Hoy va a llover. En la calle la gente, muy deprisa, se entrecruza como rayas de un crucigrama, al que llenan con sus preocupaciones. Una vieja, que se esfuerza por llegar pronto a ninguna parte, tropieza con uno de los cuadrados negros del crucigrama cayendo sobre el pavimento enrejado. Con el fuerte golpe de la caída ha perdido los ojos. Se incorpora en manos y rodillas y gateando tantea el suelo en busca de las bolas oculares para llenar las cuencas vacías y proseguir su camino. ¡Qué contratiempo! Y con la prisa que lleva. La anciana, mientras se arrastra, va perdiendo su forma original retrocediendo en el pasado hasta quedar sobre el pavimento una niña de meses que gatea vestida de vieja. Casi no puedo dar crédito a lo que veo.
Un policía que se acerca con una boa enroscada en su brazo derecho se detiene al ver la niña. Se saca la gorra. Se rasca la cabeza. La boa escupe. La niña llora. El policía no sabe que hacer con la niña; si dejarle el importe de un pasaje en autobús o llevarla consigo al departamento de objetos perdidos. No se decide por ninguna de estas soluciones. Toma a la niña por los pliegues del traje grande, y como a un cachorro la transporta hasta el primer recipiente de basura que encuentra a diez metros de distancia. Destapa la boca del mismo y arroja a la vieja niña en su interior al mismo tiempo que suena su silbato diecisiete veces. La boa se desenrosca de su brazo alargándose hasta el suelo y se escurre dentro del recipiente de basura antes de que el policía lo tape. ¡Qué gran suerte y qué bien resuelto el problema! piensa el policía. Coloca la tapa en su lugar correspondiente y se va silbando un pasodoble.
Yo observo. ¡Curiosidad la mia! ¿dónde estarán los ojos de la vieja? Espero a que el pasodoble se disuelva en la lejanía y me aproximo al lugar donde se había caído la vieja. Quiero encontrar los ojos. Debo buscar, pero no quiero ponerme a gatas por temor de convertirme en niño, supongo que fue ésta la causa de la transformación. Me aterra pensar lo que haría conmigo el próximo policía que pasara, y quién sabe de que animal vendría acompañado.
Caminando con disimulo alrededor del área de la caída busco los ojos con la mirada para no llamar la atención de los transeúntes. No quiero que alguien piense que he perdido algo, ni que me ayuden a buscarlo. Sería horrible que otra persona encontrara los ojos antes que yo y se los quedase. Los valiosísimos ojos han de ser para mí.
Tras una búsqueda infructuosa decido inclinarme un poco para, así, poder ver el suelo más de cerca. Ya algunos me observan y comienzan a detenerse. ¡Maldita curiosidad! no puedo disimular. Me desespero y toda previsión me abandona.
Me agacho en cuclillas y busco con la más imperiosa necesidad de encontrar los ojos ¿Dónde se encontrarán? los transeúntes, a su vez curiosos, se agrupan para verme en mi desesperada búsqueda. Como yo, comienzan a buscar pero sólo con la mirada. Se me acerca un hombre y pregunta si he perdido algo. Le aseguro que no diciéndole que sólo hago un poco de gimnasia agachada. Parece que no me cree, pues como yo se agacha. Los otros le imitan y me siguen en el círculo que yo describo. Parece un baile cosaco. Yo se positivamente que no lo hacen por el ejercicio. Se han percatado de que algo se busca y quieren hallarlo. Tal vez imaginan que lo perdido puede tratarse de algo muy valioso capaz de cambiar la suerte del afortunado que lo halle. Sólo que como no tienen idea de lo que buscan, yo les llevo ventaja. Siguen llegando. Ya es incontable el número de personas que llena el área, todos en cuclillas.
¡Si yo encontrara los ojos! Pienso. Me ilusiono. ¡Se imaginan ustedes las cosas que han visto los ojos de los viejos! La idea me zumba en la cabeza, persiste, me devora. ¡Ponerme los ojos de la vieja! poder ver la vida parsimoniosamente. Que nada sobre la tierra pueda exaltarme. Descubrir sabe Dios cuantas cosas y secretos. ¡Los sabios ojos de los viejos!. ¡0h providencia! ¡Los ojos! Por fin alcanzo a verlos en el instante que alguien por poco los pisa. Van rodando lentamente por la cuneta inmediata a la acera. Se escurren de forma que escapan del pie despachurrador. ¿Cómo hacer? Algunos se hallan casi a su lado. Poniéndome de pie doy un grito, y señalando en dirección opuesta a los ojos digo. -¡allá! La numerosa turba se levanta y trata de correr hacia donde señalo, magullándose unos a otros sin apenas poder avanzar. Aprovechando la confusión me zambullo entre el mar de piernas y me escurro hasta los viejos ojos que ya casi llegan a un tragante. Con indescriptible dicha los toman mis manos. Están frescos. Con las dos sabias bolas ya en mi poder me incorporo y trato de salir pronto de aquel infierno. El gentío se detiene. Se voltea. Se han dado cuenta de que los he engañado para apoderarme del objeto y se dirigen hacia mí para aplastarme. ¡Talán! Un fuerte ruido metálico los detiene. Nos obliga a todos a volver la cabeza en su dirección. Es la tapa del recipiente de basura que se ha caído -¡Alto ladrones!- ¡Es la vieja! –¡No tiene escrúpulos, acaso son suyos esos ojos? ¿No es de ladrones retener un objeto encontrado? ¡Más aún, esos ojos me pertenecen! ¡Dénmelos inmediatamente!- Esto dice mientras sale del latón como Lázaro. En su mano tiene la piel de la boa. Ya tampoco es niña. ¿Cómo habrá ocurrido la nueva metamorfosis? Tiene dos vacíos en lugar de ojos, pero se comporta como si viera.
¡Me quitará los ojos! ¡No, no lo permitiré! Ya sus ojos son míos, nadie me los quitará. Tras tantas humillaciones y desgarramientos de curiosidad, no puedo resignarme a entregárselos. Obro rápidamente. Me arranco mis ojos y los buscadores furiosos casi sorprenden la operación. ¡Me arrebatan mis ojos que tengo en la mano. Los entregan a la vieja convencidos que son los suyos. Echándoseme encima comienzan a golpearme, llamándome "¡ladrón!", "¡desconsiderado!", y sobre todo farsante. Los he defraudado al no tratarse de un objeto de valor. Me castigan hasta dejarme inconsciente.
La turba se dispersa. Medio mareado me voy incorporando hasta quedar sentado. Ganando nuevamente mi conciencia escucho la voz de la vieja, alegre como la de un adolescente, que se aleja dando saltitos alternados sobre cada pie. Olvidando todos los dolores me pongo los ojos de la vieja. ¡Horror! No puedo ver nada. La vieja era ciega. Me había estafado.
Ya comienza la lluvia fina que me salpica el rostro. Incorporo mi cuerpo apolismado y me alejo tanteando el aire. Llegaré empapado.
1987
