Había aprovechado el día para ir a la playa, a disfrutar el sol y meditar sobre la vida, la muerte y todas esas cosas banales, a las que uno sólo dedica tiempo cuando no tiene nada importante que hacer, esta actitud era el probable reflejo de una ineludible necesidad de huirle a la realidad para así mantener un tenue equilibrio mental. Ya a la caída de la tarde contemplaba taciturno los colores que despedían al astro mientras las estrellas ocupaban el horizonte opuesto a su marcha, y los fríos vientos alisios del noreste invadían la escena. Cansado de pensar y en espera de que la meditación produjese sus frutos, distraje mi atención y comencé a entretenerme con el juego de la "búsqueda del pollo". Este consistía en escupir en la arena junto a tí, cubrir la saliva con arena, revolverla bien y después tratar de encontrar la saliva otra vez de entre la arena, era un juego fácil, simple y muy popular, entre aquellos que pasaban largas horas solitarias, en la costa.
Me encontraba absorto en el juego, cuando repentinamente oí un chapoteo seguido de un burbujeante sonido en el mar, justo enfrente de donde me encontraba; levanté la cabeza y miré en dirección al ruido: una tenue, pero claramente visible luminosidad, se acercaba lentamente a la playa; un resplandor verde-azulado evocador de toda clase de abominaciones, que se acercaba palpitante y vital a la orilla. Un sudor frío comenzó a correr por mi rostro, mientras el calor de mi cuerpo era robado por una violenta y gélida ráfaga de viento que se levantaba soplando por entre las dunas; la adrenalina inundó mi organismo cuando la cosa se elevó del agua.
Pastosa, majestuosa, demoníaca e innominable, pero sublime en su esencia. Era el resultado final de mi meditación y la contemplé satisfecho. La integración de ideas, experiencia y emociones condensada, materializada en una sola visión opresora y magnificente a la vez. Casi por instinto sabía, muy dentro de mí, que si alguna vez la creación tocaba tierra firme podría poner en peligro la integridad física y mental de quien le diera origen, pero hasta ahora nada grave me había sucedido. Los otros seres nunca habían abandonado el oscuro océano.
El engendro avanzó lento, parsimonioso hasta llegar al borde de la rompiente. Una brillante gota de sudor se deslizo por mi piel hasta desprenderse repentinamente de ella. Las abominables pezuñas tocaron la arena.
Repentinamente, un súbito tirón, un doloroso desgarramiento, y vi con horror como el corazón saltaba de mi pecho bañado en sangre, cayendo a la arena donde dos fuertes convulsiones le arrancaron un par de muñones sangrientos, sobre los cuales el espantado órgano salió huyendo, dejándome abandonado y terriblemente débil dada la sangría de que había sido objeto. Le grité al maldito que regresara, que no era lógico ni estaba bien visto que un corazón abandonara así a su dueño, pero no pude obtener ni la más mínima muestra de piedad por parte del acobardado órgano. Un segundo tirón, mucho más débil, pero igualmente desgarrador, me anunció que las tripas amenazaban seguir el mismo camino del traidor; en efecto, no tardó mucho en asomarse a la profunda herida una evaginación de los intestinos, con timidez al principio y con loca furia después, comenzaron las tripas a removerse y revolverse. Sentí una profunda incisión en la garganta y sólo me di cuenta por mis gritos y alaridos, que las cuerdas vocales aún estaban en su lugar, entretanto por la abierta y sangrienta herida, salió reptando, empapándose en los últimos centímetros cúbicos de sangre que surgían de las ya agotadas venas y arterias, la totalidad del sistema digestivo; los intestinos llevando consigo a los demás órganos asociados: el estómago, el hígado, el páncreas e incluso la vesícula biliar, todos ellos unidos por blancas membranas, se veían arrastrados en loca huida, junto con los intestinos. Les alenté a que convencieran a estos últimos a regresar, a volver, ya que sin la boca que aún me permanecía fiel no tendría sentido su existencia, pero lo único que obtuve fue una serie de borboteos que casi, casi se me asemejaban o una burlona risa; pero claro, como todo el mundo sabe, las tripas no pueden reírse; así que deseché rápidamente esta ilusoria idea, pues otra cosa me preocupaba: ¿podría seguir vivo sin tantos órganos vitales?; realmente no lo creía. Pero no tuve tiempo para más cavilaciones. Las uñas de mis pies no tardaron mucho en abandonarme también, gracias a un fuerte arqueamiento todas ellas salieron disparadas como pequeños resortes metálicos, arrastrando sangrientos guiñapos de carne con ellos. Llegué incluso a oír insultos en los leves ruidos que producían al brincar, alejándose de mi pobre y vaciado cuerpo. Ni siquiera traté de razonar con ellas, comenzaba a creer que estaba perdiendo el control de la situación.
Las orejas que tantos placeres y amarguras me habían proporcionado, comenzaron a agitarse aleteando cual ridículas palometas y supuse que serían las próximas en abandonar el barco, pero me equivocaba porque un temblor gigantesco arreció en mi cuerpo, o más bien en lo que quedaba de él, la carne de los brazos se agitó, se resquebrajo dolorosamente salpicando, bilis y fragmentarios tejidos por todos lados, del tórax surgieron blancas vértebras y costillas impregnadas aún de sanguinolentos restos de carne.
