El libro había llegado a mis manos de esa mística manera en que llegan las cosas agradables y que ya otros, un normando, entre ellos, habían referido antes que yo: sin tener que desembolsar un céntimo de bolívar.
Lo nebuloso de mi memoria apenas me permite entrever que fue un regalo. Sí, un regalo de navidad. El personaje que me lo regaló ahora está muerto -u olvidado, que es más o menos lo mismo- y apenas tengo un esbozo de su perfil (psicológico) en mi mente.
A diferencia del referido por el normando, este llegó sin exaltación, sin abrebocas prejuiciosos de lectores previos. Llegó casi ignoto, y así hubiera quedado de no ser por esa antigua tradición de revisar los regalos que han permanecido envueltos bajo el pino al llegar la navidad.
Al deshacerme de su cubierta navideña, atisbé una figura interesante, algo así como un unicornio, coloreado en pardo oscuro, cuya columna vertebral pronto se transformaba en intrincado mecanismo, dando la apariencia de ser mitad máquina. De su boca parecía desprenderse un líquido luminoso, perdiéndose en el vacío, todo enmarcado sobre un fondo gris nocturno que hacía resaltar en la parte superior del volumen las palabras "ISAAC ASIMOV" en enormes letras blancas y un poco más abajo, en amarillo, "LA EDAD DE ORO" y a continuación "1939-1940" un poco más pequeño.
Los asiduos lectores de Cygnus recordarán cierta referencia que hacía el normando en su artículo a un co-editor, Martín H. Greenberg, cuyo nombre y créditos no aparecían -al igual que en este otro volumen- sino en la segunda página.
Me propongo, sin más preámbulos, hacer una pequeña introducción a los relatos de este libro, cuya lectura ha resultado muy confortante para mi.
El día ha muerto. Por Lester del Rey.
Este interesante cuento encierra un par de cosas interesantes: un excelente uso del recurso
científico, antropológico, que sustenta el tema del relato, y un planteamiento de corte social
que deja mucho que pensar acerca de la naturaleza gregaria del ser humano.
Ambientado en el momento en que los hombres de Cro-Magnon estaban en pleno
crecimiento, plantea la patética situación de Hwoogh, un viejo Neardental, que trata de
sobrevivir en medio de un mundo que cada vez le resulta más complejo.
El hombre deforme. Por L. Sprage de Camp.
L. Sprague de Camp fue uno de esos personajes magníficos de la Ciencia-Ficción que yo
tardé demasiado en conocer. El hombre deforme me sorprendió por su trama imposible y la
forma excelsamente rigurosa en que se desarrolla.
L. Sprague de Camp maneja con destreza la psicología de sus personajes. El protagonista,
Clarence Gaffney, es un hombre extremadamente viejo, que ha logrado sobrevivir gracias a
su astucia y a la experiencia que su larga vida le ha suministrado. Un encuentro casual con la
doctora Matilda Saddler lo conduce a una situación que nuevamente lo pone al borde de la
muerte. El cómo logra deshacerse del embrollo queda para cuando ustedes tengan el gusto de
leerlo.
Destructor Negro. Por A. E. van Gogt.
Lo más interesante de este cuento es su final feliz. Digo esto porque el desarrollo de la
historia conduce a un punto en que parece no haber escapatoria para los héroes, quienes se
ven enfrentados a una criatura con habilidades y poderes lo suficientemente magníficos como
para destruir a un hombre como quien aplasta a un insecto, pero... los buenos siempre ganan.
Aprovechando ciertas características psicológicas del destructor, el grupo de pioneros
espaciales logra conducirlo a la aniquilación, pero para ello deben usar toda su astucia y sus
conocimientos de historia.
El halo equivocado. Por Henry Kuttner.
¿Puede un hombre llegar a la desesperación por un pecado? -No por haber cometido un
pecado, me refiero a desesperarse por cometer un pecado-. Un oficinista común recibe la
inesperada visita de un ángel, que le deja un par de regalillos, el segundo, para su gran
desazón y malestar es no poder deshacerse del primero.
Kuttner hace un buen manejo del diálogo como elemento estructurante de este relato
simpático, divertido, nada más.
Respirador de Éter. Por Theodore Sturgeon.
Este es un relato ambientado en el indescifrable mundo de la empresa radiotelevisiva.
Sturgeon hace un buen uso de la ambientación para producir un relato simpático, en donde el
tono científico sazona tangencialmente -para sazonar a cierto amigo que suele referirse
secantemente a nuestros calificativos tangenciales- la gracia de la trama.
