Las Sombras

por José Parés

-Vengo a reportar la pérdida de una valiosísima cosa -dije al sargento de carpeta, quien estaba abstraído siguiendo con un lápiz una canal de comején que había sobre la superficie de su escritorio. Nada me contestó y más se introdujo en la canal para darme a entender que debía de esperar.- Por favor, perdone usted pero... -comencé nuevamente.

-No me moleste ahora. Tome asiento. Ya lo llamaré. ¿No ve que es inminente que llegue al final de la canal de comején? -Y añadió,- en este trabajo siempre hay que llegar hasta el mismo final de las cosas, nada puede quedarse inconcluso a menos que la muerte lo interrumpa, y aún, si éste fuera el caso, alguien proseguiría lo ya empezado por nosotros hasta lograr su total consumación.

Procedí a sentarme incómodamente en el banco de hormigón, el que a causa del frecuente uso, tenía en su superficie grabadas las formas de posaderas humanas. Huyendo del sol que se inclinaba diagonalmente a través de los cristales de la ventana, escogí el pedazo de banco más distante.

Tras una larga espera y ya que el sargento hubo terminado de dragar el Amazonas con todos sus tributarios en pos del comején, levantó el lápiz y en su punta bailaba el gusanillo crucificado en el grafito.

-¿Lo vé usted? Es el quinto que atrapo esta semana -dijo con voz no profesional.- Si no los persigo hasta capturarlos me devoran a mí primero que a las gavetas.

-Diga ahora que es lo que desea -habló ahora con voz de sargento. Me levanté y me dirigí hacia el escritorio, cuidando siempre no exponerme al sol durante la trayectoria, y describiendo cinco ángulos rectos me coloqué frente al comején y el sargento.

-Quiero reportar la pérdida de algo muy valioso.

-Parece usted un eco, ya eso lo había dicho usted antes, diga de qué objeto se trata.

-No se trata de un objeto.

-Pues la cosa, como me lo describió usted antes.

-Pero es que tampoco se trata de una cosa, esa palabra la usé sin meditar. A la verdad que no sé en que departamento ubicarlo.

-Pues no lo ubique usted y sólo diga qué es lo que ha perdido, y ande pronto antes de que descubra otra canal de comején.

-Se trata de mi sombra -contesté con la rapidez de una ráfaga de ametralladora, temeroso de que encontrara otra canal que significaría otra larga espera. Parecía no haber escuchado lo que dije, pues extrayendo una caja de fósforos del bolsillo de su camisa colocó el gusanillo en su interior. Acercó hacia sí el enorme libro que había en una esquina del escritorio. En la cara anterior del libro aparecía una litografía de una lechuza. Pensé que tal vez sería el emblema de la justicia. Luego desistí de mis conclusiones al acordarme que las lechuzas ven de noche.

Abriendo el libro, y con el lápiz aún húmedo de gusano, el sargento se aprestó a interrogarme y a apuntarlo todo.

-¿Y cuál es el tamaño de su sombra?

-Vera usted, señor sargento, si le diese una respuesta, sería ésta un dato correcto y a la vez inexacto ya que el tamaño de la sombra puede cambiar constantemente dependiendo del ángulo en el cual se encuentre la luz en el momento de tomar su medida; es decir, si el sol se halla en su cenit, la sombra puede alcanzar algunos centímetros, los cuales podrían prolongarse infinitamente hasta el ocaso.

-Pero, señor mío, tiene que ser más exacto y menos explícito. ¿No vé que será imposible hallar la sombra si no poseemos su descripción total y precisa?

-Me sitúa en gran dilema, pero vamos a tratar de totalizar y precisar. Escriba usted: cinco pies con siete pulgadas, pues siendo esa mi estatura y tratándose de mi sombra, nada más lógico e inexacto.

-Pongámoslo pues. ¿Sexo?

-Esto sí que lo ignoro. Nunca antes se me ocurrió investigar los sexos de las sombras, pero hombre, escriba usted masculino; pues recuerdo que en alguna ocasión perdida alguien comentó que mi sombra lucía muy varonil.

