Transmutación Sensorial

Por William Goitía

Mención honorífica en el IV Concurso Literario

Andando casi a ciegas, tropezando constantemente con la espesa neblina que arropa la cuesta del cerro y se extiende sobre mi material y su peso, lo que provoca que sean mucho más lentos los pasos de la voluntad, única responsable de mi andar continuo; hasta llegar aquí, a este lugar, en este preciso momento. Es entonces cuando los ojos de mi mente perciben los fotones procedentes de vidas humanas.

Ahora junto a ellos, comienzan a hormiguear las preguntas en la mente: ¿cómo había hecho para subir hasta esta altura del cerro sin equipo mínimo y además solo? Me tiré al suelo de la tierra y al del pensamiento en busca de respuestas.

Al intentar hablar con mis congéneres -que hasta el momento no parecían notar mi presencia- las palabras no se lanzan al aire, como de costumbre; al querer moverme no lo consigo: el esfuerzo por exteriorizar mis pensamientos y actos es supremo, pero vano; ni un susurro ni el leve movimiento de un dedo.

Sin embargo, me extraña la lucidez mental en la que me encuentro. Puedo observar como, de pronto, el rostro de una de las personas que me rodean, va adquiriendo la expresión que sólo suele presentarse en estos casos, cuando sentimos la muerte muy próxima; yo sólo lo miraba, y por Dios, no era que no quisiera hacer otra cosa.

Mi frenético espectador se aproxima, sus proporciones se hacen cada vez mayores, hasta ser sólo un rostro, y finalmente sólo ojos que me observan.

Ante mis sentidos ocurre una gradación a través del tiempo; del oscuro al blanco y del silencio al bullicio: de la inconsciencia a la vigilia. Estoy en mí, pero no sé en que parte del espacio; no sé que ha sucedido, cómo he llegado hasta este lugar; de cualquier manera que haya sido, una enorme alegría por estar con vida me invade.

Moviendo cada una de mis fibras musculares, comienzo a lograr transportar mi osamenta a donde me lo propongo, en contra de la gravedad, y todo este proceso lo disfruto como nunca antes algún ser viviente, sobre este planeta, dudo que lo haya hecho.

En este proceso de supremo deleite, me sorprenden unas potentes luces que atropellan mis ojos, dejándolos inconscientes, momentáneamente. Escucho sonidos de motor y en fracciones de segundo me encuentro suspendido en el aire. Hágole blanco a un enorme peñasco, que va adquiriendo las configuraciones de un rostro que me apunta con su mirada. En la medida que me le acerco, mis proporciones relativas a éste, cada vez son menores, hasta apenas ser un punto dentro de sus ojos. Una sensación próxima al dolor, me va invadiendo y manifestándose en colores opacos, salpicados de minúsculos puntos luminosos.

Ruidos, luz, imágenes: un techo de cinc, paredes de tablas con parches de colores, una ventana, una cama, sobre la cual me encuentro.

Nuevamente me ha ocurrido, este desaparecer y aparecer, desfasaje de tiempo y espacio. Desconcertándome esta transformación de la materia que me rodea -o acaso un ir y venir en el tiempo- y el no comprender la manera en que pueda estar sucediendo.

Mis ojos caminan por la habitación, y en este deambular visual soy testigo de la transformación del techo, en un rostro gigantesco, con unos ojos atentos y curiosos que me recorren repetidas veces de izquierda a derecha, hasta detenerse justo ahora.

1988

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