Trina

por Jorge De Abreu

El hecho geográfico.

Trina se alza en una meseta sin nombre en un lugar desconocido. Todo el mundo la conoce, creen olvidarla pero siempre está allí, al acecho, pronta a surgir y condensarse (con meseta y todo) ante la vista de los presuntos amnésicos. Una niebla la envuelve, una niebla perenne que oculta las luces de las amplias avenidas y difumina las verdes terrazas de los suburbios. Quién no ha estado en Trina no lo recuerda. Yo estuve una vez y no lo recuerdo, sólo tengo la impresión de conocerla, de haber olido sus cloacas y haber visto su miseria. Trina viaja por todo el mundo y está en todas partes.

Primera premisa.

Toda verdad está compuesta de mentiras.

Primera verdad.

En Trina existe un palacio que nunca se termina de construir, al terminar un salón siempre hay una puerta que conduce a un solar vacío. El arquitecto se encoge de hombros y continúa su trabajo, los obreros no tienen tiempo de encogerse de hombros y sudorosos continúan la construcción. El arquitecto siempre se preocupa de dejar una puerta abierta hacia un solar vacío. Los obreros dicen que trabajar es saludable. El arquitecto manda y prosigue la construcción.

Uno.

Cuando los franceses llegan a Trina siempre gritan: ¡Le Trina!, ¡Le Trina!

Segunda verdad.

Un general me dijo que Trina no existía. Luego continuó alabando las bondades de una buena guerra, me ofreció su espada y exclamó: "¡Sólo un acero hace olvidar a Trina!" Me sonrió y prosiguió su historia sobre los héroes guerreros que mataban por su patria, de pronto calló. "¿Qué pasa mi general?" "Trina, maldita sea, Trina." Y rompió a llorar. Fué cuando supe que había perdido todo un regimiento en el subsuelo de Trina. "Maldita ciudad." "¿Cómo pasó?" "Fue como un matamoscas, sólo que no éramos moscas." Ahora lo sé, Trina cobija un regimiento de cadáveres que todavía sonríen y confían en su general. "Me suicidé de vergüenza, pero el recuerdo me mantiene vivo." "Lo sé, mi general, lo sé." Aún recuerdo el paso cansado del general cuando se alejó de mí por las tortuosas calles de Trina.

Dos.

Yo leí en un periódico que Trina necesitaba habitantes. Los anteriores estaban en huelga.

Tercera verdad.

En Trina hay burdeles. Cada cuatro casas se encuentra un burdel, allí se pueden conseguir mujeres de todos los tipos, grandes o pequeñas, de senos inmensos o microscópicos, de muslos generosos o consumidos, vírgenes o prostituidas, violadas o respetadas, soñadas o reales, dulces o amargas. Las hay que castran, hay otras que masturban, otras simplemente se acuestan y hacen el amor hasta que el hombre eyacula y les empegosta el útero de ese magma que vive y coletea, de esa viscosidad blancuzca que asfixia. Hay mujeres que aman a mujeres y se restriegan entre sí los vientres hasta escocerse. Hay hombres que aman a hombres, u hombres que prestan su miembro a mujeres ansiosas, también hay hombres que se masturban y masturban, y un cuarto lleno de semen hasta el techo que siempre termina por derramarse. El viajero nunca consigue en Trina el burdel que necesita pues es muy exigente.

Tres.

En Trina nunca hay violaciones. Las mujeres se violan a sí mismas.

Segunda premisa.

La mentira es una verdad tergiversada.

Cuarta verdad.

Un hombre me dijo que Trina no existía, que Trina era una mujer que, desnuda, cabalgaba sobre su corcel cubierta únicamente por sus largos cabellos. Le dije al buen hombre que se equivocaba, que esa mujer se llamaba Godiva. El pareció molestarse y mencionó algo de una ciudad llamada Godiva. Ahora recuerdo que no recuerdo que recordaba lo que recordaré. Trina es una mujer. Trina es una ciudad. Trina es una mierda.

Quinta verdad.

La única verdad es que todo es mentira.

Cuatro.

Un hombre compró un mapa de Trina pero tuvo que botarlo pues la ciudad desapareció.

La burocracia.

Trina no tiene burocracia porque ella misma es la burocracia, ella es la última fase de evolución de la administración pública: La burocracia como forma de vida. Se venden folletos que explican al visitante cómo prolongar una entrevista, cómo retardar sus gestiones y cómo destruir todo lo hecho con una ingeniosa equivocación. Todos los años se elige al burócrata modelo. Lástima que el premio nunca esté a tiempo.

Cinco.

Una mujer parió un hijo en Trina, aún no sabe de qué nacionalidad es.

