El despertar fue violento, como una continuación de la muerte. Aún sentía la sangre en mi boca; estaba sollozando mientras me retorcía encima de la alfombra roja. Cristales rotos, dolor. La punta del volante clavada en mi carne, debajo de mi pecho derecho.
Sonia se había volteado boca arriba, los ojos cerrados, la boca abierta en extraño rictus. Las manos crispadas en la alfombra al tiempo que arqueaba el cuerpo en una forma desagradable. Gimiendo, su mente estaba en los últimos momentos de su vida. Antes del fin de la conciencia, el lento goteo, acompañado del siseo al evaporarse el líquido. Plump-sisss, plump-sisss, plump-sisss... Junto con el olor llegó el miedo, terror fundamental hacia uno de los elementos. La energía potencial, almacenada hace millones de años, ahora se confabulaba en su contra. Y la soledad, la tremenda soledad en la que nadie la ayudaba a salir de aquella cárcel de metales retorcidos y gasolina. Después el intenso resplandor. Ya no había nada por que preocuparse, ni por el dolor, ni por la vida y ni siquiera por la muerte porque ya estaba ahí.
Levanté el torso de golpe, como cuando despierto de una pesadilla. Noté mi cuerpo sudado y sin ropa. Los recuerdos se aglomeraban en mi cabeza. Al percatarme de la extrañeza del lugar en que me hallaba, una sensación de infinita melancolía llenó todo mi ser, y a partir de ese instante más nunca me abandonó. Me encontraba en una habitación cuadrada, de paredes altas y blancas. El techo era una cúpula de cristal a través de la cual se entreveía un cielo gris. En cada pared había una abertura rectangular que alcanzaba el techo, bordeada de columnas biseladas que fungían de marco. Las dos aberturas que se hallaban a mi izquierda y derecha daban al exterior, mientras que las otras dos conducían a habitaciones más pequeñas, semejantes a la principal pero con sendas escaleras de caracol en el centro. Las escaleras alcanzaban a unos balcones circulares que bordeaban por dentro a cada cúpula. Todo el conjunto estaba constituido de un cristal muy puro que semejaba el diamante.
Intenté erguirme, pero una punzada de dolor partió del pecho a mi cabeza. Me desconcertó momentáneamente, pero tan rápido como vino desapareció. Di unos pasos y noté mi cuerpo sano y fuerte como en mi adolescencia. No tenía ni un rasguño, ni una quemadura, como si el accidente no hubiera sucedido. Hasta las viejas marcas habían desaparecido. Aquella roseta de la vacuna no estaba, y de las cicatrices en mis rodillas, producidas a los doce años por una excesiva euforia al patinar, no había el menor rastro. Me dirigí hacia una de las habitaciones adyacentes y me percaté de que no tenía salidas al exterior.
El cristal de la cúpula y la escalera estallaba en miles de arco iris muy suaves, producidos por la plateada luz que se filtraba de afuera. Me sentí turbada, confusa. Hace... hace unos momentos estaba muriendo sola, el fuego en mi carne, me quemo, mi mente se quema, dolor, mucho dolor. Y después esto. La alfombra, la alfombra roja que cubría todo el piso era lo único que daba calor a este edificio tan recto, tan frío, tan duro e inhumano como el hielo y la roca.
Debería estar muerta, no debería sentir, ni ver, ni pensar, sin embargo estoy aquí. Alguien o algo me ha salvado de la oscuridad eterna. En la incertidumbre nació el miedo, otra vez el miedo. Hasta hace poco tan presente y helo aquí de nuevo. Tengo miedo a salir, ver lo que hay afuera. La alfombra me da seguridad, es como un apoyo, una base. Y afuera no hay alfombra, solo hay un cielo gris, opresor, triste, muy triste. Presiento que en el exterior está la razón, la causa de que no esté muerta. La verdad es que no quiero salir, quiero sentir, seguir viva. Una terrible duda me asalta; ¿cuanto tiempo llevo aquí? Me parece que solo unos momentos... ¿pero no serán días o meses? No quiero salir, saber... seguir viva. Un llanto lastimero se oyó detrás de la puerta, lo cual incrementó su sentimiento maternal hasta el punto de casi ceder. Pero se contuvo: ella se había portado mal y por tanto debería aprender. Sonia se hallaba fuera de la casa. Sus pequeños puños golpeaban arrítmicamente la puerta, al tanto que con voz entrecortada por los sollozos suplicaba: "Mamá déjame entrar... no lo vuelvo a hacer, te lo prometo... mamá yo te quiero... lo que te dije, que eres mala, no es cierto... mamá déjame entrar, tengo miedo aquí afuera... ma, mamá perdona... ma..."