-¡Y seguimos haciendo equilibrios! ¿No le he dicho ya que la inexactitud puede llevarnos al fracaso?

Como no deseaba permanecer allí todo el día, le dicté una descripción íntegra asegurándole que la sombra era masculino, de ojos negros, raza blanca, cabellos castaños y una cicatriz en el brazo izquierdo. Pero el sargento, obviamente, no había concluido, ya que continuó:

-Bien, ¿y cuándo notó usted la desaparición?

-Bueno, fué esta mañana. Cuando salí como todos los días, tuve la sensación, esta vez, de que iba desnudo, pues todos al mirarme se apartaban con caras extrañadas. Esto se producía solamente cuando caminaba bajo la luz solar. En la sombra, sin embargo, todos me saludaban (los que me conocían, lógicamente) y se mostraban afables y sin distancias.

-¿No podría limitarse a contestar más concisamente y sin preámbulos? Desde luego que... si su desnudez... no quedará más remedio que tomarla en consideración.

Después de estas horribles insinuaciones, y esperando paciente mi reacción, procedió a extraer un tabaco al que hizo un agujero en la cabeza con la punta del lápiz. Traté de controlarme, pero no pude menos que estallar.

-¡Señor sargento, no ha habido ninguna desnudez! ¡Lo que dije...!

-Mire buen hombre, nadie puede sentirse desnudo si no lo está , y al usted admitir que la gente lo miraba... "con caras extrañadas"... es razón y prueba concluyente.

-¡Mire! ¡Lea! ¡Por favor! Y antes de perder mi compostura. ¿No explican mis palabras que suceden a la supuesta desnudez, sin nebulosas, que a la sombra otros me saludaron afablemente?

-Muy claro. No pongo en duda sus nebulosas. Pero es que también ha dicho que estas personas que lo saludaron eran conocidas, denotando este hecho que a pesar de su desnudez se sentían obligados a saludarlo para aminorar la vergüenza de tan incómoda situación. ¿No?

Ya mi paciencia alcanzaba su límite y casi cometo la estupidez de marcharme sin cumplir mi propósito de recuperar mi sombra perdida. Sólo logró contenerme el recuerdo de la muchachería que me había perseguido por la calle gritándome vampiro.

Poniendo cara de incomprendido arremetí nuevamente. Esta vez poniendo en práctica todos los recursos de mi paciencia. -Estimado señor mío y muy competente sargento de carpeta. -Una sonrisa de satisfacción le partió la cara en dos.- Lo que no he sabido explicarle, y quisiera que usted me entienda, es, que por haber perdido mi sombra (cosa imposible de esconder bajo el sol) la gente en la calle me tenía por un monstruo de celuloide. ¿No es acaso, mi buen amigo, harto insólito no proyectar sombra alguna en un bello día de sol?

-Positivamente. Sin duda. Ya lo creo que es insólito. ¿Cómo se percató usted de su desaparición?

En este instante el sargento comenzó a rascarse las piernas con la furia de que algo le picaba. Hice una pausa para esperar que ‚l hiciera otra. Luego proseguí.

-Comenzar‚ por relatarle algunos sucesos acontecidos ayer. Escuche, ayer tuve un día muy complicado. Pero esto no viene al caso. Soy cobrador y ya sabe usted cómo hay que caminar en este trabajo. Todo el día estuve caminando. De tanto rodar por las calles mi sombra estaba inmunda y decidí lavarla antes de acostarme.

-Muy interesante, muy interesante.- Volvió a rascarse con mayor insistencia, y añadió: -No se me había ocurrido que debe ser muy higiénico lavar la sombra.

-Ya lo creo, por lo menos una vez a la semana. Las calles están tan sucias... la gente escupe... los perros... en fin, tanta inmundicia que barren nuestras sombras.

-¿Y la lavó usted en seco o con agua y jabón?

-Desde luego que con agua y jabón, porque mi sombra no encoge. Y cuando ya olía a limpio la tendí a secarse en la galería asegur ndola con dos palillos.

