En una noche de absoluta oscuridad, bajo una espectacular tormenta, donde cayó más agua que la que hay en todos los mares, con más truenos y relámpagos que todos los creados por el cielo desde el principio, con vientos tan rápidos que no se han inventado instrumentos que midan esa velocidad. Un planeta muy lejano, sin animales, tuvo grandes dolores, con ruidos y temblores, cuyos ecos aún hoy se sienten en el aire, fué una mezcla de parto y cataclismo, una gran explosión y un grito.
Cuando todo se calmó, en el aún jadeante y sudoroso planeta, la cercana estrella iluminó lo que había nacido; eran, unos gemelos.
Una realmente grande, demasiado grande, más alta que las nubes, casi tocaba el cielo, sólida e imponente. El otro era muy pequeño, de orejas puntiagudas, un ser con pelo de brisa y noche con grandes ojos de lagos encendidos.
La grande se burlaba de su hermano, tan pequeño, tan débil, tan frágil, cualquier cosa en cualquier momento podía hacerlo desaparecer, no resistiría ni siquiera una pequeña caída, pensó que las burbujas de los pantanos que estaban en su falda eran más resistentes y fuertes que ese pobre ser. En cambio se veía a sí misma como algo tan importante, tan majestuosa, tan bella, algo tan eterno y sólido. Todo el día, todos los días, lo repetía; no pensaba en otra cosa que en lo alta y grande que era y duraría por siempre, mucho después de apagarse las estrellas seguiría siendo. No hay otra igual a mí en el sistema, en la galaxia, en el universo, imposible ser más grande y perfecta, nada me tocará, ni la lluvia, ni el viento ni nada.
El otro ser se ocupaba de comer, dormir, jugar, correr, reír y explorar el universo, no confiaba en su memoria así que la depositó en un libro hecho de hojas secas, con lo que aprendía, construyó herramientas que le ayudaban a llegar a lo más lejos, a lo más pequeño y a lo más profundo.
El planeta dio millones y millones de vueltas alrededor de la estrella, y las cosas seguían iguales. La montaña estaba muy orgullosa de estar siempre en el mismo sitio, siempre igual, criticaba a su hermano por querer ir a otros lugares y hacer cosas diferentes, ella no necesitaba de eso.
Un día cuando todo parecía muy tranquilo, algo muy frío y penetrante, pasó por el planeta y lo envolvió, algo que lo hirió profundamente y arrancó a la montaña de raíz enviándola al espacio, junto con su hermano y desintegrando el planeta, la montaña estaba tan perpleja que no lo podía creer, su madre desintegrada, y ella condenada a rodar por el espacio.
Su hermano también lloró la muerte de ella, pero se secó las lágrimas, pensó en las posibilidades, mundos por conocer, cosas por descubrir, era realmente increíble y fascinante un mundo de posibilidades ilimitadas, y podría registrar todas sus experiencias en el libro.
Y así los dos gemelos empezaron su viaje por el universo.
Vieron planetas el doble, el triple, veinte veces más grande que el de ellos, estrellas de todos los colores, no sólo roja como la suya, nebulosas, cúmulos y enjambres de estrellas a cual más maravilloso y extraño.
Se enfrentaron a lluvias de meteoros que llenaron de cráteres la montaña, a lugares llenos de gases corrosivos que la disolvían parcialmente, el pequeño se escondía profundo dentro de su hermana y no le pasaba nada.
Ella ya no era la imponente masa de antes, estaba casi redondeada por los maltratos, en su planeta era lo mayor pero ahora tan solo era una masa de piedras frías dando tumbos por el universo, estaba realmente deprimida, no quería rodar más, no lo soportaba, se desintegraría si continuaba así, si no la aniquilaba algún elemento cósmico se dejaría arrastrar por la gravedad de alguna estrella y se derretiría. Lo único que la detenía era que sobre ella viajaba su hermano, había aprendido a conocerlo a lo largo del viaje, le tomó cariño, aprendía algunas cosas de él; pero su orgullo estaba muy, muy maltratado, comprendió que se había creído demasiado grande, perfecta e inamovible, se dió cuenta que en el universo todo tiene un principio y un fin, todo empieza y termina para volver a comenzar, todo se expande y se contrae, por eso había días y noches en su planeta, y estaciones y las estrellas cambian y también se acaban transformándose en otra cosa, su hermana si lo había comprendido, pero ella en medio de su vanidad no creía ser una fría, dura y hueca roca.
Estaba tristísima y dispuesta a cambiar, aceptando la realidad pero no quería seguir errante por toda la eternidad, el pequeño ser comprendía que para ella el seguir rodando sin rumbo la destrozaría. El al comienzo solo quería viajar sin importar como, ahora no quería hacerlo a costa del sufrimiento de su hermana, aprendió a amarla sinceramente y ver lo bueno que ella tenía. En el pasado sólo la consideraba una montaña y a su madre sólo un planeta, tal vez murió por su culpa. Se creyó el único espíritu y la única verdad, sin tomar en cuenta lo que estaba cerca y para lo que no necesitaba instrumentos. No trabajó para crecer sino para disfrazar su egoísmo y justificar su vanidad, quería inmortalizarse a través de la obra de su libro. Se lamentaba por su egocentrismo, lo mataban los remordimientos, hubiera sido muy fácil el terminar con todo, no protegerse en ella, huir, pero quería remediar en algo todas sus equivocaciones.
Sugirió que escogieran un planeta, bello y acogedor alrededor del cual poder quedarse girando de una manera segura y estable. Así que hicieron un trato, cuando encontraran un planeta pequeño con una estrella tibia, en algún bonito y modesto lugar del universo, ella se quedaría girando alrededor del planeta mientras el pequeño viviría en él y enseñaría introduciéndose en los cerebros y corazones. Desde el cielo lo podría ver siempre y él a ella.
Con todo esto en mente y ahora que se habían descubierto y se tenían el uno al otro, avanzaron por el universo, considerando posibilidades, hasta que se encontraron con una galaxia que tenía un centro circular y unos largos brazos, la atravesaron y en una de las extensiones, vieron un sistema con una estrella amarilla y pequeña, que les pareció el adecuado.
Lo cruzaron, viendo todos los planetas que lo constituían, eran unos nueve cuerpos, les llamó la atención un mundo azul verdoso, que ocupaba el tercer lugar a partir de la estrella, era justo lo que habían buscado por tanto tiempo y decidieron quedarse.
La hermana se quedó orbitando y el pequeño ser descendió. Todas las noches veía a su hermana y ella a él.
Constató la magnitud de su arrepentimiento y lo bien que había aprendido la lección, ya que por siempre la vio menguando y creciendo y apreciada por todos los seres del planeta, mientras él aprendía y crecía lenta y equilibradamente en las sombras, llevaba su mensaje a todos los seres, que lo hicieron protagonista de fábulas y mitos.
1989
