Quiso el hado que cayera en mis manos un libro que dadas otras circunstancias hubiera permanecido en el dorado anonimato de un aparador. Como frío y desapasionado lector y analista de la Ciencia Ficción me sentí muy interesado por el pequeño portento dilapidador de economías; la portada, sugestiva, insinuaba un oasis de lectura placentera: el grosor, imponente, intentaba paliar el regusto amargo que, seguramente, ocasionaba el enorme agujero negro en los bolsillos del dueño.
Acepté de buen grado, hasta ligeramente entusiasmado, diría yo, el préstamo. Tomé el frío libro negro y lo sopesé con aire meditabundo cuidando que no se escapara toda la sabiduría impresa. Lo hojeé al descuido como noble concesión al dueño, éste me observaba con mirada ansiosa esperando mi mayestática aprobación. Pestañeé dos veces y leí una línea o dos al azar, entonces sonreí: Una magnífica sonrisa de doce centímetros y medio de largo, totalmente cubierta por mi inmaculada y personalísima dentadura (el diente roto, disculpen, fué producto de un desafortunado accidente que relataré en una ocasión más propicia).
Aquello desquició al pobre ser: orondo y emocionado me hizo notar la presencia de un cuento en especial (cuento que luego mencionaré) y comentó algo a la ligera el vuelo migratorio de las golondrinas, evidentemente estaba algo perturbado. Alcé parsimoniosamente una mano y le dí a entender que quería hablar, dije:
-Vamos a ver, (refiriéndome en especial al cuento señalado), si satisface las tantas expectativas que ha creado la diosa publicidad. Prematuramente puedo indicar que el relato no logró alcanzar las cimeras cumbres en que la imaginación lo había sustentado.
Dicho esto, me despedí.
Durante un tiempo me hice el duro y el libro hubo de esperar, luego que solucioné una disputa de principios con unos conejos insurgentes que se negaban a colaborar en un experimento, me acerqué con decisión a aquel bulto negro que prometía sorpresas inesperadas para un veterano como yo, modestamente hablando por supuesto.
Bueno, aquí nos hallamos de nuevo, como al principio, un breve paréntesis que abre el apetito. Decía entonces que quiso el buen hado el depararme la posibilidad de degustar un libro sin aportar ni un céntimo (algo muy estimable en estos tiempos).
Cuando estuve en mi estudio, oyendo el crepitar de unos leños de olmo en el hogar, pude observar el pequeño rectángulo de papel blanco que los comerciantes suelen colocar en el ángulo inferior derecho de la cubierta posterior de los libros. Este, por cierto, estaba burdamente colocado, se hallaba formando un insultante ángulo agudo con el borde inferior de la carátula.
Obviando estos despreciables detalles, me quedé abismalmente aterrado cuando mi cerebro terminó de computar la energúmena cifra que estaba estampada en el miserable papel. Temblando, y olvidando leer las siempre insulsas reseñas, dí vuelta al libro y observé la portada: Una maja de piedra en justa evocación de la centésimo primera página del Kamasutra y las dos portentosas, y evidentes, razones incluidas; todo en lógica contradicción al contenido.
¿Bueno, a fin de cuentas, de qué libro estamos hablando?
Un examen arduo y minucioso me llevó a la conclusión que era una de las tan abundantes recopilaciones de San Asimov (famoso por sus patillas). Su ominoso nombre aparecía en escandalosas letras blancas de 1,7 centímetros de altura, con el agravante de que eran más grandes (en 1 milímetro) que las del título, el cual rezaba: "La Edad de Oro" y más abajo "1941". Un subtítulo explicativo decía: "Los relatos que hicieron historia antes de los premios Hugo"; esto de por si me hacía olvidar a Asimov. Ahora pensaba que los cuentos podían tener algo de bueno a pesar de su avanzada edad y con el agravante de que Isaac Asimov ya tenía 60 años para la época de la recopilación (1980).
