Estancia Vespertina

por Polonio

El día terminaba pesadamente, como el de ayer, y seguro, como el de mañana. Yo me dirigía, con más intención que ánimos, hacia el cafetin del puente sur, signo manifiesto de una aglutinante rutina originada al amanecer, con el reflejo de los dientes en el espejo del baño. No lograba precisar cuando se había iniciado, pero la media hora en la terraza de las mesas redondas y los bancos de concreto, me era indispensable para mantener la cordura luego, en la bestial lucha por alcanzar el autobús.

El reloj circular suspendido del techo, encima de la máquina registradora, me indicaba el camino habitual, había llegado justo cuando el mesonero se despojaba del corbatín. Pude entender el murmullo insultante proferido por los labios sincronizados de los dependientes, quienes daban los últimos toques a sus ropas de salir; por un instante, me inquieté, pero una ojeada al anacrónico reloj de agujas, me devolvió la calma, como de costumbre, yo estaba a tiempo, ellos, se habían apresurado. Bajo la mirada furibunda de los empleados, traspasé las puertas de vidrio; me sorprendí al advertir tantas escobas, cepillos y cubetas al borde de los redondeles, sólo mi lugar ceremonial se encontraba libre de estorbos, ante la duda, tomé asiento con rapidez. El banco se encontraba agradablemente fresco.

Al girar la vista, en busca de servicio, el descorbatado, en una conducta francamente agresiva, se quitó el chaleco y recogió los mangas de su camisa. Yo, imperturbable, bostecé. A regañadientes, con pasos enfadados, se me acercó esgrimiendo la carta del menú, la tomé, y le seguí el molesto juego, me propuse revisarla con detenimiento; después de sopesar una y otra opción culinaria, me decidí:

–Un café con leche grande caliente y una botellita de agua mineral, no muy fria, si es posible, no se moleste en traerme dos terrones..., digo..., dos bolsitas de azúcar, con una sola me basta, hay que cuidar la salud, sabe...

Con un ademán enérgico recogió el menú. No anotó el pedido, no era necesario. Total, siempre sucedía igual, aún la equivocación de los terrones, me fascinaba la reacción de alguien, que lo más probable, jamás había manipulado un terrón de azúcar. Encuentro una postura exhibicionista hacer notar mi conocimiento sobre terrones, lo hago, quizá, para demostrarle que trataba con una persona imbuida de una gran cultura cosmopolita.

El ruido de fondo, provocado por el golpeteo de las piezas de lozas en el , lavadero, me mantenía alerta, la experiencia me dictaba adoptar una actitud serena, pero sin introducirme de lleno en las reflexiones cotidianas, el deschalequeado no desaprovechaba oportunidad para romper mi concentración en el momento crucial, colocando eI pedido de la manera mas ruidosa y casi rozándome la nariz. Extrañamente, el profesional de la bandeja, regresaba con prontitud, parecía estar atento a la partida de cartas de sus compañeros, ni siquiera se molestó en traerme la servilleta, mejor así, por fin podría iniciar el ritual, del bolsillo extraje la caja de cigarrillos, seleccioné uno al azar, tomé la bolsita, la rompí, vertí el azúcar en el café, saqué el encendedor, coloqué la cucharita dentro de la taza, prendí el cigarrillo y con la primera bocanada comencé a remover el café, en la tercera bocanada, retiré la cucharita y, con dos golpes secos en el borde de la taza, la deposité en el platillo; con deliciosa lentitud a mi boca entreabierta, acerqué el aromático brebaje, sorbí.

Mientras me recuperaba, del excesivo calor del líquido, algo insólito sucedió, a la terraza, otro cliente entró. El aparecido se detuvo y escrutó el lugar, su expresión delataba un cierto dejo de retraimiento, de improviso, se dirigió hacia mí, con el equilibrio de un aficionado, sostenía torpemente, el platillo en una mano y la taza de café en la otra; cuando estuvo al alcance del banco opuesto, esbozó una sonrisa y comenzó a sentarse, a la mitad de la maniobra, me habló:

-Disculpe, ¿no le molesta compartir la mesa...? es que... no encuentro otro lugar.

Con un gesto imperceptible, asentí, mala suerte, ya estaba sentado.

-Buena gente los muchachos... me atendieron a pesar de la hora.

Por lo visto, no iba a permanecer callado.

-A propósito, me llamo Nelson Jesús...

Su falta de personalidad, me hizo detestarlo inmediatamente, no era posible, que alguien, que se llamara así y no se sintiera profundamente apenado por ello, pudiera ser considerado un humano pensante.

Aspiré y entre el humo, a duras penas, musité mi nombre:

-Federico.

