Tío José Antonio

por Jorge De Abreu

Todavía recuerdo el viaje a la finca de mi tío, la carretera interminable, el exuberante verdor que se desbordaba de los valles, y los ríos caudalosos y cristalinos que se escuchaban como las risas de una multitud de enanitos jugando bajo las pulidas piedras que el agua lamía. La finca se encontraba al final de un camino de piedra y yo me hallaba absorto en una muda contemplación, con el temor arañando mis tímpanos, con el silencio del monte pendiendo de mis oídos; silencio interrumpido con frecuencia por el canto de los grillos y el croar de alguna rana solitaria.

La casa era vieja, vieja como si la sola palabra fuera un triste adjetivo que embargado de vergüenza cumplía con su obligación. Un enorme caserón con un enorme patio interior plagado de helechos y hongos, con el olor tropical envolviendo las paredes, emanando de la negra tierra. Mis ojos iban y venían, de un lado a otro, intentando crear con su roce contra las órbitas que los contenían algún ruido que calmara mi aprensión.

-¡Alberto! -tío José Antonio me llamó desde su silla. Digo su silla porque era su silla, una silla de tosca madera, con muescas de miles de manos que la habían cambiado de lugar, de marcas de miles de insectos que la habían herido con su insaciable gula.

Tío José Antonio era un hombre flaco, flaco como un esqueleto sin huesos, que al caminar daba la impresión de que el mundo fuera una mierda, y él, sólo él, valía la pena. Era un andar acompasado, como marcando un paso, uno y dos, uno y dos. A cada paso movía su cabeza y veía con sagacidad a su alrededor, pero siempre terminaba viendo hacia arriba, con un orgullo despectivo, con una natural superioridad hacia el terreno que lo ataba a este mundo. Era verdad, yo veía a tío José Antonio y se me olvidaba que era mi tío, que era hermano de mi madre, lo veía ahí parado llamándome y casi me parecía un santo de esos, de esos santos milagrosos de estampitas que cuestan diez bolívares si no son plastificadas. Parecía un ángel del cielo con su cara enjuta y sus ojos negros que miraban el techo con orgullo cuando caminaba y que escupía con desprecio el suelo, como queriendo envenenar para siempre este planeta y que todo se fuera al diablo. Por eso cuando lo veía olvidaba todo y creía que este mundo era una mierda en comparación.

Creo que lo único que lo ataba a este planeta era tía Julia, su esposa. Ella era una mujercita pequeña, pero con una vivacidad en su rostro que alegraba la vida de todos los que se cruzaban en su existencia. Era la luz de tío José Antonio, cuando ella llegaba y se le colgaba de la cintura, él bajaba la vista y la veía con amor, y ya el suelo no le parecía asqueroso y repugnante. Ella reía y él sonreía, y sus ojos brillaban de felicidad; cuando ella murió temí lo que cualquier ser normal con cuatro dedos de frente hubiera temido.

Ella era un pequeño angelito que volaba y aturdía al gigantesco santo que odiaba este planeta. Ella era un cordón que unía a tío José Antonio con un mundo que detestaba con toda la excelsa grandeza de su gloria.

Todavía recuerdo el día en que me llevó a su cuarto, no su dormitorio sino su cuarto, el cuarto más grande y pavoroso del mundo. Subimos las escaleras despacio, él adelante y yo detrás. El lentamente colocaba sus pies sobre los escalones como con asco del contacto con la superficie del planeta que tanto despreciaba, y yo lo seguía, fatigosamente, tratando de mantenerme cerca de él. Ese día tenía mi traje de marinerito que tanto odiaba, me producía un malestar absoluto el tener que ponerme ese traje afeminado. Mi tío lo sabía y me lanzaba de vez en cuando una mirada desaprobadora, pero continuaba subiendo y alzaba de nuevo la mirada con altivez hacia el techo de caña brava. Mi tío sacó su llave, una llavezota que parecía un bastón, y abrió la puerta. Adentro estaba lo que quería mostrarme, me hizo jurar que guardaría el secreto y luego que lo hube hecho, entramos. Adentro, en el gigantesco cuarto, estaba la máquina.

Tío José Antonio me dijo que la máquina destruía mundos, yo le oía y veía con asombro las miles de lucecitas que parpadeaban una y otra vez, los innumerables botones de distinto color que se encontraban cubriendo la máquina. Tío José Antonio me dijo que la había construido con sudor y pensamientos, con rencor y amor, con caña brava y excrementos, con el viento y el croar de las ranas de la charca. Me permitió que tocara la máquina, era suave como piel de conejo y vibraba como una lucecita que intermitentemente se apagara y encendiera una y otra vez. Tío José Antonio me dijo que apretará unos cuantos botones y me divirtiera. Presioné un botón y no pasó nada, me volví desilusionado y lo ví a la cara; tío José Antonio estaba ahora enmarcado por las luces que se encendían y apagaban encandilándome, en ese momento si parecía un santo de estampita plastificada con calendario en el lado posterior, él me explicó que había destruido el planeta no sé cuál que quedaba quién sabe dónde, y me dijo que podía apretar más botones si quería, pero que no apretara el botón rojo que estaba a mi izquierda. Me lo señaló, era un botón grandote de color rojo chillón desagradable. Me dijo que era el botón que destruía a la Tierra, lo mir‚ fascinado. Recuerdo que presioné otros botones, pero no apartaba la vista de ese maldito botón que apestaba como una bola de excrementos pululante de gusanos en putrefacción.

Mi tía Julia ha muerto, el cuarto todavía lo recuerdo claramente. Mi tío José Antonio con su figura de santo, con su odio y repugnancia por la Tierra. Y el botón rojo que ocupa el centro de la máquina, y espera. Todavía todo existe, ignoro si mi tío es inmortal, pero aún hay tiempo. El velocímetro marca ciento cuarenta sostenidos, en mi bolsillo se encuentra una Walther P-38. ¡Dios, ayúdame a llegar a tiempo! Perdóname, tío José Antonio, perdóname.

1985

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