Sólo un juego

por Jorge De Abreu

Ciento cincuenta caballeros al trote por el camino, ciento cincuenta caballos sudorosos, ciento cincuenta espadas largas y pesadas, ciento cincuenta lanzas enhiestas de aguzado filo.

Pequeño-burgués dormía plácidamente, siempre lo hacía, en la cama circular que había en el centro de la habitación. A un extremo de la estancia, al lado de una extensión del cibergenético central, se encontraba Camarada tecleando con tranquilidad en el ordenador que tenía ante si. Pequeño-burgués se revolvió en la cama y abrió los ojos, el techo ondulaba del rosa al azul celeste, suaves tonos pastel. Pequeño-burgués se quedó un largo rato allí tendido, mirando absorto las suaves líneas ondulantes y la gradual degradación cromática. Al fín, aburrido, se apoya sobre sus codos y dirige su mirada hacia Camarada. Emite un sonoro bostezo, Camarada se vuelve con una sonrisa y le dice:

-Al fin despiertas.

-¿Qué haces? -pregunta sin mucho interés Pequeño-burgués.

-Sólo leía las noticias.

-¿Y?

-¿Y, qué?

-¿Algo importante?

-¡Ah! No, nada, lo de siempre.

-Bien -Pequeño-burgués se levanta. En realidad le importa poco cualquier noticia a menos que ésta lo afectara en algún sentido. Allá Camarada y sus tontos caprichos.

Pequeño-burgués se acercó al lavabo y se enjuagó el rostro, el sueño se disipaba de su mente rápidamente. Comenzó a afeitarse metódicamente y sin voltearse le preguntó a Camarada:

-¿Imagino que ya supervisaste la cosecha?

-Sí, esta mañana al levantarme.

-Bien.

Camarada apagó el ordenador y se levantó.

-¿Sabes? Creo que este año será magnífico. Sólo hemos perdido veinte mil hectáreas. Haremos un negocio redondo.

Pequeño-burgués sonrió, su mejilla se curvó y por consiguiente la hojilla realizó un pequeño corte en su rostro, pequeño pero doloroso. La sangre a pequeñas gotas inmediatamente comenzó a manar.

-¡Maldita sea!

-¿Qué pasa? -preguntó alarmado, Camarada.

-Coño, me corté. Hoy no va a ser mi día.

-Cálmate - Camarada se acerca y observa el corte.

-Mariquita, no es nada, sólo es un rasguño. Anda y cúrate. Cada día estás más chillón, Pequeño-burgués.

-Debe ser la edad -Pequeño-burgués sonríe y enciende la medimáquina, un poco anticuada pero funcional.- Así que la cosecha anda sobre ruedas -Pequeño-burgués entorna los ojos ensoñado por el deliciosos ronroneo de la máquina que estaba cicatrizando sus tejidos.

-Sí, creo que produciremos varias megatoneladas más que el año pasado.

-Magnífico.

-Te dije que este negocio era redondo.

-Sí, ya lo se -Pequeño-burgués estaba hastiado de oir lo mismo todos los días. "El negocio es redondo, ¿o no?". "Ya te lo dije". "¡Verdad que ahora no te arrepientes!". "Bla, bla, bla... ¡Blaaaaa!" Obstinaba de verdad la cantinela repetida una y otra vez. Pequeño-burgués observó detenidamente a Camarada y creyó ver un brillo en su mirada. Pajúo, seguro lo hacía a propósito. Sonrió.

La medimáquina cesó de ronronear y terminó su labor. Su voz mecánica (aunque en realidad era electrónica, sonaba mecánica. Pequeño-burgués creía que se trataba de un estereotipo) dijo:

-Tenga mayor cuidado la próxima vez.

Maldita máquina, si supiera como callarla. Si sólo lo supiera. Pequeño-burgués apagó la medimáquina y se sentó en una poltrona. Camarada se divirtió cuando vió el rostro de Pequeño-burgués, mitad afeitado, mitad sin afeitar.

-¿De qué te ríes? -preguntó algo irritado, Pequeño-burgués.

-No has terminado de afeitarte.

-Al diablo. ¿Quién me va a ver, tú? -Pequeño-burgués se rió de su ocurrencia.- ¿Ya comiste? -agregó por casualidad.

-No, tu bien lo sabes. He bebido sólo café, luego leí las noticias.

-Voy a comer, ¿quieres?

-Por supuesto.

Pequeño-burgués presionó el teclado de la electro-despensa, apareció el listado de áreas.

-¿Qué quieres?

-Me da igual.

Pequeño-burgués escribió "desayuno". El monitor le presentó otro menú y esta vez seleccionó "aves", "lácteos" y "pan". Los menúes pertenecientes a cada renglón aparecieron en ese orden. El estómago de Pequeño-burgués ya protestaba, así que apuró la selección.

Los árboles que bordeaban el camino ocultaban parte del ejército de caballeros que, con sus ornamentadas armaduras, marchaban hacia tierra santa. Sus estandartes plagados de cruces y colores pregonaban a leguas su divina misión. Sus espadas, pesadas y enormes, estaban prestas a caer sobre los perros infieles, los infieles de la colina, los de la fortaleza metálica que brillaba a través y por encima de la densa arboleda.

Los huevos y el queso ya comenzados a mutilar yacían exánimes sobre los platos. Pequeño-burgués cortó un trozo de pan y se lo llevó a la boca, Camarada comía apaciblemente frente a él.