No protestó por la niebla que envolvió sus pestañas . Entrecortado tomó su primer sorbo y mirando fijamente la botellita de agua mineral me dijo:

-¿Tú eres nuevo por aquí?, ¿no?, lo digo porque... tu cara no me es familiar.

Me enfureció su estúpida forma de iniciar una conversación, además de bolsa necesitaba lentes. Decidí probar su entendimiento:

-Tal vez no me hallas visto antes porque no se te ocurrió verme. El mundo existe cuando tu lo inventas, las cosas por si solas son nada, tu mente las crea todos los días, a cada instante. Soltó la taza y con ojos exorbitados me enfrentó:

-No es posible, tu existes, las gaviotas vuelan, los molinos muelen, la primavera viene después del invierno, y todo sucede así lo quiera yo o no, así lo piense o no.

Ya el ambiente me producía nauseas, empleados perdiendo dinero y mirando el reloj, un mesonero descortés, una terraza convertida en depósito y ahora, para colmo, un filósofo de cafetín con su manto de brutalidad intacto.

Sumergí el cigarrillo en mi café, estiré el brazo a la izquierda, la mano sujetaba el platillo, la taza, el café, el cigarrillo, los desterré al extremo no ocupado de la mesa; me aferré a la botellita, la moví nerviosamente entre mis manos, cuando ya la tenía mareada, la destapé. El sonido explosivo me sirvió para despertar del trance al del nombre afrentoso, quien desde largo rato, se hallaba entretenido mirando el cigarrillo en el café; era un auténtico insensato. Continuaba esgrimiendo la sonrisa burlona del que se considera victorioso, en una batalla apenas luchada. En una acción de infinita bondad, me dejé llevar por sentimientos paternales, le repliqué:

-El acto inicial de la creación es inconsciente, el antílope es digerido por el león, porque la inconsciencia del león es superior a la del antílope, cuando el hombre surge, por la inconsciencia del mono, se coloca en el umbral de la consciencia.

Con calma me acaricié la ceja derecha.

-Es así como, en el humano, la inconsciencia se enfrenta por primera vez a su antípoda y el acto de creación se puede volver consciente, lamentablemente la inconsciencia campea por sus fueros en la humanidad, reproduciendo inconscientemente el mundo que cree verdadero, cuando éste sólo es el resultado de la fuerza de los hombres mas inconscientes de cada época y lugar.

El parecía congelado, definitivamente era lento para comprender. Me esmeré en iluminarlo:

-Tú aceptas que las gaviotas vuelan, porque no piensas que tienen agallas y viven dentro de las rocas. Tú crees que los molinos muelen, porque no percibes que el viento sopla dentro de la luna para que los granos floten en un volcán. A tí te encanta la primavera y por eso no la colocas después del otoño. En fin, tu no dudas, que detrás de ti no hay nada, porque el reflejo de un espejo te muestra aquello que viste, cuando estabas de frente, triste ilusión de alguien que desperdicia su poder de creación, en una imagen especular de lo que otro inconsciente creó.

La sonrisa se había borrado de su expresión, de forma refleja, sujetó la taza firmemente y con un movimiento rápido de los ojos trató, sin mover el cuello, de ver a su espalda, yo me mojé apenas los labios con el agua de la botellita, para luego saborear, sin decoro, un profundo trago, vivificante sensación de garganta satisfecha. Tal vez, fui demasiado lejos con él, miré el café encenizado y deseché mis resquemores.

Poco a poco recuperaba su compostura, con la mano abierta golpeaba acompasadamente los dedos en el filo de la mesa. Debió abrirse una ventana, el rumor apagado del autobús de las seis y cuarto, llegó a la terraza, la diafonía de su motor maltrecho me era conocida, instintivamente miré la hora en las alturas, iba perdiendo la carrera por los veinte minutos tradicionales, de repente, los dedos magullados se inmovilizaron, parecía parodiar a un pianista a punto de iniciar un concierto solista, su cabeza se irguió con la esbeltez de una cobra, sus palabras brotaron amistosas, como la amistad de un jugador de póker por el último compañero, que aún apuesta.

-Sabes, creo entenderte, yo antes también tenía que tomar el autobús, claro hace mucho tiempo de eso, pero recuerdo lo mucho que me molestaba viajar como bulto, sobre todo por los olores mezclados de los demás fardos, un día juré comprarme un automóvil y lo logré. Si quieres te puedo acercar a tu casa, una persona como tú merece un trato especial, se nota que no vas por la vida de paseo, reflexionas sobre cosas importantes, yo eso lo respeto.

