Un ataúd para Reynaldo

por Jorge De Abreu

Reynaldo murió. Era mediados de Octubre y, a diferencia de las novelas, no llovió cuando falleció. Reynaldo era un hombrecito delgado que apenas alcanzaba la insignificante estatura de un metro con sesenta y siete centímetros; como bromista era un fiasco y como hombre serio también. En suma, era un hombre normal y corriente, y por ello murió.

"Reynaldo murió". El pedazo de arepa quedó a mitad de su recorrido, vacilante. "¿Cómo?" "Que Reynaldo murió, Agustín". Murió, la arepa terminó su recorrido en el plato y allí quedó consternada por su aplazada sentencia. "¡No puede ser!" Siempre hay que decir algo como eso, es parte del ritual. "Sí, chico, yo tampoco lo creía, pero es verdad". Vacilación. "¡Muerto!" Ahora mi interlocutor espera con paciencia a que yo simule haber digerido su noticia; noticia que yo pude haber digerido ya o que no digerir‚ nunca, pero simular‚ haberla digerido. La clave es: "¿Cómo pasó?" Ahora mi interlocutor (es curioso que no recuerde quién fue, debe ser la edad) ocultando lo mejor que puede su emoción indigna (aunque no sé que pueda ser digno de la dignidad) me cuenta todos los pormenores y periquitos de la muerte de Reynaldo. ¡Vaya vida!

-¿Es usted uno de los dolientes? -me preguntó el esperpento.- Sí -casi añado "creo", pero me contuve y salí airoso de la prueba ritual.

A veces me maravillo de lo que puede hacer una palabra (y mientras más pequeña, el efecto parece ser más devastador), una sonrisa surcó el rostro de la bosta y añadió:

-Pase usted, señor -dijo casi felicitándome y me arrastró fuera de la cofradía de llorones que me rodeaban. Es increíble el instinto que tienen estos buitres urbanos.

-Imagino que usted representa al finado -continuó con una seguridad pasmosa y luego agregó (por lo cual bien se valía una tunda u otra igualmente buena recompensa):- ¡Qué Dios lo tenga en su gloria!

No tenía necesidad de afirmar su ya comprobada suposición, pero respondí estúpidamente:

-Sí, yo lo represento a él, soy (era) su hermano, y a ellos, y señalé la turbamulta de lacrimosas Magdalenas de ambos sexos, aunque con femenina mayoría.

-¡Bien!, pase usted, acompáñeme.

La maldita funeraria era igual a cualquier maldita funeraria, con su olor rancio a miles de velas consumidas, el olor al humo que impregna las paredes y el techo, el mohoso olor a muerto y a flores podridas y vueltas a podrir. Una funeraria negra, en luto perenne, con las paredes llenas de lágrimas, moco, deseos perdidos y pesadillas reales. Con un ridículo nicho donde descansa una virgen de piedra, que posee virginidad garantizada. Y la pétrea escultura observa con ojos de acuarela el pedestal vacío, donde algún muerto reposará dentro de su estrecha urna y mirará durante doce horas el techo de plástico y anime. Y el cadáver, aburrido, en la misma incómoda posición, se pudrirá lentamente, con una sutileza encantadora.

El cuarto al que el tipo me condujo era tan o más oscuro que el recinto de velación, el asqueroso encargado (esperpento, bosta, buitre) encendió la luz y un mar de destellos apabulló mi retina. Todo el cuarto estaba lleno, hasta el mugroso techo, de urnas.

-Escoja -dijo con satisfacción.

Las urnas brillaban ante mí como tesoros recién descubiertos, como sarcófagos de una cámara faraónica.

-Quiero un ataúd de caoba.

-¿Caoba? -preguntó extrañado el gusano necrófago.

-Sí, caoba -respondí aún más extrañado.

-No lo dirá en serio -insistió el gusano con énfasis; su extrañeza iba en aumento, parecía una competencia de extrañezas. Estaba extrañado de tanta extrañeza.

-Oiga, ¿qué es lo que pasa? -pregunté algo irritado.

-Disculpe, señor Doliente -¿Doliente?, el tipo era realmente imbécil.

-No me llamo "Doliente". Mi nombre es Agustín Paskinaushra -antes de terminar de pronunciar mi nombre deseé haberlo dejado en Agustín a secas, o que me siguiera llamando Doliente si le daba la gana al pedazo de basura ese.

