Testigo

por Juan Carlos Aguilar

Un universo, un mundo, joven, naciente. Un ser en contemplativa fascinación. El-Ella había venido de un No-Lugar fuera de aquel universo.

Desde el montículo de lava subenfriada veía. Era ajeno al Tiempo y al Espacio, por eso veía.

En los estertores del comienzo vió como furibundos mares de magma escupían las entrañas de la futura corteza, como los vapores que brotaban del corazón de aquel mundo llenaban el tenue manto que era su atmósfera. Pudo ver como se confabularon potencias en el cielo y la tierra para herir aquellos gases primigenios con destellos de energía que prepararon los enlaces cruciales. Mientras, la saturada atmósfera descargaba su vital carga, enfriando la superficie de aquel mundo.

Y las eras pasaron, mas no para El-Ella para quien aquello no tenía significado. Así, imperturbable esperó. Esperó para ver la formación de aquel primer ser unicelular, por siempre inconsciente de su infinita trascendencia.

Vio al ser que se aventuró a respirar, por vez primera, la primitiva atmósfera, y a sus descendientes creciendo hasta convertirse en enormes criaturas de torpes cuerpos e insignificantes conciencias.

Estuvo allí cuando la catástrofe se cernió sobre el mundo de aquellos colosos, dando paso a una generación de entidades más adaptables al medio cambiante.

Finalmente pudo ver la mano de lo que Es dotando de una dosis inusitada de conciencia a un ser peludo que bajaba de un árbol. Sintió entonces, hacia ese tosco ser, una especial e inexplicable simpatía. Pronto percibió la afinidad de aquella conciencia con la suya y comprendió.

Regocijado ante aquel conocimiento, desplegó majestuosamente sus alas y se lanzó al vacío, remontando las dimensiones de aquel ancestral universo.

Había visto, había entendido.

1990

[Cygnus 5] [Página Principal]

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