Escape

por Ricardo Díaz

Tercer lugar en el IV Concurso Literario

Sol inclemente, y no importa a donde volteara, siempre se veía sol y más sol. A donde viera, siempre el mismo color, un color tan intenso que te obliga a ocultar tus ojos. Lograba no cerrarlos, pues yo ordeno, pero sin darme cuenta ya no pensaba en ello, y de nuevo vagaban buscando una refrescante oscuridad que nunca encontraban, pues allí es más extraña aún que el agua. Mis ojos buscaban y yo ni siquiera me daba cuenta, pues en los pocos momentos en los que me escapo a pensar, lo menos que se me ocurre es ver hacia dónde van mis ojos; se supone que deberían trabajar bien sin que yo los dirija.

El sol se veía así , pero también se sentía, abrasando mi cuerpo sin clemencia, así como mis miembros; mis pies se quemaban y no importaba cómo hubiera intentado protegerlos, pues ya tan sólo después de los primeros días, al descansar, me tocaba la planta y ya no sentía nada allí, y ahora cuando camino el calor lacera mi carne pero por dentro, por fuera ya es tan sólo una coraza de defensa que evita sentir. No era capaz de darme cuenta de cómo mi cerebro y mis sentidos se iban aturdiendo.

Si no eres como yo, o eres de otra raza, pues seguro pensarías al contemplar semejante espectáculo: "¡Qué grandes los Dioses!; debe ser espantoso estar allí." Sin embargo, yo no me quejaba, pues como dije mi cuerpo trabajaba solo; yo en los ratos de lucidez buscaba escapar de allí. Más bien resultaba alegre para mí el ver a todos aquellos que estaban en lo mismo que yo: los más fuertes, que son los que acababan de llegar, emitiendo blasfemias de todo tipo contra lo visible y lo invisible en voz baja, apenas audible, pues la amenaza en forma de látigo siempre está allí, obligándote a poner todas tus fuerzas en una sola tarea; otros, los más débiles, pues son más viejos o simplemente llevan mucho tiempo aquí, tan sólo siguen, su cabeza oscilando monótonamente, su cerebro con un vacío asfixiante de ideas. Yo, mientras esta humanidad caminaba trabajosamente con la piedra a la espalda, curtido por el sol, amenazado por el ojo avizor del látigo, no sé por qué, pero ahora mientras mi cuerpo andaba yo no me daba cuenta, sino que iba hacia otro lado, me empezaba a ir de aquello, mi cabeza se iba de allí.

Los Dioses quisieron que naciera como esclavo, evitándome el destino que todo mi ser había envidiado desde que tenía recuerdos de mí mismo. Pienso que simplemente yo no tenía que ser quien era, o al menos eso era lo que creía...

...Un estruendo que pretendía ser musical, ligado a un ensordecedor griterío de multitudes, llamó la atención de todos. Aquellos incontables dolores se disipaban momentáneamente, pues ahora la atención se desviaba a aquello casi irreal; la Reina se acercaba a ver aquel monumento que cada vez se alzaba más imponente, casi como osando retar al cielo. La sola idea de su presencia alteraba mi percepción del mundo. ¿Puedes imaginar? Yo, el humilde esclavo, al igual que el resto de nosotros, iba a ser obsequiado con aquella jamás igualada presencia. ¡Una aparición ante su pueblo!

Por fin, allá aparecía. Trata de imaginar a una muchedumbre agolpada a ambos lados de lo que sería su camino, mientras centenares de hombres arrastraban aquel descomunal pero majestuoso transporte, tan alto que a la Reina no se le distinguía con claridad; sin embargo, nadie, ni el más alejado de los espectadores podía dudar que era ella, pues sólo una presencia como la de ella irradia tanta certeza, tanta seguridad de su propia persona. ¡Cuán inalcanzable parecía entonces! Más, sin embargo, ahora quizás podría llegar a ella...