Cuando abrí el libro me sentí reconfortado y mucho más optimista, pues descubrí que un tal Martin H. Greenberg (un pobre diablo que ni siquiera tiene créditos en la portada, a lo mejor por falta de espacio) era el co-recopilador de tales relatos.
Generalmente leo acostado por el simple hecho de que así mis pensamientos fluyen más rápidamente pues no tienen que esforzarse en demasía contra la despiadada fuerza de gravedad terrestre. Por esa razón tomé por enésima vez el libro, me acosté, lo abrí y comencé la lectura tanto tiempo esperada. Después del primer cuento toda la lectura fué una sorpresa tras otra, un redescubrir la fantasía de la palabra escrita, un maravilloso periplo por las aguas de la Ciencia Ficción.
Trece relatos, según la reseña, conforman la segunda antología denominada: "La Edad de Oro"; la primera, que yo no he leído, corresponde a los años 1939-1940.
No voy a hacer aquí uno de esos análisis literarios que tanto sorprenden y halagan a los autores, referiré mis sensaciones y emociones ante cada uno de los relatos, helos aquí:
Ratones mecánicos. (Mechanical mice) Maurice A. Hugi (Eric Frank Russell) Astounding
Science Fiction, Enero 1941.
Excelente relato en la línea de aventuras tecnológicas; el hombre ante lo desconocido. Gracias a
una máquina para ver el futuro un solitario científico (algo muy en boga en esos tiempos) consigue
copiar el diseño de un artefacto del cual desconoce todo, ni siquiera sabe como ponerlo en marcha.
Pronto la última vertiente evolutiva del distante futuro comenzará a tentar suerte en nuestro
presente. Por cierto los ratones mecánicos no son tan inofensivos, sino pregúntenselo a los
gatos de la historia.
El cohete de 1955. (Rocket of 1955) Cyril M. Kornbluth. Stirring Science Fiction, Abril 1941.
Relato ultracorto de ácida crudeza. El mayor engaño científico de la humanidad: Una estafa y
un asesinato descubiertos en el primer viaje espacial (que no llegó a ser el primero ni mucho
menos espacial). Todo termina con una insultante cuerda de cáñamo.
Yo supongo que al ser un cuento tan corto el buen editor (de la versión en lengua castellana)
no lo tomó en cuenta, para él siguen siendo trece los relatos de la antología.
Dios microcósmico. (Microcosmic god) Theodore Sturgeon. Astounding Science Fiction,
Abril 1941.
Este es uno de los pilares de la colección. Uno de esos relatos que se escriben en solsticio de
invierno, a la luz de una estrella fugaz y en conjunción de Júpiter y compañía. Lamentable lo del
supercientífico (algo muy usual en la época), pero ese micromundo de microseres que lo tienen
por dios, es uno de los más refrescantes, profundos y enaltecedores planteamientos de la Ciencia
Ficción.
Digo refrescante refiriéndome al universo de las ideas. Profundo por las implicaciones de la
relación científico-microser (muy similar a algunas concepciones Dios-Hombre). Por último,
enaltecedor pues es una palabra bonita, aguda (y no grave o esdrújula), y le confiere equilibrio
a la totalidad de la expresión.
Jay score. (Jay score) Eric Frank Russell. Astounding Science Fiction, Mayo 1941.
Un fresco y ligero relato sobre robots; lo más importante del cuento es la inoportuna revelación de
Don Asimov, conocido por su locuacidad y las enormes ganas de escribir que manifiesta.
Sinceramente, soy de la convicción que las mejores prosas de Isaac Asimov son las ocurrentes
presentaciones que él hace de los diversos autores, anecdóticas podría definirlas. Sin embargo,
Asimov, siempre en confrontación directa con mis más nobles ideales de justicia, fraternidad,
libertad, amor propio y paz social, golpeó rudamente uno de los dos únicos bastiones de su
literatura: las ya referidas introducciones, el otro bastión tiene para mi un valor sentimental que
no tiene nada que ver con alguna desviación aberrante de mi personalidad, pero como debo ser
preciso y conciso me veo en la triste obligación de abstener dichos comentarios.
