La Transformación

por Pablo Lau

La luna asomaba su blanca redondez por entre las nubes grises que, como etérea bóveda, cubrían el bosque sombrío. El viento, invisible titiritero, llenaba de lentos y ondulantes movimientos los seniles troncos de los gigantes.

Ajeno a este paisaje, un hombre se abría paso torpemente por la enmarañada vegetación. Los pensamientos se agolpaban apresuradamente en su cabeza y le impedían pensar cuerdamente. Solamente seguía las órdenes que, desde algún rincón apartado de su mente, lo guiaban hacia las oscuridades del bosque. El corazón le golpeaba fuertemente el pecho, desgarrado al igual que brazos y piernas por las innumerables espinas y ramas rotas que se clavaban en su piel. Poco a poco comenzaba a tomar conciencia de su estado, frente al cual las heridas eran simples rasguños.

De repente, como abatido por un rayo, se desplomó a los pies de un gran árbol seco, víctima de una fuerte puntada en la cabeza. Se estremeció al imaginar lo que estaba a punto de ocurrir. Nadie en el mundo podía imaginar las horrendas experiencias por las que tenía que pasar ese desgraciado ser. Nunca, desde el comienzo de la vida, criatura alguna había padecido tan horrible pesadilla.

Un inaguantable dolor en todo el cuerpo, como si los músculos y huesos se alargaran y cambiaran de forma bajo la piel señalando la inminencia del proceso de transformación.

Las manos, las primeras en sufrir el cambio, se encorvaron y agrandaron, al mismo tiempo que enormes garras crecían en la punta de los dedos. Gimió de dolor al sentir crujir los huesos y cambiar violentamente de posición las vísceras. Sintió como los colmillos se alargaban hasta sobresalir de la boca que lentamente se transformaba en un hocico alargado. En medio de fuertes contracciones, una largo alarido explotó en sus pulmones y derrumbándose, perdió el conocimiento.

Cuando despertó, el sol comenzaba a calentar tímidamente su cara, obligándole a parpadear. Levantó trabajosamente su cuerpo, lacerado por los acontecimientos de la noche anterior y adolorido por la terrible experiencia de la transformación. Se sacudió para liberarse del agua que bañaba su cuerpo y se lamió las heridas, antes de emprender el camino por el bosque que conocía tan bien y en el que viviría normalmente hasta la próxima noche de luna llena, cuando volvería a pasar por la insoportable pesadilla de transformarse en hombre.

1986

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