Presentimiento tonto. Sopla un viento frío fuera de la casa, que agita los árboles y hace que mis cabellos parezcan una manada de potros salvajes. Viento que sopla en mi cerebro, en mi cuerpo, dentro de mi ser, petrificándome de soledad. Lamento haber abandonado la alfombra, la seguridad de la casa. Aquí se siente la melancolía y la tristeza, ya no fuera de uno, sino internamente. La soledad lo llena todo, es omnipresente. Se halla en la tierra húmeda y penetra por mis talones, subiendo, mordiéndome las entrañas, alcanzándome la cabeza... Oh, maldición... esto es peor que mil muertes. Yo no he muerto, toda mi vida anterior ha muerto. Mis hijos, mi esposo, mis hermanas, mis amigas sólo son ya recuerdos. Ojalá fuera una pesadilla, una pesadilla con un despertar feliz. Pero no... estoy atrapada aquí... David ayúdame... ayúdame por favor.
Sonia se encontraba de rodillas, llorando, la cara en la tierra, mordiendo la tierra. La casa de la que había salido se erguía en el fondo de un muy angosto valle, bordeado por un par de montañas cuya altura se perdía en el infinito. Rodeando la casa había un bosque, que poseía un cierto orden y pulcritud no naturales, pero indefinibles, que lo hacía parecer en cierto modo a un parque. El bosque se extendía a lo largo del valle, y a lo lejos se volvía primero azul verdoso, luego azul y finalmente gris, confundiéndose con el cielo en el horizonte. Sin embargo, este último no era tal, ya que el horizonte nunca lo vería por ahora Sonia. Tal vez después si, pero nunca por ahora, nunca en una vida, ni en dos, pero en infinitas tal vez...
Extraño lugar éste. Es el sitio del no cambio, nada se transforma ni evoluciona, ni envejece, ni muere. La otra vez me corté un dedo adrede y con la sangre dibujé una cruz en una de las paredes de la casa (ah, por cierto, a la casa le puse un nombre... la llamé Seguridad) pero apenas desvié la atención de la cruz, ésta desapareció, al igual que la herida en mi dedo. No se puede medir el tiempo en este valle (alguna vez lo denominaré Angostura), porque no existe mecanismo ni patrón alguno. Cualquier cosa que uno modifique, vuelve a su estado inicial cuando se la deja de mirar. Es la locura y la monotonía de lo inalterable. Ni siquiera sé ya dormir. No me hace falta. Lo peor de todo son mis períodos de demencia. Creo estar de nuevo en la tierra, con mis padres cuando era niña o con mis hijos y mi esposo. O me encuentro con Rufito, mi querido perro, como me duele cada vez que te pierdo en aquella calle, atropellado, cuando yo tengo quince años. Pero no son sólo recuerdos, revivo las situaciones; soy de nuevo primera actriz y primera espectadora. Mas la vuelta a la realidad, ¿a la realidad? a Angostura, es muy amarga y siempre termino llorando encima de la alfombra roja. Las manchas dejadas por las lágrimas al mojar la alfombra, pronto desaparecen. Demasiado pronto...
-¡David mi amor, tengo miedo. ¿Y si algo saliera mal? ¿Qué pasará si quedo embarazada? Mejor lo dejamos para otro día. Además nerviosa como estoy no lo voy a hacer bien.
-¡Sonia, vida mía! ¿Que te sucede? ¿Acaso no confías en mi? Anda ven tócame, siénteme y créeme, yo te cuidaré y protegeré siempre. Así, abrázame fuerte y bésame, bésame mi amor. Te amo y te adoro... ves ya todo está bien... todo está muy bien.
Un fuerte jadeo retumba entre las montañas que rodean Angostura, resonando una y otra vez en un continuado eco. El sonido de cada paso en el polvoriento suelo constituye un ritmo muy humano. Adelante, Sonia, no te detengas, ya casi no se ve el obelisco de la cúpula principal, sigue corriendo. El último suspiro, ese terrible delator de que la voluntad humana ha sido vencida por el cansancio, escapa a duras penas de su reseca garganta.