Era evidente su derrota, con la astucia del hombre práctico, trataba de buscar una debilidad en mi condición; me importaba un carajo que tuviera automóvil, lo que me arrechaba era su condescendencia al tratarme como un enajenado al que se le sigue la corriente para no enfurecerlo. Le contesté:

-No gracias, el autobús, el viaje apretado y los olores saturados es una elaboración de mi inconsciente, que recrea el infierno concebido por un millón de pendejos complacidos con el automartirio, permito que suceda para comprender el inconsciente colectivo.

Esta vez el sorprendido fui yo, Mirando a lo lejos, él mantenía un dominio perfecto de sus facciones, ni un indicio delator. Me entraban dudas sobre si realmente escuchó, separó la vista del incipiente atardecer, el sol reverberaba en los ventanales de las torres de oficinas, ensimismado en un pensamiento furtivo, saboreó su bebida espumosa con fruición, parecía satisfecho de su ser, una vez vi una expresión similar, en el rostro de un burócrata, atascado en el quinto puesto de una fila en el centro comercial Medina, frente al único teléfono público en servicio. Yo estaba de sexto.

El largo silencio verbal comenzaba a exasperarme, el silencio solitario es una panacea, pero este mutismo beligerante era una odiosa ponzoña.

-Bueno decídete, lo tengo estacionado en el edificio del frente, así de paso charlamos un rato más, tu filosofía es muy interesante.

Estrujé la botellita, el plástico tenía sus ventajas pero ni aún ahorcando una de acero, me hubiera calmado. El se acomodó en el asiento, estaba extasiado con la muerte de la botellita, de pronto, algo, le hizo perder el equilibrio, con destreza magistral se aferró con sus manos del borde de la mesa, miró hacia abajo y un mar de pánico le recorrió la piel, me incliné hacia la derecha, sorprendente, ni sus zapatos, ni sus medias, ni sus piernas, estaban donde debían. Simplemente no estaban. Me incorporé justo cuando levantó su rostro, parecía querer hablarme, no tuvo tiempo, su reloj, su anillo y sus brazos ahora tampoco estaban, su torso se ladeó y con un pesado eco su cabeza golpeó el banco, un grito de dolor estremeció el aire, me puse de pie para poder verlo, el quejido acabó abruptamente, su camisa, su bolígrafo, su pecho, sus pulmones no estaban, del cuello resbaló la mitad de una cadena de oro, la pérdida de su voz, le hizo cambiar de actitud, comenzó a mirarme fijamente, con duda, con sed de entendimiento. Le respeté su derecho a saber:

-Nunca te lo mencioné, pero ahora te lo digo, la creación consciente es superior, su poder es capaz de crear lo que la inconsciencia no concibe y aún más, puede recrear los actos inconscientes.

Era curioso, a pesar de estar libre de la tediosa labor de mantener un cuerpo, su entendimiento no pareció mejorar, me esforcé en ser explicito, tuve que apresurarme, sus facciones comenzaban a desdibujarse:

-Mi mente visceral te creó para enfrentarme con la insensatez humana, reconfortante ejercicio del que inventa un compañero de juego. Pero ahora en un acto de elemental hastío, mi consciente, te descrea.

Apabullada y arrepentida su presencia se esfumaba de este mundo. En un último movimiento vital, su ojo izquierdo resbaló al piso, sin jamás alcanzarlo.

Quise saber la hora, inquirí las agujas suspendidas, el mesonero se encontraba estorbándome la visión, el extinto grito lo había detenido cerca del redondel, un papel asomaba por su mano, al darse cuenta que lo miraba, salió de su estado catatónico, nervioso se dirigió hacia la barra y de inmediato se enfundó el chaleco y se colocó el corbatín, los tipos de labios sincronizados sostenían en alto las cartas de una partida no continuada, las bocas igualmente, abiertas observaban a su amigo uniformado; yo tomé un cigarrillo y guardé la cajetilla, tomé el encendedor, miré la botellita y comencé a caminar, despacio, con calma, me detuve al lado del corbatín asustado, encendí el cigarrillo, guarde el encendedor, el humo brotó exuberante, sin reprimenda, inundando de terror la nariz del intachablemente vestido, no se molestó en pasarme la factura, pasé cerca de la partida, las cartas comenzaron a temblar, decidí ignorarlos, en el momento de salir, no resistí la tentación, una fugaz mirada hizo caer las cartas por el suelo.

La tarde aún iluminada, se volvía fría, a lo lejos la columna de peatones hervía de desesperación. Yo sonreí, tal vez por hoy, sólo por hoy, tomaría un autobús vacío.

1987

[Cygnus 3] [Página Principal]

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