¿Y el tulipán...?

por Lorena Ortín

Segundo Lugar en el V Concurso Literario

¿Y el Tulipán...?

-Pregunta un niño descalzo.

Reta a dios en su afán de hacer sexo.

Su cuerpo descansaba torpemente sin sentir las cortaduras que despedazaban sus carnes.

En la cama, la sombra de un Tulipán se mantenía inerte; respirando lerdamente entre las sábanas que habían envuelto los sueños de una niña muerta.

En ese instante; un bufón la recogió con sus brazos y la llevó consigo.

Conocer la diferencia entre él y yo es difícil... y sucede que dudaba de su existencia.

Lo cierto es que el hombre besó el entorno de un instante, tal vez sin sentir el eco que aprisionaba sus sentidos.

No logrando conciliar el sueño, caminó hacia la amplia ventana esperando contemplar en la quietud de la noche, el silencio que dormitaba bajo los labios de una piel mustia.

Alli, cansado de tanto gemir yacía inerme. Las manos heladas recorrían su tallo, deseando tan sólo palpar el aire que lo envolvía.

Así estuvo varias noches... su conciencia le prohibía aquel acto de desesperación humana.

El pecíolo reclamaba las torpes caricias que le invitaba a olvidar el fatigado trabajo de sostener con serenidad el peso de las hojas, quienes preguntaban a un dios el porqué de su existencia.

El instinto animal regía sus movimientos, el sudor recorría su cuerpo y lo juntaba al del otro enjugando las carnes de aquel Tulipán.

La saliva que mojaba sus labios empapaba la figura, como virgen efímera era presa de su hambriento amante.

Las venas se llenaban de savia, el Tulipán se efervescía de deseo, su piel amarillenta se tornaba carmesí.

Finalmente alcancé tocar el cáliz y arroparme con los pétalos excitados, como pezones avivados permanecían erguidos, el perfume de sus tejidos me embriagaba, un grito de dolor se ahogaba en su garganta; había desgarrado sus entrañas.

En medio de aquella vastedad aparentemente desolada nos encontrábamos perdidos él y yo.

En ese espacio, inmersos en el clímax, flotamos al azar. Mis vellos se erizaban, me ahogaba en su respiración, perdía el equilibrio, nos revolcábamos uno sobre el otro, uno contra el otro.

Desplomado por tanto agitar su cuerpo, se desprendían los pétalos. Pálido y sin aliento, quedaba en la cama la sombra de un cuerpo dormido.

¿Y el Tulipán...?

-Pregunta un niño descalzo.

Yacía impávido, su carne dilacerada abrazaba la piel de una niña, quien murió cuando éste dejó de respirar.

Cuando un niño muere; un bufón de Dios lo recoge entre sus brazos y lo lleva consigo.

Y sucede que aquel hombre se había cansado de ser niño.

Retó a Dios en su afán de hacer sexo, fundiéndose en sí mismo.

Ahora, lleva tras de sí, la sombra de una niña muerta, y así como él, muchos otros que deambulan por el mundo.

Por cada Tulipán que nace muere un niño.

Huele a sudor.

1989

[Cygnus 5] [Página Principal]

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