Sexta verdad.

Hace varios siglos todos los habitantes de Trina se suicidaron. Los nuevos habitantes se comieron los cadáveres que cubrían las calles porque estorbaban en su camino. Un cronista de la época dijo: "Son tantos y la ciudad es tan pequeña. Si se querían suicidar debieron hacerlo en el cementerio. Fué una desconsideración."
Trina es una hermosa ciudad donde la gente sale a trabajar y luego regresa por las noches, cansada, a dormir. Y así todos los días, todos los meses, todos los años, todos los siglos.

Seis.

Un famoso poeta escribió: "Trina."

El interrogador.

El interrogador es el que interroga.

El interrogado.

El interrogado es a quien interrogan.

El medio que los une.

El vínculo que relaciona al interrogador con el interrogado es el interrogatorio.

Siete.

Una vez un anciano senador romano dijo: "A Roma los que son de Roma y a Trina los que son de Trina."

Una sociedad.

En Trina la sociedad se divide en interrogadores e interrogados. En los burdeles las prostitutas interrogan a sus clientes, en las oficinas los empleados a los infelices (con sus folletos), pero en general son simplemente interrogadores que interrogan a interrogados.

Séptima verdad.

En Trina no hay niños que trabajan, ni que mendigan, los han matado a todos. Tampoco hay locos ni retrasados mentales. Trina es una ciudad paradisíaca, me rompe el alma la felicidad que embarga a sus habitantes. Cuando un habitante de Trina ve a un niño que mendiga lo pisotea hasta que muere y le dice que trabaje. Cuando un habitante de Trina ve un niño trabajando lo pisotea hasta que muere y le dice que... La vida en Trina es muy apacible para quienes nunca han estado allí.

Ocho.

Cuando un niño llora me olvido de Trina. Y cuando ríe también.

Los personajes.

Andrés Navarro, el interrogador y Carlos Villegas el interrogado.

Lo que sucede.

Una estrella brilla en el cielo y su luz ilumina una ciudad olvidada que todos recuerdan. Trina se alza sobre una meseta, sobre una montaña, un río o el mar. El que olvida Trina se olvida de la vida y recuerda los pensamientos de la noche que huye del día. El regimiento que gime su derrota y su general que no dice nada. Solo, escucho, y la gente grita con mil gargantas heridas de muerte. Y la estrella brilla e ilumina la ciudad, grito a la Luna su fría complacencia y copulo con los árboles que se yerguen sobre el terreno vomitando sus hojas sobre mi sudoroso rostro. Me siento sobre una piedra y observo a Trina envuelta en la niebla, lloro de alegría y pisoteo a un niño que le mendigaba a los árboles sus míseros frutos. Me vuelvo y veo a una mujer que me dice burdel. Be u ere de e ele. Burdel. Le sonrío y ella me llama. Acaricio su piel aspérrima, como una lija, y la poseo con furia y dolor. Retiro mi pene sangrante, hostigado por un millón de agujas sudorosas, y me acuesto sobre la hierba, la mujer se aleja por el camino con mi pene en sus manos. ¡Puta! ¡Puta! La estrella brilla e ilumina mi vientre saciado y las retorcidas calles de Trina que bordean los edificios enjalbegados como los huesos de tío Hipólito. Trina no existe y levanto la cabeza, Trina no existe y recuerdo su no existencia como una existencia que duele y tortura. El horizonte se abre ante mí.

Nueve.

Trina, letrina, vitrina. Vitrina, letrina, Trina.

Octava verdad.

En Trina se elige como gobernador al hombre más incapaz, porque siendo como es, incapaz, no se le puede exigir que realice una buena administración. La confianza de los votantes nunca es defraudada y Trina se halla en medio de una sutil y deliciosa decadencia, y envuelta por el más delicado caos. Es una honesta manera de morir.

Los hechos.