...Parecía mentira, pero después de interminables explicaciones e inflexibles trámites, aquella espera llena de ansiedad culminaba: El inquieto aventurero era favorecido con una audiencia de su alteza, la Reina Isabel. Quizá era aquella la última oportunidad, y se repetía por enésima vez en su cabeza aquella irresoluble duda: Cómo hacerle ver que aquella empresa que ansiaba emprender y en la cual era ella ahora el soporte vital, era factible de cumplirse con éxito, ¡y que los beneficios mutuos de semejante acción eran incalculables! Ya había perdido la confianza, luego de repetidos fracasos, en aquella necesaria habilidad oral que pudiera darme el éxito. ¿Cómo impresionar favorablemente a la Reina con aquella sarta de teorías extravagantes, a pesar de mi seguridad en ellas, y que probablemente nunca hubiera escuchado en boca de más nadie? Sólo con una reacción favorable de ella podría demostrar todo aquello de lo que estaba convencido...


...Por fin, me encontraba yo, un humilde explorador, hablando con aquel emperador de poder ilimitado. Sin embargo, la pluma de Marco Polo reproduciría aquellas palabras que, mientras fluían, pisoteaban con una fuerza cada vez mayor aquella nefasta imagen que una orgullosa Europa había marcado en mí, al igual que en cada europeo, la cual denigraba aquel "vasto territorio oriental poblado por bárbaros." Aquellas palabras me hacían ver, cada vez con más fuerza, lo escaso de mis conocimientos y las absorbía loco de ansias de aprender, como si completamente emborrachado, mi garganta seca gritara por más vino. Cada nueva afirmación llenaba mi mente de nuevas dudas, pero el profundo respeto que sentía hacia aquella extensa cultura que me hablaba mataba toda pregunta antes que pudiera escapar de mi boca...


...¿1953? Tantos contratiempos llegaban a su fin. Mi compañero inglés y yo nos convertíamos en los dos primeros mortales que coronábamos la cima de la montaña más alta del mundo. Un simple apretón de manos no era suficiente; agitamos los brazos en el aire y nos abrazamos, en medio de gritos que salían de lo más profundo de nuestro interior y en un instante se apagaban en aquel inconmensurable vacío que ahora nos rodeaba. Nadie más hasta entonces había llegado hasta allí, y humildemente y en silencio contemplamos la majestuosidad y belleza incomparables de aquel paisaje, donde para ver las gigantes cumbres de los picos vecinos, ahora sólo nos bastaba con mirar hacia abajo...


...Pero algo iba mal. En las enormes estancias de aquel palacio me daba cuenta que la situación escapaba de mis manos y torpe me sentí, incapaz de dominar aquella situación. Algo fallaba, y yo veía que no estaba siendo digno a los ojos de Cleopatra. Al salir del palacio, un sentimiento de derrota se apoderó de mí, al entender que no había sido capaz de proporcionar un momento agradable a la Reina...


...Aquel agotador viaje, que se hacía cada vez más interminable, llegaba a un momento crítico, pues ahora la tripulación de las naves conspiraba y ya se veía inminente un motín. Entonces lo único que hacía era evocar el momento en que expuse mis ideas a la Reina Isabel. Lo que pretendí que fuera una charla magistral no pasó de ser una torpe propuesta, de explicaciones incompletas y palabras trabadas, frases que querían ser dichas y no se dijeron. ¿Cómo diablos logré conseguir esto?...


...Ahora ya estaba en Europa nuevamente, y sin embargo sólo soñaba con volver de nuevo a aquellas mágicas tierras que tanto enriquecieron mi espíritu. La felicidad me invade evocando aquellos reinos de ensueño, aquella gente maravillosa.


...Un látigo restalló en mi espalda, y aquella piedra volvió a ser pesada, y la arena bajo mis pies volvía a ser demasiado caliente; ahora el sol calcinaba de nuevo. Yo me arrepentía de aquel desliz que hizo que mi carne probara el látigo. Me preguntaba dónde había estado; ¿qué significaba todo aquello? Las respuestas estaban fuera de mi alcance. Sin embargo, ahora, al recordar la belleza inigualable de la Reina, la sonrisa llena mi cara.

1989

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