante...
1985