-Disculpe, señor Paskara -no había tiempo para lamentarse, el muy pendejo me lo pronunciaría mal aunque se lo repitiera mil veces.- Lo que sucede es que las urnas de caoba ya no se utilizan, eso era un lujo innecesario de mediados del siglo XX. Ahora las urnas son de indestructible aluminio.

-¿Aluminio?

-Sí, señor Petaca -¡Maldito ignorante!

Urnas de aluminio, de frío, pulido e inoxidable aluminio. Un cajón de metal acolchado y forrado por telas sintéticas, con un vidrio de plástico, mierda, o es vidrio o es plástico, no ambas cosas. Lo toqué: ¡Es plástico! Sólo falta que el muerto también sea sintético, que sea un muerto de polímeros, un muerto de goma que rebote como una pelota y los dolientes se puedan divertir un rato en medio del velorio jugando al fútbol, sería un cambio curioso y bastante innovador.

-¿Cuál quiere?

-¿Hay varios modelos?

-¡Por supuesto! -lo dijo con asombro, me sentí un poco avergonzado de haber podido dudar del ingenio de la tecnología actual.

-Por ejemplo -continuó el gusano parlante, era un digno sucesor de las asquerosas moscas verdes- existen modelos extradelgados para finados flacos o que hayan padecido una larga y penosa enfermedad. Existen otras -se acercó y me dijo en tono confidente, guiñándome un ojo al mismo tiempo que me propinaba un cómplice codazo en mi amplio vientre- extra-anchas para cadáveres robustos (lo de "robustos" lo dijo con una finura y delicadeza increíbles, definitivamente el gran pendejo era bastante ducho en estas situaciones). Existen largas, estándares y pequeñas; pequeñitas para angelitos y torcidas para deformes. También la decoración varía.

El tipo estaba cada vez más excitado, el cuarto era ahora más cálido y un cochino bombillo estaba quemándome la nuca con sus radiaciones caloríficas. Me recosté de una urna para alejarme del centro de mis molestias, el sudor corría generoso espaldas abajo. Continuó:

-Hay urnas con angelitos de aluminio (angelitos de aluminio en una urna de aluminio, ¡muy variado!) de color dorado, otras con columnas de aluminio en los cuatro ángulos, otras...

-¿Puedo verlas? -si el desgraciado seguía hablando, sólo enterraríamos los huesos de Reynaldo, y a lo mejor ni eso.

-¡Cómo no! -y me acercó a un ataúd de color madera, con unos angelitos dorados decorando la tapa. Era bien bonita.- Esta es la urna con angelitos (¡no me diga!).

-Me gusta.

-Espere ver las otras.

-Esta me gusta.

-Vea, esta es una urna con diseño aerodinámico, no ofrece resistencia al aire cuando la llevan en hombros los dolientes.

Era una urna aguzada como un proyectil, requetefea en realidad. La urna de angelitos bien valía la pena, las demás eran para mí, basura.

-Esta otra, por ejemplo, posee un acolchamiento especial de plumas de ganso, garantiza un reposo absoluto -río nerviosamente.

-Disculpe, pero yo quiero la de los angelitos.

-¡Pero no ha visto todas! -parecía visiblemente escandalizado, hasta me sentí un poco mal por mi mal disimulada precipitación.

-Es que yo quiero esa, ¿acaso no comprende?

-Un momento, escúcheme, ¿la va a utilizar usted o el finado? -estaba realmente ofendido.

-El que va a escuchar es usted. Yo tengo el dinero, yo soy el doliente, yo escojo la urna que me venga en gana. ¿Entiende? -ante esos argumentos presentados cambió rápidamente de estrategia:

-Disculpe, señor Pedroza, lo que pasa es que no quería que usted hiciera una compra que luego no le satisfaga.

-No se preocupe, me gusta la urna de angelitos dorados.

-Está bien. El cliente siempre tiene la razón.

Me acerqué a la urna y acaricié uno de los angelitos de la tapa, era tan frío como la muerte, tan frío como estaba ahora Reynaldo.

-Oye, Luis -gritó la bazofia- llévate ésta y busca el cadáver en el Hospital Central. Apúrate, ya tiene casi cinco horas de muerto.