Andrés Navarro oprimió un botón y en el fondo del oscuro cuarto se reflejó la figura de un cubo.
-¿Qué ves? -preguntó.
-Un cubo -contestó Carlos Villegas.
El cubo rotaba, se trasladaba, se simetrizaba a si mismo y cambiaba de colores.
-Es bonito -dijo, Carlos.
-¿Qué es bonito? -preguntó, Navarro.
-El cubo.
-¿Te parece?
-Sí.
El cubo seguía trasladándose y simetrizándose continuamente. Las aristas se prolongaban, encogían o desaparecían. El cubo se agrandaba, empequeñecía o desaparecía. Los colores se desplazaban alegremente a lo largo del espectro.
-Es inanimado -concluyó, Carlos.
-Es cierto.
Navarro presionó otro botón y apareció un conejo que saltaba continuamente. Carlos vió cómo los músculos de las patas traseras se tensaban en el salto y cómo las patas delanteras actuaban como muelles en la caída.
-¿Qué ves? -preguntó, Navarro.
-Un conejo.
-¿Cómo lo sabes?
-Por sus ojos.
-¿Sus ojos?
-Tiene ojos de conejo.
-¿Cómo son los ojos de un conejo?
-Son... huelen a zanahoria.
El conejo, incansable, saltaba en medio de la oscuridad, siempre iluminado por el haz de luz hirientemente blanca.
-¿Qué es la realidad?
-La realidad es un conejo.
-¿Como ese? -Navarro señaló el conejo manchado que saltaba de un lado a otro.
-Es un conejo, salta zigzagueando hasta que no sabe donde está -dijo Carlos sin oírlo.
-¿Y la no realidad?
-Es todo.
-¿Todo?
-Yo no soy real, sólo soy lo que soy.
-¿Y yo?
-Tu... el conejo... Sus ojos... La realidad.
-Te entiendo.
-Yo no.
-Ese conejo -comenzó a decir, Navarro- es real aunque su imagen no lo sea. Estás viendo la irrealidad de la realidad.
-Comprendo. Es como escuchar un disco.
-Más o menos.
-¿Por qué me interrogas? -El conejo ya se había detenido y ahora se lamía las patas.
-¿Yo?
-Sí.
-Estamos en Trina.
-Sí.
-Debo interrogarte.
-¿Qué quieres saber?
-Nada.
-¿Por qué me interrogas?
-Sólo debo interrogarte.
-Continúa.
Navarro apaga el proyector. El conejo desaparece engullido por las tinieblas que invaden la habitación, pronto Carlos y Navarro no se ven en medio de la oscuridad.
-¿Me oyes -pregunta, Navarro.
-Sí.
-¿Existo?
-Sí.
-¿Soy real?
-No lo puedo concluir.
-¿Por qué?
-Nadie puede definir la realidad pues es algo irreal.
-¿Qué es irreal?
-Definir la realidad. Es cuestión de enfoque.
-Amanece.
-¿Qué tal si tomamos un café?
-Perfecto.
Navarro y Carlos salen de la habitación, el cálido sol acaricia sus rostros. La niebla se alza de Trina, la gran ciudad aposentaba sobre una meseta, la ciudad que está en todas partes y en ninguna. La ciudad que sueña como un conejo.

Novena verdad.

Trina no existe. Su sociedad, interrogadores e interrogados, es una utopía. Así me lo contó un anciano que estuvo una vez allá. Yo he estado varias veces y he pensado en nacionalizarme, pero no sé cómo llamaría a mi nuevo gentilicio. Es algo que no recuerdo.

Diez.

Una vez que un interrogatorio termina, los participantes salen a tomar café y a hablar de cubos y conejos. Eso es real. Lo irreal son los interrogatorios.

Décima verdad.

Trina no existe. Trina existe. Mi nacionalidad, la patria. La guerra y un regimiento enterrado en el subsuelo. El arquitecto y las puertas que se abren a solares vacíos. El interrogador y el interrogado. La realidad y la irrealidad. La negación de la afirmación. Los conejos que comen zanahorias que huelen a ojos de conejo albino. La sangre de mil menstruaciones que ahoga las vulvas de un millón de rameras. Mis sueños bajo los árboles. La ciudad que está donde no hay miseria. Los niños pisoteados. Los perros que orinan las esquinas de los muros que rodean a los felices habitantes de Trina. Los franceses que gritan: ¡Le Trina!, ¡Le Trina! y los hombres que aborrecen a los aborrecidos. Mi vida engañada por mis actos y el sudor de mil cópulas con la tierra. La baba biliosa de un enfermo que muere. La vida ofrendada por un soldado que corre. El general que vaga sin recuerdos y con mil cruces sobre su espalda. El maestro que juega a Torquemada y los judíos que se dejan matar en campos de concentración. Mi conocimiento y mi persona. Mi vida en Trina. Mi muerte en Trina. Mi sueño y mi ofrenda son Trina. Yo conocí Trina.

Epílogo.

Lamentablemente no he podido demostrar la existencia de Trina. Júzguese la verdad según las pruebas. Yo se que Trina existe, todos lo saben, todos lo olvidan.

Post-epílogo.

Navarro camina por la ciudad desierta, a su lado Carlos observa en silencio.
-¿Dónde estamos? -pregunta.
-En Trina.
-Pero... -calla y observa todo de nuevo.- Es verdad.
Y continúan caminando en silencio.

1985

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