Para la época en que Sturgeon escribió Respirador de Éter, la televisión a color no era el
popular entretenimiento que hoy conocemos. Sturgeon aprovecha el tema de las
transmisiones con "ráfaga de color" para idear una criatura superhumana -un dios- diríamos,
cuya característica esencial es su sentido del humor. Este no fue mi relato preferido en la
antología, pero eso queda al gusto de cada quién...
Peregrinación. Por Nelson Bond.
Me encantan los relatos escritos en el tono ingenuo de la post-debacle nuclear.
Peregrinación no es la excepción a esta regla, por el contrario, si tuviera que colocar estos
relatos en orden descendente de mi agrado, quedaría en un tres o un cuatro (bastante bien
para una selección de catorce).
Bond, otro de esos mal desconocidos escritores de C. F., utiliza ese tono que tanto me agrada
para narrar la historia de una niña que se ve enfrentada a la adultez y tiene que sortear las
dificultades de asumir su rol como mujer y... ¡no lo logra!, al menos en lo que atañe a la
sociedad en que ha crecido esta jovencita.
Dos cosas me llaman la atención del relato: la presentación de nombres de ciudades y
objetos, que son una derivación de las palabras que hoy en día empleamos y que sigue más o
menos el proceso de deformación lingüística que caracteriza todo período de barbarie de
una postguerra; y el propio hecho estructurante del relato, que no pienso adelantarles para no
echarles a perder la emoción de un final sorpresivo.
Oh, estrella brillante. Por Jack Williamson.
He aquí al número dos de mi lista. Oh, estrella brillante reúne las condiciones para merecer
el apelativo de excelente. Williamson demuestra un perfecto dominio de la psicología
familiar, la cual empapa el cuento desde la primera línea hasta la última. El ingrediente
humorístico le da al cuento una agradable sazón de risa que, acompañada con lo fantástico de
la trama, limitan mi comentario a una sola palabra: ¡Bravo!.
Inadaptado. Por Robert A. Heinlein.
Y el número uno. Era de esperarse que su padre fuera Robert Heinlein. Este es uno de los
relatos más largos de la serie y, a pesar de esto, es de los más ligeros de leer. El manejo de
la ambientación -la época los pioneros interplanetarios- es de primera. El lenguaje, ya lo he
dicho, es ligero, ameno, agradable; pero la trama es lo que hace de este cuento el número uno
en mi preferencia. Creo que a todos nos gustan los cuentos de armadas espaciales. Nos gusta
imaginar a los personajes con sus uniformes de gala mirando las estrellas a través de los
amplios ventanales (polarizados, claro está, para evitar la fuerte radiación cósmica) de las
naves interplanetarias.
El punto céntrico -y lo que me hace decidirme por este cuento- es que el protagonista,
Andrew Jackson Libby, es un muchacho realmente especial, y, aunque nunca he podido
calcular una raíz cuadrada mentalmente (ni creo que hayan muchos que puedan hacerlo), me
complace sobremanera identificarme con él.
La pistola automática. Por Fritz Leiber.
Hay dos relatos en esta antología que yo nunca hubiera clasificado como Ciencia Ficción,
eso a pesar de que -y mis compañeros de UBIK darán fe de ello- mi concepto del
movimiento C. F. es bastante amplio. La pistola automática es uno de estos. Supongo que
entra en la antología por ser de Leiber, quien sí es un escritor de C. F.
Este es un cuento más bien del realismo mágico. De no ser ambientado entre gángster y
matones, muy típicos del norte de este escultural continente, quedaría muy bien firmado por
alguien apellidado García.
Más que la trama o el lenguaje, lo que lo hace aceptable es el perfecto manejo de la
ambientación. Me limito críticas más profundas para dejarlos disfrutar del cuento sin más
prejuicios que los expuestos.
Franqueo pagado al paraíso. Por Robert Arthur.
En la cultura oriental, el objeto final de la vida es la unión con el absoluto, el nirvana, el
samadhi total y definitivo. ¿Nirvana por correspondencia?. No. No es un slogan comercial
como el que usaría P. C. Magazine o Astounding para promocionar sus ventas por correo.
Este es el relato numero cuatro o tres de mi colección de favoritos. Es otro de esos relatos
fantásticos, bien escritos, con un excelente manejo de las imágenes y con algo que siempre
me ha gustado en Borges: que cuenta como quien cuenta algo de su vida, cuenta -si puedo
hacer la perogrullada necesaria- un cuento.
