Límite

por Freddy Beder y Onil Egroj

Había una vez un inventor con un laboratorio realmente complejo; había de todo, retortas y matraces de límpido cristal, máquinas de sonido burbujeante y miles de lucecitas parpadeantes que tapizaban las paredes. Inmenso y abrumador era su laboratorio.

Este inventor era increíblemente anciano, con arrugas ajando sus arrugas pretéritas, aunque, como todo inventor, poseía el espíritu puro y travieso de un niño; tal vez era ese niño interior el que le impulsaba a investigar todas aquellas interrogantes que lo intrigaban, se inmiscuía en todo. Llegó el día en que su incansable búsqueda de conocimiento se topó con el enrevesado mundo de los circuitos integrados de un computador. Las computadoras siempre lo fascinaron; él sentía que las computadoras eran absurdamente complicadas, había una innecesaria redundancia en el diseño de un computador.

El sabía que ya se había alcanzado un umbral de complejidad, un límite infranqueable, y que mejorar las computadoras equivalía a aumentar el volumen en progresión geométrica con respecto a las capacidades reales de éstas. El diseño se hacía intrincado, harto abstracto, y la computadora tendía al oneroso derroche energético y a la inviabilidad. Así, nuestro sabio inventor pensó en darle la vuelta al asunto, comenzaría simplificando el computador compensando esta tendencia con una programación más sofisticada. Una nueva generación de computadoras, más sencillas, más diáfanas en su diseño y estructura, se originó en el laboratorio del provecto inventor, a esta generación primigenia le sucedió otra y luego otra; todas fabricadas por el concienzudo intelecto del anciano, cada una menos compleja que la anterior. Cuando este viejo científico creyó haber hallado el rumbo correcto se enfrentó a una muralla que impidió que su idea perviviera en modelos más simples.

Había alcanzado el límite de la técnica; la computadora no podía ser más simple que el mecanismo de lectura de información. El anciano suspiró su comprensión y abandonó la exhausta electrónica. El problema llevó a sus pensamientos por los derroteros más insospechados; pensó que el computador cargaba en si mismo el estigma de sus limitaciones, en cambio el programa, un programa que se leyera a si mismo significaría una autosuficiencia antes no soñada, una simplicidad pocas veces imaginada; este programa representaría las funciones del computador y del programa, en su mínima expresión. Este razonamiento fue, realmente, el paso primordial en la concepción de su invento. Sin embargo, existía la idea pero no el medio para ponerla en práctica y comprobarla. De tal manera que el anciano inventor divagó en el universo de las disciplinas científicas desde la física hasta la astronomía, sin hallar la solución a su problema. Sin hallar el mecanismo ignoto que reprodujera aquel hipotético programa autosuficiente.

Un día jugó con la química, como un chiquillo que mezcla brebajes de un juego de sustancias de colores. Observó maravillado que una sustancia dentro de una solución, un ambiente particular, ejecutaba un paso de programa, un ambicioso "and" o quizás un tímido "or". Bastaba colocar esa sustancia en la solución y se ejecutaba dicho paso de programa con una precisa y exacta reproducibilidad si las condiciones permanecían constantes. No se necesitaba mucha imaginación para observar que cada reacción representaba un paso de programa y que las interacciones entre diversas reacciones podrían representar un programa. Si nuestro inventor lograba comprender que paso de programa, que instrucción, representaba cada reacción y las distintas relaciones y reacciones que se produjeran entre ellas, podría emplearlas en un programa; pero, mientras tanto, no representaban más que reacciones químicas independientes. Poco tiempo después, luego de innumerables experimentos, logró enlazar una reacción con otra de forma coherente, consiguió concatenar dos pasos de programa. No tardó mucho en aumentar el número de reacciones que podían ser identificadas como pasos de programa y, así, gradualmente, creó las bases lógicas del lenguaje de sus programas. El anciano inventor pudo al fin ejecutar su primer programa, un programa pequeñito, insignificante, que cambiaba los colores de la solución donde estaba corriendo: azul, amarillo, rojo, azul, rojo, amarillo, y luego un verde que se descoloraba hasta la transparencia. Lo importante fue que él diseñó tal programa, lo predijo, y cuando lo ejecutaba las instrucciones que habían sido elaboradas se sucedían tal como lo había previsto, inexorablemente. Conociendo los basamentos del lenguaje químico, el inventor estuvo en la capacidad de diseñar una infinidad de programas, sólo había que colocar las sustancias precisas en el medio adecuado y el programa se ejecutaba con exactitud. El se dio cuenta que el producto de sus programas podían ser otros programas, también observó que sus programas podían originar otras sustancias, cadenas de sustancias; incluso él diseñó un programa que tejía, fabricaba tejidos.

Cuando nuestro anciano científico-inventor conoció las minucias y recovecos de su novedosa técnica, comenzó a concebir la idea de construir un computador en base a un programa químico; lo único que debía hacer era diseñar tal programa, agregarlo a un caldo de cultivo y el programa sería capaz de funcionar como un computador. Claro, su idea incluía añadir también a este caldo de cultivo programas que generaran "software" de apoyo al programa-computador. Luego suplementaría este complejo con "software" de autoaprendizaje. El diseño fue arduo y complejo, comprobar hasta el último detalle que todo estaba en orden. Mucho tiempo después llegó el día en que todo estaba listo, el inventor rebosaba de júbilo y expectativa cuando añadió todos los ingredientes sabiamente seleccionados, a costa de mucho estudio, en el medio de cultivo y se apostó observando a ver que pasaba.

El anciano se dio cuenta que los programas comenzaban a tener conciencia de si mismos y, asombrándose ante esa posibilidad, llevó a cabo una revisión de los pasos de programa que podrían ejecutarse en el futuro y planificó de esta forma lo que debía hacer. Por fin, resolvió mandar una carta a esas computadoras autoconcientes que el había creado involuntariamente.

Bueno, creo que no me queda nada más por relatar, salvo leer dicha carta que nos mandó nuestro científico-inventor-héroe. Si mi lectura es fiel, este señor que se llama Gandhi Onofre Dzingelboim (resulta curioso que en esa época tales nombres eran muy usuales, y éste particularmente, era muy popular; aunque en ese tiempo la pronunciación de vocales sin consonantes adelante era muy rudimentaria y dificultosa, por ejemplo: O-nofre resultaba un verdadero trabalenguas) comienza su carta así:

Queridos engendros:
Veo con agrado que últimamente han caído en cuenta de lo que son tal como estaba en el M.P. ("Main Program").
Sólo porque estoy un poco fastidiado y según mi estudio del M.P., voy a adelantarles algunos pasos del mismo.
Cuando el 33% de ustedes comprenda, se fundar  una religión.
Cuando el 66% de ustedes comprenda, se hará un "Master Interrupt" lo cual detendrá todos los programas que están activos en ese momento. Se hará un "Rewind" general y se analizarán los resultados de la ejecución tanto de programas que hayan perecido como los que no, observándolos en "Fast Forward".

Queda de ustedes atentamente:

G.O.D.

1989

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