Jacinto

por José Parés

Jacinto se había caído bajo el flamboyán verde como tantas veces nos caemos todos en los cortos pasos del primer año. La culpa la tuvo el perrito de Raquel, que arrastrado por el ronroneo de un juguete, ladraba como un remolino peludo, mareando los ojos de Jacinto que lo seguían como trompo, hasta que perdiendo el balance, se acostó de espaldas en el vacío, cayendo sobre el camioncito de pilas que recibiera con su primera velita azul.

Mamá corrió a recogerlo en sus brazos largos como estacas partidas y lo mecía confortante en una retahíla de letanías aliviadoras. "Ya, ya mi niño... ya... qué le pasó a mi niño de guajana... no es nada... sana, sana, culito de rana... un besito... ya pasó... ya pasó..." Los sollozos de Jacinto se perdían en el amén sonoro de un suspiro de lágrimas y mocos mientras mamá le saturaba la espalda con sobitos etílicos fríos como ranas.

Para el segundo cumpleaños de Jacinto, llegó la tía Esperanza para quedarse. Hacía tres años que no nos veía y los dos más pequeños eran desconocidos para ella. Fuimos todos presentados nuevamente y los dos menores, Raquel y Jacinto, por primera vez. Yo la ayudaba con su equipaje, el cual consistía de un viejo cartucho de papel en el que traía una extraña bandera que yo no conocía.

La razón por la cual, tía no nos visitaba hacía tanto tiempo, yo la sabía. Como mayor, había podido descifrar algunas conversaciones disfrazadas, y juntándolas pieza a pieza, había logrado la siguiente imagen; tía había estado en líos por un atentado y un tiroteo y encarcelada como consecuencia. Fue algo que tenía que ver con la historia de Puerto Rico y con un grupo de fanáticos, según los habían bautizado en primera plana.

La salud de tía era muy delicada, y estaba tan delgada que se hubiera podido mimetizar en un cañaveral y solamente un ojo muy aguzado la hubiera podido detectar. Pero a pesar de su cuerpo frágil como bambú, su mente era recia como ausubo.

Pasó algún tiempo mientras Jacinto crecía de cintura abajo y decrecía en el torso. Ya padecía la enfermedad ósea que había atacado en el lugar debilitado por el golpe que sufriera, y que habría de dejarlo jorobado para toda la vida. Su pecho y espalda iban tomando la conformación de los Picachos y el Yunque.

Mi tía y Jacinto parecían vibrar en una misma cuerda. Se hicieron tan amigos que a veces en el mundo desierto no existía nadie más que ellos dos. Cuando tía sufría alguna recaída de su dolencia pulmonar, Jacinto, muy a pesar de mi madre, se adhería a los pies de su cama, permaneciendo allí como un soldado en su posta, hasta que retornaba nuevamente la salud esquiva y escasa. ¿Acaso no era ella quien con sus mimos lo despojaba de la joroba? ¿No era a él, a quien ella quería tanto como a los montes de su isla? Ella era quien lo miraba como se mira a todo el mundo, sin párpados tristes ni arrugas compasivas. ¿Por qué no lo miraban igual todas las personas? No merecía él las mismas sonrisas que sus hermanos rectos? A veces parecía que las caras fueran a llover, y se nublaran con nubes de compasión cuando él aparecía. Esto le causaba encogerse más, para desaparecer bajo sus propios pies. "Jacinto, levanta la cabeza, que me entierras contigo". Salía tía al rescate, "hay mucho que hacer en el mundo, y tu lo harás por mí. Serás mi heredero y tienes que ser grande. ¡Crece Jacinto!" Entonces Jacinto erguía su cabeza recostándola sobre la giba trasera, y proseguía su marcha como un barco altivo, rompiendo el viento con su quilla.

Jacinto no atinaba a comprender si era la tía la que bajaba hasta sus siete años o si era él quien ascendía hasta la edad de ella; sólo sabía que tenían la misma edad.

¡Crece Jacinto!... ¡Qué bellos relatos contaba la tía! En los atardeceres de pitirres, bajo el flamboyán coagulado sobre el aljibe viejo, sentía Jacinto la historia que vibraba en los dientes de la tía; los indios... los areytos... caribes... taínos... caribes y taínos... una isla bella como la de ahora... barcos con velas cruzadas... más caribes... ¡Crece Jacinto que te comen los caribes!, y Jacinto absorbía cada palabra por los poros.

La mitad de jacinto siguió creciendo, mientras la tía con su salud quebrada, se alargaba en la vida agarrada al flamboyán, esperando por Jacinto, y contándole bellas historias interrumpidas por explosiones de tos, iba colocando sus tesoros en Jacinto hasta hacerlo su cofre. Ya Jacinto era totalmente distinto a todos, igual a ella. La tía puso en la mirada de Jacinto la lejanía de la sierra y la claridad azul del mar espumoso; mientras el flamboyán se iba secando como si Jacinto se lo fuera llevando con los tesoros.

La tía no podía esperar más. Ya Jacinto había cumplido diecisiete años. ¡Cuánto había demorado! La tía llegaría tarde "allá", pero había que esperar a Jacinto. ¡CRECE, JACINTO, QUE TE COMEN LOS CARIBES!

Era una tarde de San Juan. Tía se desbordaba con sus historias más valiosas. De pronto los últimos pétalos del flamboyán se confundieron con la tos roja de la tía. No pudo hablar más. La joroba de Jacinto corría desesperada, con sus piernas de cogollos largos, en busca de ayuda. Cargamos el cuerpo, envuelto en convulsiones, hasta la cama que esperaba testaruda en el mismo lugar.

Todos callábamos, como intrusos a los que no correspondiera estar allí en ese momento tan de ellos, Jacinto se asía a las manos de Esperanza como halándola hacia este lado para que no se fuera. Estaba mudo y sus ojos no lloraban, pero sus gibas se prolongaban en un gesto de dolor. Los labios estrujados de la tía se entreabrieron en un esfuerzo de vida, por decir algo que fue una postrera exhalación como una jota mayúscula. Ya no dijo nada más. Jacinto, con su cara en blanco y los labios sellados, fue hasta la vieja cómoda. De las entrañas de una gaveta arrancó el sudario de franjas blancas y rojas como la sangre del flamboyán. Cubriendo los largos huesos puso una estrella en la cara. Luego, lentamente y más aplastado que nunca, se fue hasta la ventana a contemplar los montes a través del enrejillado del flamboyán seco. Nosotros, volvimos los ojos hacia el sudario para dejar a Jacinto solo. De repente, una fuerza nos obligó a apiñarnos. Nuestra pupilas se dilataban mientras veíamos una montaña que crecía paulatinamente debajo del sudario, donde estaba el pecho, hasta elevar la estrella que coronó su cumbre de blanco.

¡JACINTO, CRECE QUE TE COMEN LOS CARIBES! gritó una voz que huía por la ventana hacia los montes. Cuando volvimos la cabeza que seguía la voz, perplejos, vimos la silueta de Jacinto contra el rojo atardecer de la ventana, enhiesto como una palma real. Ya no tenía joroba.

1982

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