Leía yo con interés su presentación del presente cuento cuando aquel hombre cometió un error
imperdonable, que con el discurrir de la lectura del relato se trasformó en pecado mortal; Asimov
revela el final (o más precisamente la intención del autor) de la narración. En ese momento las siete
plagas de Egipto se cernieron sobre las canas sienes del prolífico escritor.
Universo. (Universe) Robert A. Heinlein. Astounding Science Fiction, Mayo 1941.
Un buen relato de comunidades cerradas. Un largo viaje en una nave colosal donde el destino es
ya desconocido, donde la civilización ha mutado hacia formas más arcaicas, donde lo más
importante es preservar los privilegios. Claro que siempre aparece el chico bueno, inteligente,
intrépido e invulnerable, y las cosas comienzan a cambiar...
Solución insatisfactoria. (Solution unsatisfactory) Anson Mac Donald (Robert A. Heinlein)
Astounding Science Fiction, Mayo 1941.
Para esta historia, Heinlein se fumó un grueso tabaco negro entonando salmodias al más allá, se
avocó al estudio del vudú y al pacto con oscuros entes de la eternidad (como Snulbug). Como si
eso fuera poco consultó una ouija, todo mientras escribía la historia de Ciencia Ficción más
profética que haya leído hasta el momento:
El conflicto nuclear y la ambigüedad de la seguridad bajo las enormes bombas de la paz de
Jesucristo (como dice el desvariado Ray Bradbury). Sólo que Heinlein opta por mortíferos
polvos radiactivos, como armas, en lugar de las conocidas y queridas bombas. Lo que es un
ejemplo ilustrativo del enorme potencial sádico de un bienintencionado escritor de Ciencia
Ficción en pos de dólares. La disputa URSS-EUA es concebida con brutal claridad. Es un
relato donde lo más importante es su escalofriante coincidencia histórica que su calidad
argumental.
Coincido con el amado Asimov:
"Este relato tiene el récord de todos los tiempos entre las bolas de cristal."
También apoyo a Greenberg (el oscuro co-recopilador) cuando se refiere a la reputación de la
Ciencia Ficción en cuanto a predicciones acertadas:
"En este caso, esperamos que nunca vuelva a repetirse."
Las palabras de Guru. (Words of Guru) Cyril M. Kornbluth. Stirring Science Stories,
Junio 1941.
Un extraño relato en la tradición de poderes ocultos, tenebroso aquelarre temático inmerso en las
nieblas de Cthulhu. Impecable narración de una ambigüedad manifiesta, un relato que cae en las
limes de la Ciencia Ficción. Kornbluth revela en este relato todo su potencial que había insinuado
en "El cohete de 1955"; un frío desprecio por la insulsa sabiduría del hombre ante lo incognoscible
y el poder autodestructivo que siempre lo acompaña. Definitivamente, Kornbluth es una de las
personalidades más divergentes dentro del cuerpo de la colección.
Visto y no visto. (The seesaw) A.E. Vogt. Astounding Science Fiction, Julio 1941.
Uno de los relatos de la colección mejor escrito; la trama es excelente, pero lo mejor del cuento
es su final imprevisto. Un cuento denso en ideas que luego encontrarían escape en producciones
posteriores ("Los fabricantes de armas" y "Las armerías de Isher"). El viaje a través de las eras
puede ser una bomba de tiempo.
Realmente no creo tener nada que añadir de un cuento que me gustó más que los anteriormente
reseñados (con la honrosa excepción de Dios microcósmico), si tienen la oportunidad de leerlo
se darán cuenta del porqué es difícil comentarlo sin restarle méritos al relato.