-¡Camarada!

Camarada dejó en suspenso un trozo de queso que se llevaba a la boca y preguntó:

-¿Qué?

-¿Vamos a utilizar el ordenador ahora! -era una pregunta de tono ambiguo. Mitad afirmación, mitad pregunta.

-Ya lo había pensado. Sí, no te preocupes. ¿No te bastó con lo de anoche, eh?

Pequeño-burgués casi se atragantó pero logró articular:

-No me comprendes, Camarada, no es eso.

-¿No?

-No, no mas mujeres. ¿Acaso crees que lo tengo de acero?

-Yo creí... ¿No me digas que no te gusta? -preguntó con sorna.

-¡Carajo! Claro que me gusta, pero no por eso voy a estar acostándome con mujeres las veinte horas del día.

-Pero, Pequeño-burgués...

-¡No, he dicho que no! Desde que compramos el maldito programa es lo único que hemos hecho, estoy cansado, ¡estoy agotado! Siempre, siempre, noche tras noche. Hasta no saber que hora es. Comer a cualquier hora o no comer en absoluto, y sólo mujeres, y tirar, y luego dormir. No más, al menos por ahora.

-¿Es definitivo?

-Sí.

-Entonces, no mas mujeres.

-¡Espera, estás loco! No te precipites. Vamos a moderar, no a abstener.

-Es un alivio. Entonces, ¿qué hacemos hoy?

-Vamos a divertirnos un poco. ¿Quieres una batalla?

-¿Qué quieres decir?

-Escucha.

La elegante y reluciente fila se detuvo, los caballeros alistaron sus lanzas. Ante ellos se alzaba la imponente fortaleza, se persignaron y se lanzaron a la carga. Dispuestos a tomar la inmensa mole de metal.

PROGRAMA: creación.

AREA: Historia.

-¿Historia? -preguntó intrigado Camarada.

-Sí -Pequeño-burgués ingresó fechas y apareció un menú bastante restringido, seleccionó "cruzadas" y cargó el programa generador.

-¿Cruzadas? -preguntó Camarada.- ¿Qué vas a hacer?

Pequeño-burgués sonrió y continuó tecleando datos y comandos, le dijo:

-Vamos a tener una hermosa batalla.

-¿Quiénes?

-Nosotros.

-¿No es peligroso?

-Al contrario; son cruzados, unos bárbaros que sólo tendrán espadas y lanzas.

Pequeño-burgués rió y siguió imprimiendo órdenes. Camarada se sentó a su lado y observó el ágil movimiento de los dedos de Pequeño-burgués. No había dudas de que Pequeño-burgués era un artista creando cosas y situaciones. Camarada evocó las noches pasadas.

CONEXION A CIBERGENETICO.

Pequeño-burgués pulsa la orden y se vuelve hacia Camarada:

-Ya está.

-Comprendo la labor del cibergenético. ¿Pero... y las armas?

-Imagino que el cibergenético las generará.

-¿Materia viva?

-Quizás.

-¿Cómo lo sabes?

-No se abortó el programa. Esperemos. ¡Un momento! Alista el cañón misilístico de la torre.

-Con gusto... Y, toma -Camarada le lanza un revólver que saca de una gaveta.- Por precaución.

Pequeño-burgués asiente. Recoge el revólver y comprueba que está descargado. Menos mal. Ahora lo cargaría, tenía tiempo.

La tropa no alcanza el muro, una carga del cañón explota a tres metros de la formación causando el pánico y el terror. Pedazos de carne y hueso golpean a los sobrevivientes. Otra carga más y el campo se reduce a un cementerio donde yacen muertos y moribundos.

-¡Mira! ¡Mira, Pequeño-burgués! ¡Mira cómo corren!

-Déjame a mí ahora -Pequeño-burgués toma el cañón y dispara, cuando el humo se disipa ya nada se movía en el campo de batalla.

-Fue muy rápido -dijo algo frustrado Camarada.

-Tienes razón, la próxima vez utilizaremos un arma menos potente.

-En fin, nada es perfecto.

-Bueno, salgamos a rematar a unos cuantos. Ante todo que no sufran.

Vamos, pues -Camarada aún estaba un poco desanimado.

Pequeño-burgués salió al campo con su revólver y comenzó a reventarles la cabeza a los heridos que aún gemían sus desgarradas carnes. Qué buena idea había sido, después de tanta soledad, de soportar el trato de los mercaderes, ésta era una buena catarsis. Claro que sí. El único problema era el deshacerse de los cadáveres. Tendrían que quemarlos. ¡Qué inconveniente! Bueno, todo tenía su precio.

-Pequeño-burgués -dijo Camarada- la próxima vez podemos crear un campo de concentración. -Levantó la cabeza de un caballero mutilado que aún sollozaba en silencio y le metió el cañón del revólver dentro de la ensangrentada boca:

-Muerde esto, hijo de perra -y disparó.

Pequeño-burgués observaba como el ánimo de Camarada iba en aumento, parecía un niño con un juguete nuevo. ¡Qué feliz lucía! Definitivamente la idea de Camarada era buena, la próxima vez crearían un campo de concentración. Bueno, sin olvidar a las mujeres. Pequeño-burgués sonrió y volvió a disparar.

1985

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