Ya no puedo más, me detengo, sigo caminando a paso moderado. Llevo largo tiempo corriendo, la verdad no se cuanto. Igual pueden ser dos días como dos horas, pero por fin lo he logrado; he perdido de vista a Seguridad. Ya creo que no aguanto más, la locura absoluta se está apoderando de mí. Pero saldré de Angostura. Este maldito valle no puede ser infinito. Ya... ya perdí de vista la casa... ahora me espera la verdad, el por qué, y otra vez el viejo terror me azota. El bosque es denso, sin embargo, aquí y allá se entrevé el gris horizonte (ya perdí de vista a Seguridad... ya la perdí de vista...) Las plantas de mis pies sangran copiosamente, produciendo un dolor reconfortante que me mantiene alerta y cuerda. Que extraño es todo esto. En el bosque se respira la quietud, ni un sonido intruso rompe el monótono silbar del viento entre las altas copas. Es vegetación sin vida animal, solo una máscara que cubre el rostro de un cadáver. Definitivamente un lugar desagradable.
Sonia se quedó lívida, de pie, su mirada fija en algo que divisó al frente, a lo lejos. Ya no percibía el dolor de sus pies ni de sus músculos y por supuesto se curaron sus plantas y se perdió su cansancio. Mas su mente empeoró, cayó por el laberinto sin fin de las posibilidades e imposibilidades. Esa fina silueta marcaba una frontera dentro de su mente. Una frontera que no existía, la tumba circular, la incertidumbre absoluta. Ya no importaba saberlo, pero por un momento trató de recordar con la poca cordura que le quedaba, si había dado la vuelta en algún momento de su carrera. Y se dio cuenta de que era inútil. La punta del obelisco que corona a Seguridad se vislumbraba adelante, casi rayando el horizonte. Y yo sé que si me devuelvo, tarde o temprano me la encontraré de nuevo, me la encontraré siempre. El círculo vicioso perfecto que me tiene atrapada aquí. Maldito sea. No puedo fiarme de mis recuerdos y de mi mente porque es ella precisamente la frontera insoslayable, definitiva. Sentí el miedo y la inseguridad salir de su escondrijo dentro de mí y avanzaron a pasos agigantados cual avalancha descomunal destruyéndolo todo, corrompiéndolo todo. Corrí, corro cual alma que lleva el diablo. Me persiguen, me acosan, necesito de Seguridad, de la alfombra roja. Los árboles ahora son mis enemigos, acechantes me cierran el paso. Extiendo los brazos, y ya no veo nada, sólo corro...
El golpe fue seco y crudo. Resonó en mi cabeza rebotando miles de veces. Mi cráneo al partirse en dos horadó mi carne, y se incrustó en mi cerebro junto con las astillas de madera. La segunda vez que se muere uno, se pierde la originalidad, pero no deja de ser impresionante. Desperté de nuevo en la alfombra roja, sana y sin siquiera dolor de cabeza. A partir de entonces la muerte fué algo común de mi vida en Angostura. Primero se convirtió en una forma de medir el tiempo, pero después de unas ciento cincuenta (¿o fueron ciento setenta y dos?) muertes perdí la cuenta. Ya no sé cuanto tiempo llevo en este lugar, podría ser un año, cinco, cincuenta o cien. La verdad es que tengo dudas sobre si mi estancia aquí ha comenzado en algún momento, tal vez llevo en Angostura una eternidad. Y ahora... ahora ya no me preocupa este hecho...
En la estancia cuadrada y blanca se presentía la tensión y la espera. Debajo de la puerta se filtraba una luz difusa, cambiante en sombras y velados movimientos, de las cuales no apartaba la vista el hombre, cuya esposa, la madre del pequeño pronto a despertar, interrumpía su nervioso caminar cónsono a los largos quejidos de dolor. El médico estaba sumamente cansado e intranquilo. Aquella intranquilidad que nace entre las piernas y se extiende a todo el organismo, manifestándose a flor de piel con un erizamiento general de los vellos, súbito y sobrecogedor. Su cansancio era producido por largas horas de espera e impostergable trabajo. Un parto difícil, verdaderamente difícil que por suerte estaba pronto a terminar. Las numerosas gotas de sudor que se aglomeraban en su frente fueron arrancadas por la inercia de un voltear brusco. Un quejido más largo e hiriente que ninguno anterior separó de un salto al padre de su meticuloso y nervioso devaneo en la sala del hospital rural. Pegando la oreja a la puerta de la habitación que lo separaba de sus seres más queridos sólo escuchó un silencio expectante. Momentos después el silencio continuaba, hasta que un nuevo llanto lo sorprendió. Tardó cierto tiempo en percatarse a cabalidad, pero una vez que lo reconoció su alegría y su amor fueron inconmensurables. Después de atreverse a sobrepasar la barrera de madera, su mirada convergió sobre el pequeño ser húmedo de fluidos maternales. El médico aún la sostenía entre sus manos, pero pudo distinguir el vacío entre sus piernecitas. -¡Bien David, -se dijo- así que eres padre de una niña y como la amo tanto como a su madre la llamaremos igual: Sonia...