-¿Eran estos palillos de material pl stico o de madera?

-¡Y qué más da de que material eran, señor! ¡Cómo si fueran de bagazo de caña!

-Pues mire usted si es importante, si fuera el caso que encontrásemos una sombra con palillos plásticos prendidos, y sucediera que la suya fue tendida con palillos de madera, ¿cómo podríamos identificarla como la suya?

-¿Es que acaso la gente pierde sombras todos los días? ¿Son acaso estos accidentes tan frecuentes? -dije con sarcasmo.

A estas alturas del interrogatorio, y antes que pudiese dar contestación a mis preguntas, fuimos interrumpidos por dos señoras muy gruesas que, alarmadísimas, entraron y se dirigieron al escritorio sin esperar su turno ni pedir permiso. Se colocaron a cada lado mío y casi me exprimen tratando ser cada una la primera en hablar.

Una gritó más fuerte que la otra:

-¡Por favor, teniente, he perdido mi sombra! ¡Mi sombra! ¡Haga algo!

-¡También yo, capitán! -dijo la segunda.- ¡Cree usted que algún carterista...?

-¡Calma, señoras, calma! -se rascaba el sargento.- ¿Pero es que acaso el comején me ha enloquecido? ¿Es que bromean ustedes? ¿Cómo es posible que...!

Una gran muchedumbre invadió la sala forcejeando entre ellos para atravesar la puerta antes que el próximo. El terror que los acompañaba se traslucía en sus voces alteradas y en "do" de pecho gritaban:

-¡Mi sombra, socorro, mi sombra! ¡Ladrones!

-¡Orden, orden! ¡Silencio! ¡Calma, silencio, orden! -clamaba el aturdido sargento, impotente ante la avalancha.

Reaccionando, se puso de pie para intentar detenerlos. Al tratar de dar un paso cayó sobre las losetas. Hacía vanos esfuerzos por levantarse pero no pudo porque la pata derecha de su pantalón estaba vacía. El comején, como pirañas del Amazonas, le había devorado la pierna.

Las últimas palabras que escuché de él, mientras trataba de salirme de aquella confusión, fueron:

-Yo sabía: Primero que a las gavetas... -pero no alcancé a oir el resumen.

Como pude alcancé la puerta y salí a la calle, me lancé a correr y con grandes zancadas dejé atrás seis cuadras. Poco a poco, y al notar la calle desierta, me fui deteniendo.

El sol, que se hallaba oculto, se asomó repentinamente. Al instante aparecieron centenares de sombras arrastrándose por las calles y aceras. Transitaban como si nada hubiera ocurrido.

Accidentalmente me había parado sobre una sombra gorda la cual me dijo dos o tres insultos y que tuviera más cuidado. Pedí excusas y proseguí hacia mi casa saltando sombras para evitarme disgustos.

Fue entonces, y mientras caminaba entre tanta soledad, cuando me dí cuenta de que toda esta situación era mi culpa. Yo, quien por el solo hecho de querer asear mi sombra, había causado aquella cadena de desprendimientos. Nadie podría obligar a las sombras a vivir cosidas a nosotros nuevamente. ¿Cuál sería su próxima reacción? No sería yo quien se sentaría a esperar hasta averiguar la respuesta a esta pregunta.

Llegué a casa. Con aparente tranquilidad me dirigí a mi escritorio. En la superficie había algunas canales de comején que antes no existían. Aunque el comején ya nada me importaba no pude evitar el recordarme del sargento. Abriendo la gaveta central me apoderé de la pistola que allí guardaba. Apunté y disparé. La puerta de la calle se abrió en ese instante. Por ella entraba un chorro de luz solar. ¿Quién llegaba? Era mi sombra, limpiecita, que venía del mercado cargada de mandados. Mientras sentía una fuerte comezón en mis piernas me fui vaciando hasta quedar muerto.

1983

[Cygnus 4] [Página Principal]

Queda prohibida su reproducción total o parcial sin el previo consentimiento de los autores, o en su defecto de UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción.
© 1998. Todos los derechos reservados.