Pedro Suárez está sentado, inmóvil. Ya ha pasado el tiempo en que luchaba contra las ataduras, tratando de escapar. Ahora sabe que no puede y utiliza sus energías en otra cosa, en el recuerdo.
Memoria 1:
El cuarto de hotel, la mujer de cuyo nombre no se acordaba, la conversación.
-Inténtalo, tu actitud es la de un revolucionario.
-No sé, los peligros son demasiados.
-¿Eres cobarde?...
Lo intentó, al principio sólo como prueba, luego en serio, cada vez más
peligrosamente...
La puerta al otro lado de la habitación se abre, dejando penetrar un
rayo de luz a las tinieblas del cuarto. El techo comienza a brillar
suavemente, permitiéndole a Suárez observar al hombre que se le acerca.
Es la primera vez que lo han visitado en las horas/días/semanas en las
que ha estado sentado en la gran silla. El hombre se sienta en el taburete
frente a Suárez. Una placa metálica señala que su nombre es Jorge Grossel.
-Ha cometido un crimen contra el Estado.
-¿Cuál?
-El único crimen posible. Mentir sobre el Estado.
-No he mentido.
-Ha declarado públicamente que el Estado no permite la libertad de
expresión.
-Inmediatamente después, fuí amordazado y traído acá. Eso no me parece
libertad de expresión.
-Se le permitió expresar sus ideas hasta que mintió. No podemos permitir
las mentiras.
Grossel se levanta y deja la habitación mientras que Suárez regresa a su
memoria. Los altavoces escondidos comienzan a susurrar melodías que se
insinúan en su mente, amoldando, cambiando...
Memoria 2:
La noche, la contraseña, el auditorio, las voces.
-El Estado es corrupto.
-No permiten libertad.
-Estamos sometidos.
Les había creído. No sabía cómo, pero les había creído. Ahora le parecían
tan vacías sus convicciones anteriores...
De nuevo, Grossel está frente a él.
-Ha cometido un crimen contra el Estado.
-No se.
-Ha mentido.
-No se.
-No podemos permitir las mentiras contra el Estado.
-No se.
Grossel se va, mientras que los altavoces siguen con su melodía...
Memoria 3:
El parque, la gente, la policía, el micrófono direccional.
Había esperado, hablando estupideces, hasta que vió que el micrófono ya
no apuntaba en su dirección. Entonces había comenzado.
-Nuestra libertad de expresión está siendo pisoteada...
No se dió cuenta del micrófono apuntando hacia él, hasta que fue atrapado...
Ese no podía haber sido él. El nunca habría mentido de aquella forma, no era posible. Nunca mentiría contra el Estado.
Grossel frente a él.
-Ha cometido un crimen contra el Estado.
-Lo se.
-Ha mentido.
-Es cierto.
-No podemos permitir las mentiras contra el estado.
-No volveré a mentir.
Juan Stilman ya no lucha contra las bandas que lo aprisionan a la silla. Conoce la imposibilidad del escape. Se refugia en su memoria.
Memoria 1:
El bar, la nota pasada de mano en mano, la búsqueda de la dirección, el
interrogatorio.
-¿Está seguro de querer unirse?
-Sí, claro. Por eso vine...
Y se había unido, cumpliendo celosamente sus misiones...
La luz entra por la puerta que se abre al otro lado de la habitación.
Stilman logra ver al hombre que entra en la luz tenue que comienza a
proyectar el techo. Se acerca lentamente para sentarse en el taburete
frente a Stilman. Es la primera persona que ha visto desde que lo
trajeron aquí. El hombre levanta la cabeza para hablarle. Una placa
metálica dice que su nombre es Pedro Suárez.
-Ha cometido un crimen contra el Estado.
1986