El tiempo para mí está adquiriendo una nueva forma. Ya no es el instante actual. Primero está el será y después el fue (y también al revés por supuesto). Nuevos sueños me dominan, de situaciones desconocidas, de lugares ignotos. Lo que no cambian son mis reflejos en los eventuales espejos que me encuentro. Lo que veo me hiela la sangre por lo ajeno y desconocido, pero es hermoso en cierto sentido, aquella suave pelusa que me recubre... Ya no salgo de Seguridad, permanezco sentada en el salón principal, debajo del obelisco y sueño. Permanezco caminando, subo las escaleras mientras los destellos del cristal me guían, me arrastran hacia nuevos sueños... Mi vida anterior lentamente desaparece, y Sonia se diluye cual trozo de hielo en el cálido mar del recuerdo.
Soy ya muy viejo; el ver de nuevo a mis hijos después de tantos tartos me deprimió más que alegrarme. Se por qué han venido. El macabro ritual, el mismo al que yo asistí tres veces durante mi vida. La comunidad los llamó porque me muero, mi tiempo se acaba y como me entristece.
El anciano salió de la pequeña casa en la copa del tentey de los viejos, con paso cansado pero firme. Entre el forraje trató de divisar en el horizonte a la pareja estelar de Tinzar y Mintar. Pero ya la tarde, igual que su vida, estaba muy avanzada, y del día solo restaba un débil resplandor blanco. Ya decaído dio media vuelta y volvió a entrar, sin poder reprimir una lágrima que tardó mucho tiempo en alcanzar la ciénaga base.
Cierta concatenación se está produciendo en mis sueños, no comprendo pero es como si...
Que día tan feliz es hoy, la comunidad votó a favor de nuestra sublimación...
-¡No me acaricies al revés Merila, sabes que todo el pelo de mi cuerpo se eriza si lo haces¡ -Merila desentendida siguió con su juego al tanto que sacudía su cabeza cual lanta salvaje. Mientras tanto Oxi, nuestro tercero, se reía de felicidad al vernos desde el otro lado del lecho...
Al mismo tiempo que Yint y Fato jugaban entretenidamente en una rama, Sevo agarró su tazón y se deslizó por una de las cintas hasta la ciénaga, regresando sigiloso con su tazón lleno de porquerías, para ir a depositar su cargamento en la cabeza de sus hermanos. En ese momento intervine yo, y lo que a continuación le pasó al pobre Sevo, estoy seguro que no fue nada agradable para él...
La comida sabe muy mal. Yo no me como esta porquería, lo juro por Ténsor, jamás...
Me llamo Ankoril, pero me dicen Ankor...
La inserción fue recta y salvaje. Inmediatamente paralizó mi tiempo. Observé la húmeda linea amarilla alrededor de la herida en donde había penetrado la lanza. La punta ahora salía lentamente al tanto que la faz de mi enemigo se tornaba en expresión de cínica muerte. Mi muerte. El dolor era muy intenso lo cual retrasó la reacción. Sin embargo cuando llegó, mi contrincante aún no terminaba de rematarme. En el vano embeleso del triunfo fácil no notó el lanzador que extraje de debajo de mi cuerpo. La flecha silbó y fue a dar directo a su marn. Cayó dando vueltas y se hundió en la ciénaga para siempre. Había vencido, ahora solo faltaba sanarme...
Eso, eso es: concatenación es el sentimiento y la palabra. Mis sueños se juntan en una estructura continua y creo que...
La oscuridad era total. Todo es suave y cálido. Calidez que él/ella no conocían hace tiempo. Ciertos movimientos y ruidos la/lo molestaban, pero no mucho ya que la placidez del sueño pronto la envolvía de nuevo. Todavía como un intruso, una muy pequeña parte de su mente recordaba a Seguridad, a Angostura y a Sonia, la linda Sonia. Pero ese intruso pronto desaparecería para siempre. Sin embargo había otra parte muy poderosa que iría creciendo y que recordaba todo. Sabía que el retorno a Angostura era eterno aunque ya no fuera un valle sino un mar o una llanura sin límites. Pero eso por ahora no importaba ya que Sonia estaba sentada soñando en la alfombra roja, mientras unos felices segundo y tercero lo esperaban en la copa de un tentey dentro de un tarto. Y volvería a vivir y ser feliz, porque todo lo demás es sólo locura y muerte. Y luego, después, en algún momento vería el horizonte...
1990