Adán sin Eva. (Adam and no Eve) Alfred Bester. Astounding Science Fiction, Septiembre 1941.
Este es otro de los grandes relatos de la colección, de lo que llamaría La Trilogía, así, sin epítetos,
(Dios microcósmico, Adán sin Eva y Por sus propios medios).
La trama conduce a comienzos del relato a un fin único: La destrucción irremisible del mundo.
Los pensamientos del último hombre en trance de muerte en una tierra solitaria y yerma lo guían
a su destino. A lo lejos se oye lo que queda del imponente océano, el principio y el fin del continuo
evolutivo se funden en una resolución lógica y brillante.
Anochecer. (Nightfall) Isaac Asimov. Astounding Science Fiction, Septiembre 1941.
¡Ah!, un excelso relato del maravilloso vulgarizador de la ciencia (tal como él mismo lo expresa en
"Sobre la Ciencia Ficción" Editorial Sudamericana, S.A. Buenos Aires. 1982. Página 42, párrafo 3,
línea 2).
Mi joven amigo (el dueño del libro, desde luego) es un ferviente adorador de la deidad
soviético-gringa y un ávido coleccionista de todo el material literario, y perdonen el adjetivo, que
descarga esa mezcladora de letras de patillas pobladas. Cuando me prestó el libro, mi amigo me
hizo una emocionada mención del relato de su héroe (el cual fué el que leyó en primer lugar, no lo
duden).
Confieso, avergonzado, que yo también sentí un leve palpitar en las sienes, algo que la mayoría
de los mortales describen como emoción y anhelo. Sí, a mí también me había alcanzado la
avalancha publicitaria sobre ese relato, avalancha impresa en trescientos cincuenta y cuatro de los
libros de Asimov; en estos trescientos cincuenta y cuatro libros él nunca deja de mencionar que en
la votación para elegir los mejores cuentos de Ciencia Ficción de todos los tiempos, hecha por la
Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de Norteamérica, "Anochecer" resultó como la mejor
historia de Ciencia Ficción jamás escrita. Ante tanta alharaca era evidente que había que tomarse
las cosas con calma. Leí el cuento en primer lugar, y aun antes de terminar estaba decepcionado.
Seré justo, como siempre lo suelo ser, el cuento no es malo, la idea es extraordinaria (digna de un
Asimov de 21 años) pero ahí se agotan mis alabanzas por cansancio y desilusión. El cuento
adolece de cierta rigidez narrativa, se nota forzado el tono de las descripciones y diálogos; en
suma, un relato de palabras amortajadas.
Luego de leer totalmente la colección podría colocar "Anochecer" en quinto o sexto lugar de
importancia, lamentable pero...
Sólo resta el lloro y el crujir de dientes.
Había una vez un gnomo. (A gnome there was) Henry Kuttner y C.L. Moore. Unknown,
Octubre 1941.
Un relato de fantasía. Un relato liviano sobre un sindicalista transformado en gnomo en una mina
de carbón. La sociedad y costumbres de los gnomos, y los avatares del personaje central en sus
intentos por volver a ser hombre conforman un relato simplemente ameno.
Por sus propios medios. (By his bootstraps) Anson Mac Donald (Robert A. Heinlein)
Astounding Science Fiction, Octubre 1941.
Había yo leído anteriormente un relato de Heinlein: "Todos vosotros zombies..." que trataba de
viajes en el tiempo, un cuento bien logrado dentro de la temática y que conseguía mantener
oculta la sorpresa final: Una paradoja temporal.
