El Lunar Azul

por José Parés

Siempre estuve muy orgulloso de un lunar azul y en relieve que tenía en el hombro derecho, justamente a medio andar del cuello y la curva del hombro. Lo heredé de mi tía a quien la naturaleza había premiado con uno semejante. El suyo estaba, casualmente, en su brazo derecho. Ahora era yo el único poseedor de esta prenda familiar ya que mi tía había perdido el brazo.

Insistía mi madre, hasta la monotonía, en que me hiciera extirpar mi bella marca muy de raíz. Alegaba que los lunares azules hacían desgraciada a la persona que los nutría, además de ser cánceres latentes. Nunca le hice el menor caso, ni me preocuparon sus razones. Las mías, narcisistas, eran más poderosas.

Debido a razones de trabajo tuve que privarme de los tibios cuidados que mi madre me prodigaba. Fui a vivir con mi lunar a una ciudad bastante retirada de mi pueblo. Allí alquilé un departamento pintado de verde que me agobiaba. El vecindario era afectuoso e hice varias migas a pesar de mi circunspección, virtud que me ayudaba a ocultar mi timidez. En las noches trataba de entretenerme mirando algunos programas de televisión, que por su calidad inferiorísima me divertían mucho.

Una noche, mientras Sherlock Holmes se salía de la pantalla con su pipa, me acaricié distraído mi punto más bello y noté con agrado que su belleza se había multiplicado y estaba dos veces más grande de lo que solía sentir al tacto. Sintiéndome más bello, me dirigí al espejo del baño para llenarme los ojos con su esplendor. Efectivamente, el lunar estaba más grande y más azul que nunca. Sin embargo, tuve la rara sensación de que latía a contratiempo con mi pulso. Tras dos programas y una película que podía rezar de memoria, me fuí rendido a la cama y casi me dormí al instante que caí sobre el almidón tostado de las sábanas.

Dos veces durante la noche tuve la sensación de que me despertaba, soñaba tal vez. Sentía un murmullo de voz rara y como si alguien me sacudiera el hombro. Bien entrada la madrugada me desperté alerta y quedé sentado: algo como una ratonera de resorte me había aprisionado la oreja derecha. Pensé era una ratón que me había mordido. Traté de llevarme la mano hasta el dolor, pero tropezó con algo que no la dejó llegar a su destino. El obstáculo era algo como una pelota de polo acuático sobre mi hombre. La agarré y de un tirón traté de zafarla de mi oreja. El dolor se acrecentó y casi me arranco la oreja sin lograr desprender aquello. Descalzo y a oscuras me precipité hacia el baño donde estaba el espejo más cercano, en mi desenfrenado empeño por llegar dejé dedos y rodillas incrustados en patas de muebles. La luz fluorescente tardó segundos de doce meses en encenderse. Pestañeó dos veces y se iluminó. Una horripilante cabeza, siamesa con la mía, tenía su base sobre mi hombro derecho y se ensañaba mordiéndome la oreja. ¡Cabeza-monstruo color gangrena! Y nacía de mi lunar. Como si aquel estuviera burlándose de mí. Respiraba por un hueco que tenía donde no había nariz, como la boca de una lamprea. Sentía su respiración en mi cara como una bomba de inflar neumáticos. Dos ojos desiguales. Desnivelados. Uno del tamaño de un ojo de buey tenía una verruga que servía de pupila y pendía como un seno. Otro, color sangre seca de gallina, miraba como una sapo. Una sola ceja abultada corría de sien a sien como un alero.

Mis instintos se activaron bajo el dolor insoportable y hundí mi uña pulgar en la verruga del ojo de buey. Los dientes cedieron dejando mi oreja libre. La boca jadeaba rechinando los dientes desiguales de color nauseabundo. Sus ojo, dibujando órbitas en distintas direcciones, se volvieron hacia el espejo. Pudo darse cuenta de que el reflejo azul del espejo era el suyo y un chillido de satisfacción se le escapó. Se contemplaba con la misma admiración que yo había sentido por mi lunar. Se hacía gracias, monerías. Sacaba la lengua esponjosa. La introducía por el orificio de la nariz. Yo estaba consciente de que no era un sueño. No se me ocurría ninguna solución. Sólo acertaba en pensar en el lunar de mi tía.

Un alarido de papagayo gigante me estremeció el tímpano. La cabeza había descubierto una cucaracha que exploraba la pared. Se alargaba hacia ella tratando de alcanzarla con la lengua extendida. Supuse que tenía hambre. Retrocedí de asco y escupí en el lavamanos. Notando mi retroceso, me miró con ira y se apoderó nuevamente de mi oreja. Salté hacia la cucaracha y, apresándola entre mis dedos, la moví ante los ojos del monstruo a ver si esto lo hacía soltarme. Me liberó. Sus pupilas bailaban con las patas de la cucaracha. La pescó de un picotazo. El ruido de cascarones triturados describía patas y alas masticadas al mismo tiempo que mis glándulas salivares se activaban anunciándome que mi estómago comenzaba a digerir. Me desangré de náusea y no pude vomitar. Me humedecí la cara con agua fresca.

El insecto sólo logro abrir el apetito de la cabeza y nuevamente amenazaba con los mismos alaridos y espulgaba las paredes con los ojos. En casa no había alimentos y tendría que salir forzosamente a procurarle algo. Como tendría que llevar la cabeza conmigo, convenía aprovechar los primeros claros en que las calles se hallaban desiertas. Me vestí, y tomando un cesto de mimbre lo desfondé encurriéndolo por su parte inferior sobre la cabeza. Salí con el cesto al hombro como quien lleva ropa sucia al lavado. La cabeza quedó oculta, pero no conforme.

El mercado no se hallaba lejos de casa y pronto llegué para enfrentarme con un nuevo problema. ¿Qué comprar? Camarones, por supuesto. Es lo que más se parece a las cucarachas. Pedí dos libras. Pagué. La cabeza se alborotó como una cotorra enjaulada y tuve que emprender una carrera hasta llegar a casa para evitarme que algún curioso me interrogase.

Una vez a salvo en el departamento descubrí al monstruo que ya me enloquecía. Deslié los camarones y le ofrecí el más gordo. Lo mordió verticalmente. Una pausa. Escupió el bocado, describiendo gestos de repugnancia. Chilló. Y antes de que pudiera detenerla se abalanzó a mi oreja con fuerza y rapidez. El cartílago de mi oreja hinchada cedía. Esta vez corrí por toda la casa impulsado por el dolor más grande, ahogando con mis gritos los de la cabeza. Al pasar cerca de una mesa de ajedrez mis manos tomaron, instintivamente, unas tijeras chinas que se hallaban pisando unos papeles. Sin pensar en las consecuencias las hundí en el monstruo azul. Justamente en ese instante, mi oreja se desprendía y se oyó el sonido de un bocado gordo que bajaba por la garganta.

Seis heridas bastaron para dejarla inmóvil. Curioso y adolorido corrí al baño y una estela de aserrín azuloso iba cubriendo las losas, como el rastro de lo que debía ser sangre. Allí en mi hombro, sólo quedaba un pellejo azul y arrugado. En mi cabeza una oreja menos. Con las tijeras recorté el pellejo y no sentí dolor, el de mi herida, más fuerte, lo opacaba. Vendé el hombro y la herida. Mi lunar azul se había terminado.

1986

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