El interior de la urna era de un cálido color crema que hacía olvidar su frialdad exterior, un acogedor nicho que invitaba al descanso. Sentí un ligero escalofrío al imaginar a esas suaves telas, a esos primorosos encajes mancillados por el cuerpo tieso y hediondo de Reynaldo. Toqué el interior y sentí el duro metal tras la tela, sentí el débil pensamiento de la tela virgen, un sutil pensamiento de fábricas y colores, de moho y olores estancados, de oscuridad y frío.

-Señor Pereza -me volví con ira contenida, casi le grité: "mi apellido es Paskinaushra", pero no lo hice. Lo miré, interrogante, y él prosiguió:

-Creo que deberíamos finiquitar el presupuesto.

-Claro. No faltaba más.

-¿Desea usted sillas para los dolientes?

-Pues claro. -¿Acaso existía algún tipo de velorio que se realizara de pie?, era verdaderamente ridícula esa idea.

-¿Sillas de metal o de madera?

-¿Existe alguna diferencia?

-El precio.

-¿Alguna otra?

-No, las dos sirven para sentarse.

-De madera.

-¿Tapizadas o no?

-Tapizadas.

-¿Con respaldo pequeño, mediano o grande?

-Mediano.

-¿Con tres o cuatro patas?

Falta media hora para llevar a Reynaldo, o lo que queda de él, al cementerio. ¡Qué sueño tengo! La maldita funeraria me está cobrando hasta el oxígeno que respiro. Siento asfixia. ¡tacaños! Están regulando la provisión de oxígeno. ¡Sólo esto nos faltaba!

-¡Señores a levantarse!, este muerto se tiene que ir -entró diciendo la babosa y repugnante inmundicia.

-Oiga, ¿qué está usted diciendo? -le pregunté sorprendido- el velorio es hasta las tres de la tarde.

-Lo siento, pero tenemos una fiesta (La Asociación Radical de Obreros Funerarios) a las cuatro y debemos asistir.

-¿Deben?

-Claro que sí.

-Pero no pueden hacerlo, tienen que obedecer el contrato.

-Un momento, el contrato lo firmó usted con la empresa. Nosotros sólo somos obreros y no vamos a permitir una manipulación pequeñoburguesa de nuestros derechos sindicales.

-El coño de la madre, es sólo media hora.

-Usted lo ha dicho, sólo es media hora -y el muy desgraciado cerró la tapa. No pude ver por última vez a Reynaldo, adiós compañero, estabas igualito.

-Efraín -gritó la basura humana (o la humana basura)- trae la carretilla.

-Oiga, nosotros vamos a llevar la urna en hombros.

-¿Qué cosa?

-La urna.

-No pueden.

-¿Por qué? -mis ojos observaron con desesperación la carretilla, ya había llegado Efraín.

-El tiempo.

-Déjeme al menos llevarlo yo hasta la camioneta -le supliqué.

El inmundo renacuajo de albañal se quedó un rato pensativo y miró su reloj con ceñuda preocupación, luego de un examen minucioso de la situación asintió y dijo:

-Está bien, llévelo.

Con los carros en procesión, zumbando a más de cien kilómetros por hora, el paisaje se corría como colores aplicados con una espátula. Tenía un nudo en la boca del estómago al ver la cercanía de la maleta del carro que teníamos adelante, a pocos milímetros de distancia. Una mariposa perdida se estrelló contra el parabrisas y allí quedó aplastada, con sus vísceras formando un reguero sobre el cristal; el viento esparcía aún más los pedazos y la porquería por toda la superficie del parabrisas, la porquería era extendida por el suave rodillo del viento, como un pintor embadurnando una pared invisible con un color marrón. El conductor tuvo que encender el limpiaparabrisas para poder ver por donde conducía. Descansa en paz, mariposa.

Llegamos al cementerio como en una película policial, chirriando cauchos y abriendo las puertas inmediatamente.

-Efraín, trae rápido la carretilla, ¡apúrate! -gritaba el gusano (no de mariposa) reptante.

Me bajé del carro con el espíritu por el suelo, sólo atiné a recoger una rosa blanca de una de las coronas. Una rosa blanca en un día negro. Una rosa, último recuerdo de Reynaldo, adiós hermano. Coloqué la rosa en mi ojal y salí corriendo detrás de la comitiva de llorones y empleados que volaban a gran velocidad por entre las tumbas. La carretilla apenas tocaba el suelo con las ruedas. Allá estaba el sitio donde por fin reposaría Reynaldo, donde por fin todos podríamos descansar y donde por fin los empleados terminarían el trabajo y saldrían presurosos a su fiesta.

