Sentado en el puesto de vigilancia observaba a los hombres como gastaban su vida trabajando. Nadie pensaba en mí, sólo cuando habían problemas me inculpaban diciendo que yo era el causante.
Vigilaba una zona de alrededor cien kilómetros cuadrados, la cual me había sido asignada un par de meses antes. Tenia a cargo cuarenta casas y parte de los campos que rodeaban este pequeño caserío.
Años antes tenía a cargo una gran ciudad con muchos clientes deseosos de mis servicios y a medida que fue aumentando la mano de obra, lentamente me desplazaban hacia las afueras de la ciudad hasta llegar al maldito campo donde...
Sentí una brisa fría que me golpeaba el rostro trayendo un hilillo de esperanza, era un llamado de auxilio. Lentamente me erguí sobre la roca en la cual me hallaba. Respiré hondo, una y otra vez, este aire reconfortante. Viendo el abismo a mis pies, desplegué mis alas y me lancé hacia él, moviendo mis alas a una velocidad increíble dirigiéndome al lugar donde era necesitado. Lo vi, un hombre alto, delgado de pelo negro, resuelto a pactar conmigo. En ese momento reafirmé mi fé en las posibilidades infinitas del hombre decidido.
1990
