Soledad

por Víctor Pineda

 
Sopla el viento en un domingo tétrico
como otro en la ciudad.
Así como cuando hay calma en la tormenta,
no sé lo que irá a pasar.
Tomo el auricular,
me dispongo a llamar
a aquel ser humano
que me tiende la mano
en medio de mi soledad.

Emerge la ciudad,
sus luces serpentean y no sé que decir,
ante todo el paisaje que se posa ante mí.
Sopla el viento una vez más,
todo se comienza a erosionar.

De sus ojos desciende como lluvia ácida,
triste incesante un torrente de lágrimas,
que corroe nuestra piel,
aumentando nuestro dolor.

Sobre un suelo estrellado de faroles,
hacia mi lar extiendo un camino.
Bajo el negro concreto de un cielo encandilado,
casi sin luceros, busco un rumbo y un destino.
Y casi al llegar,
sembrados en la acera están
un árbol, un hidrante y un farol,
y arriba sólo me espera,
una cama destendida en mi habitación.

 

1988

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