Creo, sin embargo, que un final más puntiagudo (emocionante, intenso) le daría más sabor al
cuento. Eso lo baja a la casilla cuatro o tres. Bien pudiera merecer un dos.
It. Por Theodore Sturgeon.
A Sturgeon le gusta crear seres increíbles. Ya lo había hecho en Respirador de Éter, lo hace
en It y lo volverá a hacer luego. Este es el otro relato que yo definitivamente nunca
calificaría como C. F. Es, más bien, un muy buen relato de suspenso. Me sorprendió
favorablemente el elegante manejo que Sturgeon tiene sobre el terror. La hilación de la
historia es interesante y tiene, como condimento, cierto juego de rompimiento de los planos
temporales que le da una misteriosa fascinación.
Las imágenes, como en todo cuento de suspenso y terror bien logrado, son de altísima
calidad y tiene un buen efecto sinérgico de asco y terror. El párrafo final tal vez es un poco
cursi para mi gusto. Pienso que sin él, el cuento ganaría. Eso no lo descalifica totalmente,
porque el final, más que inesperado y sorprendente, tiene la gran suerte de enlazar una
referencia al principio del cuento que le da ese agradable sabor a recurrencia.
La carretera imposible. Por Oscar J. Friend.
Este cuento cierra el Top-Five de mis preferidos en la antología. Está entre lo fantástico y lo
científico, lo cual, a mi gusto, le confiere un doble atractivo. Friend hace un buen manejo de
imágenes que producen el efecto de sorpresa y desconcierto, reflejo del ánimo de los
personajes, el Dr. Albert Nelson y su ayudante, Robert Mackensie, al encontrar, en medio de
una montaña boscosa y prácticamente virgen, algo que nadie esperaría hallar ahí. Los
acontecimientos forzan a Nelson a precipitar un destino que, tal vez, sólo haya estado
esperando por él para consumarse. La historia deja un intrigante aroma a participación de
fuerzas misteriosas, ¿extraterrestres? ¿dévicas?. Nunca lo sabremos.
Butilo y el respirador. Por Theodore Sturgeon.
Sin la obligada referencia a Respirador de Éter, este cuento pierde en toque de sacrificio
buena parte de su sentido y la oportunidad de embasarse en el Top-Five. Digo de
"sacrificio" porque esta historia habita en el contexto planteado por la primera. Fuera, se
convulsiona y agoniza. Conserva el tono ocurrente y la ambientación empresarial y tiene la
ventaja de terminar más felizmente que el primero. En este capítulo de la historia, Hamilton y
Berbelot vuelven a tener contacto con el respirador de éter. Otro punto que coloca a este
relato sobre el primero es el uso de imágenes y sinestesias poco comunes, bastante bien
logradas, sobre todo en el campo perceptivo del olfato... ya verán por qué.
Su eminencia. Por L. Sprague de Camp.
Algo curioso de L. Sprague de Camp es que su nombre pronunciado en buen inglés lo deja a
uno con la risible idea de desodorante de ambientes. Inténtelo usted mismo y verá como, casi
ineluctablemente, al pronunciar el nombre de este buen escritor, usted se encontrará
diciendo: "El espray de campo". Cosa detestable.
No he logrado determinar si el hombre realmente se llamaba así o si, siendo de origen
hispánico, tuvo la ocurrente idea de jugarle una broma a los angloparlantes.
En todo caso, Su eminencia es un bonito relato, no sobre un oso artificialmente super-
inteligente, sino, más bien, sobre un hombre (accidentado por la misma característica del
oso) con una irresistible tendencia a la broma y la vida lúdica.
Es curioso notar que no es el primer cuento donde se asocia la super-inteligencia con una
conducta patológicamente bromista. Respirador de Éter es la primera muestra. En todo caso,
Su eminencia brilla por lo ocurrente de las situaciones y la gracia de los personajes.
Confieso haberme reído un par de veces leyendo este cuento, pero, claro, hay quienes dicen
que soy un niño feliz y que me río de cualquier cosa.
Este es el último cuento de la antología. Mi objetivo no fue hacer un análisis detallado de los cuentos (me hubiera tomado unas ciento cincuenta páginas hacerlo) sino más bien hacer una presentación coloquial del volumen para invitarlos a leerlo. Espero que les agrade tanto como me ha agradado a mi y que, para continuar a la saga de aquel viejo normando, llegue a sus manos sin que tengan que desembolsar metálico.
1993