Sentí como me derrumbaba, como perdía todo mi sostén: los huesos de las piernas y caderas surgieron con un sólo impulso a la tenue luz de la noche; mi esqueleto completo, como un solo ser, me abandonaba. En ese instante el más lacerante dolor me lo proporcionó mi cráneo, en su loco afán por escapar junto al resto de mi amarillenta osamenta; coloración debida a la poca exposición al sol en que injustamente los había mantenido y que ahora parecían querer retribuirse.
El cráneo comenzó a destrozar a dentellada limpia mi rostro, primero atacó la carne de las mejillas, y cuando de éstas no quedaban ya más que delgados hilachos, siguió destrozando la zona del paladar inmediatamente inferior a la nariz, una vez concluido este acto de brutalidad y salvajismo, se deshizo del resto del rostro como si fuera un guante, supongo que no le fue muy difícil ya que a fin de cuentas, era hueso contra carne y ya se sabe lo que pasa siempre en estos casos. Así, el resto de la musculatura y los pocos órganos que aún conservaba, se desplomaron como una chaqueta vieja y sucia, desechada por el macabro perchero que la sostenía.
Pude contemplar desde mi estratégica posición, a nivel del suelo, como la osamenta, con un aire tan macabro que la haría digna de una película de horror, se alejaba a largas zancadas de lo que restaba de mi descuartizado cuerpo. Podía oír también los gemidos del cerebro encerrado en su eterna y clásica prisión; por lo menos a él si le dolía abandonarme, pero era evidente que no podía hacer nada encerrado como estaba, y a fin de cuentas, poco podía hacer para ayudarme en mi actual situación. La macabra visión duró muy poco; todo se apagó repentinamente y oí un sonido como el de dos gotas de aceite espeso, cayendo en un estanque de aguas tranquilas. Razoné con aceptable lucidez que eso, unido a la repentina oscuridad, eran signos inequívocos de que también mis ojos me habían abandonado, rodando ya velozmente en la dirección que el resto de mi organismo había tomado Ya en otras ocasiones había habido graves enfrentamientos entre yo y mi cuerpo, pero nunca las diferencias fueron tan violentamente tratadas. ¿No sería esta la oportunidad que él esperaba? Una excusa para abandonarme definitivamente deshaciéndose de mi influencia para siempre. Olvidándose de mí y dedicándose de lleno a sus vicios y excesos. ¿Lograría mi desligado cuerpo volverse a unir en otro lugar, y con mis recuerdos y experiencias almacenadas en mi cerebro cautivo, seguir viviendo una vida normal y...? A todas estas, si el cerebro había huido, ¿cómo era posible que siguiera pensando? Eso era realmente curioso.
Las profundas cavilaciones en que me encontraba fueron interrumpidas por el más absoluto de los silencios. No oía el rumor del cercano mar ni el frío viento soplando entre las arenosas dunas. ¡Mis orejas me habían abandonado! Sentí, o mas bien entendí, por la falta de sentidos (ni el frío del viento, ni el contacto de la arena) que lo que restaba de mí, huyó a un tiempo, más que reptando arrastrándose a través de la escarchada arena. ¡Solo! Estaba solo, mi alma, mi esencia, sin ver, sin oír, oler ni sentir absolutamente nada, permanecería en ese lugar ineludiblemente ya que sin cuerpo es imposible desplazarse de un lugar a otro; en realidad no sabía si seguía en el mismo lugar o si el viento podía arrastrarme a miles de kilómetros de allí, pero dada mi carencia de sentidos, esto ya no tenia importancia, así que lo único que me molestaba verdaderamente, era que mi maldito cuerpo, desligado del ser verdadero, ¡de mí!, se reuniría en alguna otra parte y viviría como si realmente fuera yo, ocuparía mi lugar y nadie, nadie absolutamente notaría la diferencia.
Proclamaría con todo descaro que la esencia del ser, o sea yo, no existe y que sólo la vida en su forma material existe plenamente ¡el muy pagano!, cómo se reiría al recordar, con sarcásticas burlas, la forma mezquina en que me abandonó aquí, aunque ya no se si ésto es aquí todavía, como dije antes, puedo estar en China y no me enteraría, a todas estas ¿dónde estoy? Tal vez en el purgatorio o esperando cupo para entrar en muy probablemente al infierno o a algún extraño y nuevo nacimiento, en forma de manzana, gusano o perro, poco atrayentes posibilidades. No lo se en realidad, a fin de cuentas, no creo que haya muchos casos de "abandono corporal" como el que he sufrido en carne... más bien en ente propio. ¿0 quizás hayan muchos más como yo, aislados indefinidamente de todo y de todos? Tal vez tenga que vagar, si es que vago, durante un tiempo antes de que se den cuenta de mi presencia o ausencia según sea el caso, ¡porque supongo que alguien debe estar pendiente de ésto! Deseo que en el peor de los casos sólo tenga que esperar a que el ocioso de mi cuerpo muera y se pudra bien podrido (Pensamiento que me llena de satisfacción y placer), para que me llamen a las filas de ultratumba. Ya que podría ser éste un requisito indispensable para que un alma traspase ese umbral. Claro que, como todo, esto también tiene su lado positivo, ahora me dedico exclusivamente a matar el tiempo filosofando sin las pesadas ataduras carnales.
Post Data:
Aún sigo esperando, no sé cuanto tiempo ha pasado, un día, cien años, un
milenio, pero estoy seguro que más de lo necesario.
¿Más de lo necesario? Más de lo necesario ¿para qué? No lo sé, pero si se que ya es demasiado tiempo. ¡Sáquenme de aquí!, dondequiera que "aquí sea", y lo más pronto posible, antes que termine por volverme loco y comience a delirar.
1986
