Cuando se convenció a sí mismo de su presencia en el espacio de una calle, empezó a caminar. Al principio, como siempre, le costó tomar el ritmo, pero poco después se confundía con los transeúntes del anochecer. Aquellos que se topaban de frente con él, súbitamente encanecían, plegándoseles la piel antes tersa. Por eso, trataban en vano de esquivarlo. Sólo los desahuciados y dementes no le temían, y le sonreían como a un amigo largamente esperado.
Se detuvo en un pensamiento y reflexionó la acción a seguir. Miró hacia arriba y no le resultó fácil reconocer al cielo, silueteado por altas edificaciones. En una de ellas, terminada en punta, números luminosos señalaban un tiempo que no le pertenecía; en los dígitos agrupados en un calendario en exhibición apenas intuía un significado, un déja vu siempre recurrente. La ciudad con su espasmódica actividad le irritaba (después la gente dice "y todo transcurre tan rápido, como si las horas se fueran a acabar ").
Pero a él lo que le interesaba era ver el cielo más claramente.
Al seguir su camino, entró en un ambiente arbolado. Ahora no pensaba. Increíblemente, ejecutaba el acto de estar tanto instante en el mismo sitio. Por si fuera poco, "sentía" el entorno como de vida fluyendo, salpicando a lo inerte. En fin, pronto todo per-duraría y moriría.
Una brisa le trajo la luz lunar. Sobre-existiendo, esperó. La presión luminosa descendía. Tornó a mirar por última vez el cenit y contempló la sombra definitiva que cubría parcialmente al astro.
El eclipse llegó a ser total. Acto seguido, hubo en él un gesto inexplicablemente humano (tal vez aprendido de tanto contacto con esa raza) y comenzó a disgregarse. Lo que quedó fué un montón de eternidad informe.
Entonces, la hoja nunca terminó de caer.
1986