-¡Al fin llegaron! -dijo uno de los enterradores- tenemos una reunión del Sindicato de Enterradores Privados.

-Disculpa -respondió apenado el virus bacteriófago- nosotros también estamos apurados, lo que pasa es que los dolientes... tu comprendes.

-Un momento... -comencé a protestar yo, las palabras se quedaron sobre mi lengua encerradas dentro de la boca por mis dientes que, apretados los unos sobre los otros, temían observar las frías miradas asesinas de los inmundos empleados carroñeros.

-Bueno, vamos a enterrarlo de una vez -dijo el enterrador de rostro más simiesco (era curioso ver a un simio necrófago).

-¿Y el padre? -era una de las tantas viejas beatas que acompañaban al entierro, algunas nunca las había visto en mi vida. Yo siempre he sostenido la tesis de que existen diversas asociaciones (casi simbióticas diría Reynaldo) o grupos al margen de la sociedad que se dedican a las actividades más inverosímiles. Una de dichas actividades es la que realiza la Asociación Internacional de las Viejas Beatas. En todos los entierros ellas aseguran la presencia de dos o tres miembros representantes, mínimo, de su orden. Poseen la red de comunicaciones más perfecta de todas la asociaciones inverosímiles y poseen un índice de lagrimeo de dos lágrimas por segundo durante la fase crítica (cuando llega el muerto al velorio, cuando lo sacan al cementerio y cuando lo bajan a la fosa). Su profesión es muy estimada, pero yo las detesto.

-¡Padre! Ya llegó el muerto -gritó el King Kong del cementerio.

-¡Ah, qué bueno! Ya se me estaban entumeciendo las piernas por estar aquí sentado.

No me había dado cuenta del rincón, entre dos tumbas, donde estaba sentado el viejo canoso. Tenía la sotana manchada de barro y mugre, en sus manos cargaba una biblia deshojada, una biblia sudada y manchada de tierra. El cura me dirigió una estúpida sonrisa, aunque ahora no sé si fue a mí o al trío de viejas beatas que habían comenzado a rezar detrás de mí la oración número 3350 de su libro de oraciones internacional. Existen ediciones en diez distintos idiomas. No me acuerdo si le sonreí, si acaso lo hice, sólo le mostré una mueca desagradable, porque el cura me dio la espalda y dijo:

-Recemos, hermanos, hijos de nuestro señor Jesucristo.

Los enterradores comenzaron a bajar el ataúd dentro del hoyo a gran velocidad, adiós Reynaldo, good bye. Uno de los dos tenía que morir primero, aún no sé quién tuvo más suerte, si tú o yo. "Agustín". "¿Qué?" "Adiós". "Adiós, Reynaldo".

-Qué descanse en paz, ¡qué Dios te tenga en la gloria, Edmundo Gomez!

-Oiga, se llamaban Reynaldo Paskinaushra.

-Perdón, ¡qué Dios te tenga en la gloria, Reynaldo Paskilacra!, amén.

Diciendo esto el cura le arrojó unas cuantas gotitas de agua bendita, muy pocas porque hay que ver qué cara se ha puesto el agua bendita en estos días.

-Pueden echarle tierra ya -dijo amodorrado el clérigo, era una información bastante innecesaria porque ya los enterradores tenían rato que habían sellado la tumba con un bloque de concreto.

-Mañana, Padre. Hoy no podemos, el cemento está fresco.

Todavía no sé si no le echaron tierra por el cemento fresco o porque tenían prisa, lo cierto es que salieron con paso veloz rumbo a sus respectivos compromisos. El cura se llevó una mano a la boca y dijo bostezando:

-Bueno, mi sentido pésame -no se dirigió a nadie en particular- me tengo que ir, adiós.

Una de las viejas beatas rompió a llorar, seguro que era la que más práctica tenía.

-Mi hijo, mi hijo.

Era mi madre, vaya con las cosas de la vida. La rosa ya no está en mi ojal, debió haber caído durante mi carrera, lo siento. Adiós, Reynaldo, la próxima vez te compraré un ataúd de piedras preciosas para que se ilumine tu oscuridad perenne de frío y tierra que ahora te envuelve.

Ciao Reynaldo.

1986

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