Lenta e inexorablemente los gusanos subían por las paredes del lugar. Yo trataba de eludirlos, lo intentaba en forma desesperada e inútil. Mi cuerpo se hallaba totalmente paralizado en aquel extraño paraje. No podía evitar el avance de los gusanos que entraban y salían. Estaban por todos lados: arriba, abajo, dentro, fuera; invadiéndolo todo, sin dejar ni el más insignificante espacio libre y sin ser aplastados ni aún cuando se quedaran detrás o debajo de mi cuerpo. Extraña era la circunstancia, extraño era el paraje y extraños los seres que lo habitaban. Allí todo era de todos, no había diferencias ni tropiezos, ni luchas ni querellas. Era un mundo de seres extraños movidos por sabe Dios qué impulsos mecanizados, al servicio de un fin preconcebido y determinado, al servicio de un desconocido y obscuro fin. Aquellos seres incontrolables parecían obedecer extrañas leyes completamente desconocidas para mí. Se movían constantemente, como incansables vehículos locomotores impulsados por una energía extraña y eterna.
Se movían, se movían en todas direcciones, pasando, a veces, unos sobre otros pero sin llegar jamás a estorbarse en su tarea, dedicados a ella con metódico afán. Sin poder hacer otra cosa, permanecí absolutamente inmóvil por largo tiempo, tan largo, tan largo que no sé cuanto tiempo transcurrió hasta que yo, flotando en la nada me encontré en la sospechada espera de otra morada y desde mi nueva ubicación contemplaba, con melancólica repugnancia, como los gusanos invadían aquel lugar, entrando y saliendo por todos lados.
1984