"Por sus propios medios" es anterior a "Todos vosotros zombies..." en más de una década, pero
a pesar de ello, lo exquisito y delicado de la trama hacen a este relato superior al otro, escrito por
el autor posteriormente. Lo sorprendente del relato es que la situación es a todas luces
evidentemente, la incongruencia temporal, la paradoja, ya no son una sorpresa sino al contrario
son claramente discernibles. Lo interesante y subyugante del relato pasa a ser la madeja
estructural, cómo resuelve el autor los diferentes conflictos temporales. Definitivamente creo que
es uno de los mejores relatos de viajes en el tiempo (si acaso no es el mejor). Cuando terminé de
leer el cuento estaba aún maravillado, salí (¿o entré?) de la red y muchedumbre de Bob Wilson
(el personaje principal) y todavía me pregunto ¿cómo lo consiguió? Espero no tener que
responder las interrogantes que atosigan a Wilson en su circuito cerrado. Todo se puede
resumir en una frase tan mencionada y a veces tan inquietantemente cercana: ¿Quién vino primero
el huevo o la gallina?
Snulbug. (Snulbug) Anthony Boucher (William A. Parker W.) Unknown, Diciembre 1941.
Llegamos al último mes del año, para los contemporáneos al relato, Estados Unidos entraría en la
guerra, pero para todos los lectores en la actualidad aquello es historia y se puede leer lo mismo
que este relato. Siempre me ha parecido que en estos casos es mejor leer que practicar, eso del
plomo más de 600 veces por minuto no es muy saludable, ni mucho menos ameno.
Snulbug es otro relato de fantasía muy ocurrente. Un pacto con potencias del más allá, un
personaje maléfico muy venido a menos, o posiblemente pasmado en su desarrollo. El científico
Bill Hitchens dibuja un pentáculo e invoca con letanías y polvos mágicos la presencia de un
demonio; aparece Snulbug, un remedo de diablo que complica los planes del infortunado
investigador. Al final la inteligencia del hombre por un lado y por el otro la ciega ambición del
hombre mismo resuelven satisfactoriamente los deseos del desesperado científico.
Más allá, S.A. (Hereafter, Inc.) Lester Del Rey. Unknown, Diciembre 1941.
Lester Del Rey es uno de esos veteranos, adalides de la Ciencia Ficción que vienen escribiendo
desde los albores de la raza humana, claro que por peso en papel Asimov gana por varias narices.
Conozco a una persona que me preguntó: ¿Oye, ese tipo escribe bien? Yo, con mi normal
candidez sonreí y le respondí detalladamente a mi interlocutor, me esmeré en mencionarle las
virtudes de Lester Del Rey, le comenté algunos de sus mejores cuentos y con una generosidad
desbordante culminé mi aclamación prestándole a mi paciente escucha dos gruesos volúmenes
de cuentos de Del Rey. Pasó el tiempo, un día estaba yo sentado tras un escritorio en la sede de
UBIK (Club que tiene uno que otro contacto conmigo) cuando llegó aquel muchacho y me arrojó
los libros con desprecio a la cara, lo que me dijo no lo puedo repetir por decencia, pero aquel
acto me produjo una severa colitis cerebral y desde ese día no puedo ver libros volando porque
me producen convulsiones.
Pero la justicia es ciega, muda, sorda y paralítica, y por ello tarda un poco en tender su sombra
benévola sobre los agraviados por los bárbaros ignorantes plenos de sinrazón. Pero llegó el
día en que aquel ser se arrastró ante mi presencia suplicándome perdón, yo permití que se
levantara y dije: Hijo mío estás perdonado, vuelve y no infames más.
Con respecto al relato en cuestión sólo diré que es una espléndida sátira sobre el oscuro y
siempre inquietante porvenir después que los cuerpos mortales se niegan a proseguir en este
mundo. La trama narra la historia de un fanático religioso apabullado por una evidencia
desconcertante para él, y su resolución totalmente dogmática.
En este momento recuerdo mi vida, los siglos pasados, y suspiro. ¿Se necesitaron más de cinco mil años de civilización para que el hombre disfrutara de los placeres de la Ciencia Ficción (incluso las obras de Asimov)? Los caminos del destino son largos y tortuosos, no hablaré más, ni perturbaré más. Le toca el turno a los lectores.
1990
